X.
—Espera, Yasha.
InuYasha hizo lo pedido y observó a su pequeña desviarse del camino hacia donde había un pequeño matorral de flores de varios colores, coger un pequeño puñado -lo que sus manitas podían sostener- y, después de quedarse viéndola por un momento, volver a donde estaba él.
—Ya— susurró, alzando su mano para que él se la cogiera.
El agujero que había aparecido desde que todo empezó, un año atrás, se abrió un poco más y estaba seguro de que si la cosa seguía así este terminaría por devorarlo por completo. La miró un par de segundos más, viendo como esta aprisionaba el ramo improvisado contra su pecho, sin levantar la mirada del suelo.
Un suspiro murió en sus labios y finalmente continuaron caminando con su mente viajando muy, muy lejos.
«—Mamá, no puedes irte…
—No quiero, mi vida, pero no hay nada que podamos hacer y lo sabes— la mujer suspiró y cerró los ojos, como si no pudiera soportar el peso del mundo sobre sus hombros. InuYasha luchó contra el deseo de grita que no lo hiciera, porque temía el momento en el que no pudiera volver a abrirlos, pero escuchar su frágil respiración lo tranquilizaba tenuemente.
—Debería de haber algo, cualquier cosa…—le costaba hablar con el nudo que tenía en la garganta— No puedes dejarme solo, te necesito. ¿Qué será de Kagome? Yo no… Yo no puedo…
Miró de forma inconsciente el cuerpo acurrucado de la mencionada, quién se había quedado dormida de puro agotamiento después de tanto tiempo sin moverse del lado de la mujer.
No, él no podía quedarse solo con ella. No sabría cómo cuidarla, ella era… y él… ¿Qué pasaba si Kagome se ponía enferma? ¿O cuando creciera? ¿Cuándo tomara conciencia del riesgo que era permanecer a su lado?
No, simplemente no. Necesitaba a su madre. Ella no podía irse.
—Yo confío en ti… Sé que lo harás bie…— un ataque de tos detuvo sus palabras por un momento. El dolor en el semblante de su madre se clavaba en su estómago como cuchillas— Kagome te necesita y tú la necesitas a ella. Mientras permanezcáis juntos, todo irá bien.
—Estaré perdido sin ti, madre— susurró, inclinándose hacia ella— No puedes dejarla conmigo, yo solo soy un sucio medio dem…
—Tú eres mi hijo— espetó con dureza, más de la que habría creído capaz teniendo en cuenta el estado en el que se encontraba. InuYasha la miró, sorprendido, y descubrió que estaba con los ojos abiertos— Y te he criado para que seas un buen hombre, para que puedas ayudar y proteger a Kagome. Lo harás muy bien, jamás he dudado de ti…
—¿Mami?
La dulce voz de la niña los sobresaltó, pues ninguno de los dos se la esperaba. InuYasha alzó la mirada y se la encontró recién despertada, frotándose los ojos, aún con el rastro de sueño en ella.
—Estoy aquí, cariño.
Su mirada chocolate se encontró con la de él un segundo antes de que la desviara hacia la dirección en al que se escuchaba la voz de su madre. InuYasha advirtió el momento exacto en el que sus ojos se volvieron a cristalizar, pero no salió ninguna lágrima.
—He tenido otra pesadilla, mami— explicó mientras se desliaba por la habitación hasta llegar al otro costado de la mujer, donde se tumbó a su lado, acurrucándose contra el cuerpo de ella.
—Solo ha sido un sueño, mi vida.
—¿Podrías cantarme? — pidió Kagome en un trémulo susurro.
Durante un instante, no hubo sonido alguno. InuYasha era perfectamente capaz de escuchar el aleteo acelerado de los corazones de las dos mujeres que había en la cabaña y el suyo tampoco es que fuera muy diferente.
Entonces, su madre abrió la boca y su dulce voz se elevó por los cielos.
Si cerraba los ojos, InuYasha recordaría los cientos de veces que su madre le había cantado a él o a Kagome para calmarlos y dormirlos. Desde siempre, la voz de su madre había conseguido amansar a la fiera que se revolvía en su interior. Había algo, que no sabía explicar muy bien, que llegaba hasta lo más hondo de su ser.
Ahora, su voz seguía sonando igualmente bella. Pero arrastraba tras de sí un sentimiento de dolor, desesperanza y agonía que se anidaba en su corazón y le dificultaba hacer su trabajo.
Kagome la escuchó y como siempre pasaba, su cuerpo fue languideciendo hasta quedarse dormida con una pequeña sonrisa y una solitaria lágrima descendiendo por su mejilla.
Sin embargo, InuYasha supo entender que el momento había llegado. Era una despedida.
Y por primera en su vida el medio demonio lloró, con la voz de su madre resonando en su corazón, incapaz de apaciguar el dolor que lo dominaba.»
—Hola, mami— la voz de su pequeña lo sacó de sus pensamientos. Parpadeó para aclarar su mente, pues ni siquiera se había dado cuenta de que habían llegado a su destino— Mira, te he traído un regalo.
Kagome soltó su mano y lentamente se acercó hacia la piedra que descansaba unos metros más allá. Dejó con cuidado el ramo sobre ella y besando los dedos de una de sus manos, después pasó la palma por la piedra.
—Yasha me está cuidando muy bien, no tienes que preocuparte por nada. Se preocupa porque coma bien y duerma mis horas, además de que me acompaña cada vez que voy a bañarme al río para vigilar que no ocurra nada. Lo está haciendo muy bien, aunque él piense lo contrario…
Kagome habló. Habló de todo y de nada.
Kagome le contó cientos de cosas, gritó, lloró y rió, mientras el medio demonio era un mudo espectador de lo que estaba ocurriendo. En algún momento, incapaz de aguantarlo más, se acercó a ella y la acunó en sus brazos.
Y allí, ambos abrazados, la pequeña humana y el medio demonio se dedicaron a contemplar la tumba de Izayoi, sus almas llorando por el dolor que anidaba en su pecho tras la partida de la mujer.
Palabra: 999
