12 de noviembre (6 meses después)
Victoria sostenía a su hijo en la cadera con el brazo izquierdo y lo acariciaba con la mano derecha, mientras el bebé jugaba con una pulsera de cuentas que llevaba en la muñeca. Miró a Diego con expresión preocupada.
"Todo irá bien, no te preocupes. Ve en la calesa y nos encontraremos todos en la plaza", le dijo.
"¿Estás seguro de esto?"
"Creo que es necesario".
"Muy bien. Nos vemos allí", dijo ella resignándose con un suspiro.
Don Alejandro ayudó a su mujer a subir a la calesa y luego hizo lo mismo con su nuera. Victoria llevaba a su hijo en brazos, mientras Felipe conducía. Don Alejandro parecía nervioso y emocionado como un niño antes de Navidad. Victoria volvió a suspirar.
"Todo saldrá bien", dijo don Alejandro sonriendo.
"Eso es lo que me acaba de decir Diego. Espero que tengáis razón".
Recorrieron la corta distancia hasta los Ángeles y se detuvieron frente a la taberna, dejando atrás una tarima decorada con cintas y flores. Victoria entró con el bebé y fue inmediatamente recibida por Pilar y Alicia, que dejaron de atender a los clientes por un momento para acercarse a saludarla, o mejor dicho, a hacerle carantoñas al pequeño.
"¡Míralo, crece cada día!", dijo Pilar.
"Es tan guapo como su padre. Tiene sus mismos ojos", dijo Alicia, arrepintiéndose inmediatamente de lo que acababa de decir y sobresaltándose por el codazo que le dio Pilar.
Un hombre vestido de caballero emitió un extraño sonido detrás de ellas, como si estuviera conteniendo una risita.
"Sí". Dijo Victoria en voz muy alta. "Cada día se parece más a él", añadió pronunciando claramente cada palabra y reconociendo para sí misma que Diego tenía razón.
Pilar y Alicia la miraron extrañadas, porque normalmente cambiaba de tema cuando alguien hablaba del padre del pequeño Alejandro.
Los tambores sonaron fuera, anunciando el evento principal del día. Don Alejandro se acercó a ella y salieron a la plaza.
Pilar miró a Alicia con cara de pocos amigos. "A quién se le ocurre decir eso".
"Me refería a don Diego, ¿o es que no tiene los ojos azules?".
"Mira que eres boba."
Escondido en la azotea de la taberna, Felipe esperaba el momento oportuno para hacer una señal con un espejo.
El alcalde, elegantemente vestido, subió al estrado. Hubo murmullos, una tos y tres o cuatro aplausos procedentes de la zona donde se encontraban los soldados.
"Pueblo de Los Ángeles. Hoy me despido de vosotros con la seguridad de haber cumplido con mi deber de cuidar y hacer próspero este pueblo".
Hubo murmullos de disconformidad, pero el alcalde continuó como si no los hubiera escuchado.
"Bajo mi mandato han sucedido grandes cosas, y aunque ahora, como fiel súbdito de España debo abandonar este territorio, sé que os dejo en buenas manos bajo el gobierno del nuevo Imperio Mexicano".
De Soto vio a Victoria entre la multitud, y la miró con cierto desprecio. "Me siento especialmente orgulloso de haber sido uno de los principales protagonistas en el proceso de librar a esta ciudad de su mayor amenaza criminal".
Victoria le sostuvo la mirada, desafiante, y él empezó a no sentirse tan seguro de sí mismo.
"El forajido conocido como Zorro encontró su fin mientras yo era alcalde, y aunque sus cómplices intentaron continuar con su actividad criminal, mis hombres y yo, con gran sacrificio personal, conseguimos devolver la paz y el orden al territorio".
De Soto se sorprendió, porque la gente había dejado de mirarle, y estaban todos con los ojos fijos en algo que había detrás de él, con expresión de asombro, excepto los de la Vega, que sonreían orgullosos. Una señora incluso se santiguaba. Sin saber qué pensar se dio la vuelta.
Por un momento el color de su rostro hizo juego con su barba blanca. Ante él, montado en un caballo negro que parecía salido del mismísimo infierno, estaba el enmascarado que aún poblaba sus peores pesadillas.
Aquella visión fantasmal parecía completamente sólida, y levantó la mano para decir. "Por favor, alcalde, siga con su discurso, no era mi intención robarle el protagonismo".
"No puede ser, eres un impostor", dijo de Soto tratando de recomponerse.
"Pero míreme, ¿no reconoce mi ropa, mi sombrero, por no hablar de mi caballo?" El Zorro guió a Tornado un poco hacia delante, para situarse a poca distancia del otro hombre. "Quizá prefiera fijarse en mi espada, ¿la reconoce?". El famoso sable de el Zorro salió de su funda a la velocidad del rayo con un silbido metálico, y de Soto se encontró con el acero a dos pulgadas de la punta de su nariz. Ni siquiera se dio cuenta de que se había puesto bizco.
"Enterramos a el Zorro, yo estaba allí", gruñó tras dar un paso atrás.
"¿Y cómo supieron que era yo? ¿Porque llevaba pantalones negros y una de mis botas?" dijo el Zorro en tono burlón. "No parece una prueba muy concluyente".
"He acabado con un Zorro y lo volveré a hacer", dijo de Soto dando un paso atrás y desenvainando su espada. "Todavía puedo luchar contra un farsante".
El Zorro se bajó ágilmente de su caballo y le hizo al alcalde un saludo con la espada y una pequeña reverencia. "Con mucho gusto le ayudaré a corregir este malentendido".
Tres golpes de espada después, el arma de de Soto se clavó en el suelo a dos pasos de él. Miró a su oponente con odio y saltó para agarrarla de nuevo. El enmascarado no se movió, de hecho permaneció inmóvil mientras el otro hombre levantaba su espada y cargaba contra él, provocando una exclamación de varias personas de la multitud, para apartarse un paso justo cuando la espada del alcalde le hubiera golpeado, dejando que pasara de largo.
"Sigue luchando como un rufián", dijo el Zorro chasqueando la lengua. Al mismo tiempo golpeó el trasero del alcalde con la parte plana de su sable. El alcalde cayó al suelo debido a su propia inercia y al inesperado impulso.
De Soto se levantó volviendo a agarrar su arma, al darse la vuelta un único golpe de sable hizo que se encontrara de nuevo desarmado. "Este juego ha dejado de divertirme", dijo el Zorro fingiendo un bostezo. Recogió la espada del alcalde y la lanzó contra un poste, donde quedó profundamente incrustada.
"Mientras el alcalde recupera su espada creo que tengo tiempo para presentar mis respetos a usted, Señora de la Vega". Dijo el Zorro acercándose a Victoria y tomando su mano libre para besarla. "Su belleza es aún más radiante que antes".
El alcalde dejó de tirar de su espada por un momento, frustrado por no poder hacer fuerza también con su brazo izquierdo.
"¿Ahora seduces a mujeres casadas, Zorro?", dijo con desprecio.
"Ella es la razón por la que estoy aquí. Me he enterado de que sufre, y no puedo soportar ser la causa de su dolor. Sé que hay rumores sobre ella, y he venido a silenciarlos".
De Soto dio dos pasos hacia él. "Así que ahora pretendes hacernos creer que no eres el padre de ese bastardo".
Varias personas de entre los reunidos reprimieron una exclamación al escuchar ese término.
"Te equivocas... de nuevo". Dijo Zorro con voz gélida. "¿Por qué no me sorprende?", añadió en un tono más desenfadado.
Se acercó al lado de Victoria y susurró. "¿Estás lista?" y luego se giró, dándole la espalda.
Ella asintió con una sonrisa. "Tengo que admitir que siempre he querido hacer esto".
"En realidad he venido a reclamar la paternidad de este niño", dijo mientras Victoria se retiraba la máscara para que todos pudieran ver su rostro. "Porque es un legítimo de la Vega", añadió volviéndose hacia su familia y acariciando la cara sonrosada de su hijo. Luego se dirigió a algunos de los caballeros, que estaban de pie frente al cuartel. "Llegó un momento en que me encontré atrapado en la leyenda que yo mismo había creado, con un alcalde incapaz de aprender de sus errores" dijo señalando a de Soto "y unos ciudadanos conformistas, demasiado cobardes para luchar por lo que era justo. Finalmente", dijo dándose la vuelta y tomando de nuevo la mano de Victoria. "Me di cuenta de que sólo unas pocas personas estaban a mi lado sin pedir nada a cambio, y también de que el amor de una mujer maravillosa era lo que me daba fuerzas para seguir en una lucha interminable. Reconozco que llegó el día en que no pude seguir resistiendo más ante tanta belleza" dijo con una sugerente sonrisa que hizo que ella sintiera calor en sus mejillas.
"Estás preciosa cuando te sonrojas", susurró sólo para ella.
"Esta vez me las vas a pagar", respondió ella en el mismo tono.
"Luego, en casa, estoy a tu entera disposición".
"Desde ese día, todo lo demás tuvo que pasar a un segundo plano", continuó en voz alta. Le besó la mano, dirigiéndole esa mirada que ella conocía bien, y miró a los caballeros y damas elegantemente vestidos. "Habría preferido mantener mis habilidades en privado en esta nueva etapa de mi vida, pero no ha sido posible por el comportamiento de algunas personas, nuestros vecinos, algunos de los cuales consideraba nuestros amigos. Ahora eso se ha acabado, si alguien vuelve a insultar a mi esposa o a cualquier otro miembro de mi familia puede contar con que defenderé su honor por los medios que sean necesarios."
Dos de los caballeros, que habían sido los más entusiastas en la difusión de rumores sobre los de la Vega, dieron un paso atrás, impresionados por un Diego de la Vega vestido de negro, con la espada del Zorro en la cintura y una mirada tan dura como su acero.
Pilar y Alicia observaban lo que ocurría en la plaza desde la puerta de la taberna. Alicia miró a una estupefacta Pilar con una sonrisa: "Bueno, parece que lo que dije antes no era una tontería."
"¡Soldados, cogedlo!", gritó el alcalde. Los soldados se quedaron inmóviles, mirando a don Diego.
"¿Con qué autoridad ordena usted que me arresten, ex-alcalde? ¿De qué cargos se me acusa? Porque no tengo ningún pleito con el nuevo gobierno. Es más, anoche aproveché que a usted no se le ocurrió poner rejas en las ventanas de la azotea" dijo señalando hacia el cuartel. Luego hizo una pausa para reflexionar un poco. "Tampoco es que hubiera servido de mucho, de todos modos habría terminado por serrarlas. El caso es que me colé en el cuartel mientras tú estabas bebiendo en la taberna para celebrar tu última noche aquí, y saqué el dinero de la caja que escondiste bajo el suelo de tu habitación. El dinero del pueblo está guardado en la caja fuerte, y he cambiado la combinación, que con mucho gusto entregaré al próximo alcalde. Así, el nuevo gobierno podrá agradecerme que haya impedido que saquees unos fondos que pertenecen legítimamente a los ciudadanos y que deberían utilizarse para hacer mejoras en el pueblo. Está claro que la recompensa por mi muerte no te pertenece".
Varias personas murmuraron enfadadas.
"Ignacio, me he tomado la libertad de leer tu discurso y ha sido una pérdida de tiempo. Si me permites te sugeriré que no continúes, no vale la pena. Ahora te dejo con tu pequeña ceremonia. Te deseo un buen viaje de vuelta" dijo dándose la vuelta.
Dio un paso adelante y se detuvo un momento, se volvió otra vez hacia de Soto para decirle: "Se me olvidaba algo, un pequeño recuerdo, por los viejos tiempos." dijo haciendo una Z sobre su chaleco justo antes de silbar para atraer a Tornado, que mientras tanto se había colocado entre el alcalde y la espada que seguía clavada en el poste, como retándole a que intentara recuperarla. Diego saltó sobre su caballo y le tendió la mano a Victoria. Ella entregó su bebé a Gertru, que lo cogió con cuidado, y le dijo: "Nos vemos en casa dentro de un rato".
Victoria se agarró al brazo de Diego, que la levantó sin esfuerzo y la sentó frente a él en la silla de montar.
El sargento Mendoza se adelantó y se dirigió a Diego con una sonrisa.
"Don Diego, cómo me alegro de que esté usted bien", puso una expresión extraña y se rascó la cabeza, confuso. "Bueno, en realidad ya sabíamos que estaba usted bien, me refiero a que el otro usted también lo está", luego sonrió con entusiasmo. "Usted ya me entiende".
Diego soportó el discurso de Mendoza con seriedad, mientras sentía en el brazo que tenía alrededor de la cintura de Victoria que sus músculos se contraían por la risa que ella intentaba contener sin lograrlo del todo.
"Gracias, sargento", dijo con sinceridad.
Diego espoleó a Tornado y regresaron al galope a la hacienda.
FIN
Nota: sólo queda el capítulo que prometí sobre el primer encuentro apasionado entre el Zorro y Victoria después de que ella tuviera una charla con Gertru.
