PARTE 2:
Darling don't be afraid I have loved you
XII.
InuYasha dejó de azuzar el fuego en la pequeña hoguera que había encendido dentro de la cueva donde llevaban quedándose un par de noches y su atención se concentró en la persona que dormitaba frente a él.
Apoyada contra la pared, la cabeza ladeada y con los pies recogidos, sus manos descansaban el regazo todavía con la cena a medio comer.
Suspirando, dejó olvidada su ración de comida -un pescado hecho al fuego- a un lado y se incorporó sin hacer mucho ruido. No quería despertarla pues parecía muy cansada. Rodeó el fuego y sin apartar la mirada de ella, se sentó a su lado. Cuidadosamente, le quitó el palo con los restos de su pescado en la mano y, con ternura, la cogió en brazos y la sentó sobre su regazo, de forma que su cabeza quedara escondida en el hueco del cuello de este.
Kagome respingó, sobresaltada.
—¿Qué…?
—Ssshh— susurró, meciéndola un poco, igual que recordaba que lo hacía su madre— Duerme, solo soy yo.
—Yasha…
El muchacho sintió sus vellos ponerse de punta cuando la chica suspiró y volvió a acomodarse en sus brazos. Pocos segundos después, yacía completamente dormida, con una apacible mueca en su semblante.
InuYasha apoyó su espalda en la pared y tras estar observándola dormir -no le reconocería en voz alta jamás que era uno de sus pasamientos favoritos-, inclinó su cabeza hacia arriba y cerró los ojos. Inconscientemente, la apretó contra sí, pero siempre teniendo cuidado de no hacerle daño.
Algo en el interior del medio demonio se había roto -un poco más- al ver semejante imagen, sobre todo si la protagonizaba su pequeña. Le dolía ver en las condiciones en las que se encontraban "sobreviviendo" -porque a esto no se le podía llamar vida; no, al menos, la que se merecía Kagome-, durante estos últimos meses, teniendo que ir de un lado a otro como errantes, durmiendo bajo la intemperie, viviendo de lo que podían cazar, pescar y/o recolectar. Desde que escaparon de la aldea, debían vivir como nómadas, cambiando de asentamiento al poco tiempo, pues el bosque -un lugar lleno de animales salvajes y demonios- era el único sitio en el que podían estar ya que en las aldeas lo temían y repudiaban como si tuviera la peste.
Él ya se lo esperaba. Había vivido con ello desde siempre, pero parecía como si le arrancaran una parte vital de su cuerpo cada vez que el rostro de su pequeña se descomponía cuando pasaban cerca de una aldea.
«—¿Kagome?
La detención de los pasos a su espalda lo habían alertado. InuYasha, un poco más adelantado, se detuvo y giró ligeramente la cabeza, lo justo para encontrarse a una Kagome petrificada mirando algo que ocurría a unos metros de ellos.
Y el medio demonio no necesitaba verlo para saber lo que era, pues la risas y voces infantiles eran captadas por sus oídos desarrollados.
Sintió un fuerte tirón en el pecho y contuvo un suspiro.
—Hey, pequeña…— musitó en voz baja.
Sin embargo, para su sorpresa, Kagome parpadeó como si se hubiera despertado de su letargo y cuando lo miró, su sonrisa característica volvía a mostrarse en sus labios.
—Perdón, me quedé embobada mirando— se encogió ligeramente de hombros— ¿Vamos?
Caminó hacia donde estaba él y cuando llegó a su altura, su mano se entrelazó con la de él de forma natural. La calidez que esa pequeña mano le proporcionaba era capaz de fortalecer su agujereado pecho, brindándole de una suave capa donde poder refugiar a su corazón.
—Lo siento…
—¿Eh? — mientras caminaban, Kagome lo miró por encima del hombro con la curiosidad brillando en sus pupilas— ¿Decías algo?
InuYasha sacudió la cabeza con fuerzas para despejar esos sentimientos que no dejaban de asfixiarle y dejó de ser remolcado por la pequeña para ser él el que tirara.
—Que debemos darnos prisa o se nos hará de noche.
Se detuvo, dándole la espalda.
—¿Qué dices? ¿Te apuntas?
—¡Sabes que lo amo! — festejó Kagome felizmente.
Kagome saltó y sus piernas rodearon la cintura de él.
Y, durante un ínfimo momento, todos los problemas quedaron atrás, solamente ellos dos, el viento y la libertad como compañía.»
—Yasha…— lo escuchó llamarle en un susurro.
InuYasha suspiró y, teniendo cuidado de sus garras, apartó un mechón de su cabello de la cara.
Su pequeña… Quién no se había quejado en ningún momento de la situación en la que vivían, que siempre tenía una sonrisa sincera para brindarle, que le miraba como si fuera lo más importante del universo…
Aún recordaba la primera que vez la vio, un pequeño bulto llorón rodeado de mantas, y mírala ahora, una muchacha que poco a poco iba creciendo, fuerte y hermosa, tanto por dentro como por fuera.
¿Cuándo sería el momento en el que ella se diera cuenta de que valía mucho más que un sucio medio demonio? ¿Cuándo abrirán los ojos y se apartaría de su lado?
No era que no creyera en su pequeña, se sentía muy afortunado de que una parte de ese corazoncito le perteneciera, pero no era tonto y sabía que las cosas no podían continuar así. Ella no se lo merecía.
—Te prometo que todo cambiará, Kagome— susurró suavemente— Que conseguiré que las cosas vayan a mejor. Confía en mí.
Porque él era un medio demonio y era indigno de tenerla junto a él, pero también era egoísta y lucharía con uñas y dientes antes de que la apartasen de su lado.
Palabras: 909.
