XIII.
—¡Kagome!
Segundos después de haber escuchado el grito, la joven sintió como era elevada por los aires. Un grito quedó ahogado en su garganta cuando supo que se trataba en realidad de esos brazos que se le hacían tan familiares, esos que reconocería aún con los ojos cerrados.
El alivio la abrazó por completo; con él a su lado, estaba a salvo.
Entonces, una explosión se escuchó demasiado cerca de ellos.
Kagome se vio volando de nuevo, solo que esta vez, estaba sola. Con la sorpresa y la conmoción del estallido, InuYasha la había soltado.
Todo pareció ocurrir a cámara lenta.
De pronto, Kagome estaba envuelta en sus brazos, sabiendo que allí nada malo podría pasarle, y al instante siguiente lo único que podía hacer era observarlo desde la distancia, advirtiendo la mueca de horror en sus labios, el miedo en sus ojos ambarinos, la mano extendida hacia ella en un último intento…
Kagome caía. Caía por un barranco y el viento parecía entrar por cada poro de su piel, helando su sangre, sus venas, sus pulmones.
Kagome caía e InuYasha no podía ir a salvarla porque el demonio al que se enfrentaban había conseguido cogerle con sus tentáculos y no se podía mover.
Kagome caía y frente a sí, cientos de imágenes fueron sucediéndose, una tras otra. Se vio a sí misma en la cabaña donde había crecido, acurrucada en el fuego junto a su madre e InuYasha; vio a su madre sonriéndole con amor y ternura, trenzándole el cabello con gran maestría; a InuYasha gruñendo juguetonamente en medio de sus juegos…
El nombre de él murió en sus labios, sin llegar a pronunciarlo por completo, en el momento que el pequeño cuerpo chocó con algo húmedo.
Entonces, la oscuridad la rodeó y perdió el conocimiento.
·
—¿Me oyes?
—Eh, ¿estás bien?
—¡Despierta!
Una cacofonía de voces retumbaba en su cabeza. Parecían lejanas y deformes, pero conforme el tiempo iba pasando, poco a poco fueron acercándose y una a una fueron desaparecieron hasta que solamente se escuchaba la real.
Era una voz suave, aguda… y sonaba muy preocupada.
—¿Puedes oírme?
Un gemido bajo salió de los labios de la chica, quien se llevó una mano a la cabeza -la cual le palpitaba con fuerzas- y descubrió que tenía el cabello mojado y lleno de… ¿tierra?
Sacando fuerzas de cualquier parte, abrió los ojos y tuvo que volver a cerrarlos de inmediato, pues la luz del sol era demasiado brillante y la había deslumbrada por completo.
—Ah, despertaste, menos mal. ¿Estás bien? ¿Te duele algo? — suspiró con alivio la voz.
Volvió a hacer el intento. Abrió los ojos y parpadeó un par de veces antes de que su vista se acostumbrara.
—¿Qu-qué…?— su voz sonaba ronca y la garganta parecía arderle cada vez que quería hablar— ¿Qu-qué ha pa-pasado?
Estaba en un bosque. Veía de reojo las copas de los árboles que la rodeaban… y también podía oír el discurrir de un río demasiado cerca.
Una cabeza apareció de pronto en su campo de visión y Kagome se sobresaltó. Era una chica, casi diría que con dos o tres años más que ella, con el pelo castaño recogido en una coleta alta y unos vivaces ojos marrones que miraban con preocupación.
—¿Puedes decirme cómo estás? — preguntó con firmeza— Estaba dando un paseo por el bosque cuando te he visto aquí, dormida o desmayada, no lo sé. ¿Te han atacado o algo?
Una punzada en la cabeza consiguió que un siseo escapara de sus labios. Hizo el intento de incorporarse y al ver sus intenciones, la chica le ayudó. Tenía el cuerpo molido, parecía que acababa de venir de la guerra, pero…
—No lo sé— susurró con deje de conmoción e incredulidad.
Por más que le daba vueltas en su cabeza, no era capaz de hallar el motivo por el que se encontraba aquí y en este estado.
—¿No te acuerdas? — preguntó la mayor con suavidad.
Sacudió la cabeza, sintiendo su respiración aumentar de velocidad.
—¿Ni siquiera tu nombre?
Sí, eso sí…
—Soy…— carraspeó para aclarar la voz— Kagome.
—Pues estate tranquila, Kagome, aquí estarás a salvo— una amplia y bonita sonrisa surcó sus labios y le guiñó un ojo con simpatía— Cerca de aquí está mi aldea, una aldea de exterminadores, así que no te pasará nada, te lo prometo— la chica se levantó y le tendió la mano para ayudarla a levantarse— Por cierto, mi nombre es Sango, encantada de conocerte.
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