XIV.
—¡Hermana!
Un pequeño de unos 8 años con una incontrolable mata de pelo azabache corría hacia donde se encontraba llegando las dos chicas. A medio camino se dio cuenta de que había una cara que nunca había visto y sus pasos se detuvieron mientras veía con sospecha a Kagome.
—Kohaku— habló la tal Sango a su vera— ¿Ya ha llegado papá?
El niño al principio no contestó. Se limitó a mirarla con el ceño fruncido hasta que desvió la atención hacia su compañera.
—¿Quién es ella? — pasó por completo de la pregunta.
—¡Kohaku! ¡¿Y esos modales?! — replicó sorprendida.
—¡Sabes que papá dice que debemos tener cuidado con los extraños!
Sango chasqueó la lengua y poniendo los ojos en blanco, cogió uno de los brazos de la azabache para tirar de ella y que empezara a andar.
—Para tu información, pequeñajo, Kagome no es una "extraña", sino mi amiga. Estoy seguro de que lo entenderá.
Mientras Kagome era revolcada, tuvo que esconder la sonrisa que pugnó por salir de sus labios. No conocía apenas a esa chica, pero le gustaba la manera en la que la defendía tan… tercamente.
Era bonito saber que no estaba tan sola como había pensado en un principio.
Pequeñajo.
«Pequeña…»
El cuerpo de la azabache se paralizó cuando oyó ese susurro en su cabeza.
¿Quién le había hablado? ¿Por qué sus vellos se le habían puesto de punta? ¿Qué estaba pasando?
—¿Qué le ha pasado? — la voz del pequeño Kohaku la sacó de sus cavilaciones, quien todavía la miraba de reojo— ¿Por está tan… sucia?
—¿Dónde está papá? — no detuvo la caminata, llevándola con ella.
Kohaku tuvo que ser el que se acomodara a sus pasos. La mueca de disconformidad no se iba de sus labios.
—Reunido— terminó por responder de mala gana.
—¿Con quién?
—Con Hina y los demás.
—Vamos, entonces.
—¿A do-dónde? — inquirió Kagome, aún sin saber cómo se estaba dejando llevar de esa manera.
—Voy a hablar con él y explicarle todo lo que ha pasado— Sango le lanzó una mirada por encima del hombro y le sonrió— Te aseguro que no pondrá ningún impedimento porque te quedes aquí.
—¿Puedes decirme qué ha pasado? — se metió Kohaku gruñón.
—Luego con papá, no te adelante a los acontecimientos, pequeñajo. No quiero repetir la historia después dos veces.
—¡Venga ya!
Con la discusión de fondo, la mirada de Kagome se perdió en las casas que iban dejando atrás de la pequeña aldea de exterminadores. Algunos que pasaban por allí les lanzaban vistazos curiosos, pero ninguno parecía molesto ni nada de eso. Era mera indagación y curiosidad al oír las altas voces de ambos niños.
Parecía una aldea tranquila y apacible, un buen lugar para vivir. Y Sango era una buena chica, se le notaba, seguro que se llevarían muy bien.
Por más que lo pensaba, Kagome no podía encontrar algún motivo por el que rechazar sus palabras, por el que pensar que no era una buena idea.
Le gustaba ese lugar, le gustaba Sango.
Seguro que allí se viviría bien.
Entonces… ¿por qué había aparecido ese dolor en pecho -como si le hubieran clavado una estaca- en el corazón? ¿Por qué sus pulmones parecían no funcionar bien correctamente?
¿Qué es lo que había olvidado y parecía ser tan importante?
Palabras: 544
