XV.
—No podrás.
—¡Sí, sí podré!
Los labios de la castaña se curvaron y lo miró por encima del hombro, como sabía que odiaba que hiciera.
—Te caerás. Perderás el equilibrio y terminarás en el suelo.
—¡Qué no!
—¡Qué sí!
—Chicos, haya paz…
—¡No te metas!
Kagome enmudeció cuando ambos hermanos la fulminaron con la mirada. Sabiendo de antemano el genio que se gastaban ambos, se encogió de hombros y siguió acariciando el cuerpo de Kirara, quién se encontraba ronroneando en su regazo.
—¡Estoy harto de que me digas lo que puedo y no puedo hacer! ¡Ya soy mayor!
—¡Pero Kohaku…!
—Niños.
Los tres cuerpos se sobresaltaron cuando una nueva voz entró en escena. Kohaku y Sango dejaron de discutir -no de lanzarse malas miradas y gruñirse el uno al otro- y Kagome sonrió con inocencia al recién llegado: el jefe de la aldea y también padre de ambos hermanos.
—¿Se puede saber que son esos gritos? — la voz de Kenta retumbó en el lugar y Kagome no pudo evitar sentir los vellos de punta. A pesar del tiempo que llevaba viviendo allí, todavía ese hombre conseguía intimidarla como la primera vez que lo vio. —¿No tendrías que estar entrenando Kohaku?
—Lo siento, padre, me entretuve— respondió entre dientes— Ya me voy con los demás.
—Qué no vuelva a ocurrir. La puntualidad es un factor muy importante para la disciplina— le instruyó mientras lo veía alejarse— Y, tú, jovencita, ni se te ocurra moverte un paso más— añadió cuando por el rabillo del ojo vio como su hija quería poner pies en polvorosa.
Sango suspiró y momentáneamente su mirada se encontró con la de Kagome, quién le sonrió de forma alentadora.
—Papá, no es nada. Solamente estábamos charlando.
Kenta permaneció en silencio durante un par de segundos antes de suspirar, cogiéndola a ambas por sorpresa. Se acercó hasta donde estaba su hija y le colocó una mano en el hombro.
—Deberías soltar un poco la cuerda, cariño.
Kagome frunció el ceño, pues no les encontraba sentido ninguno a sus palabras, pero Sango al parecer si lo hizo porque su ceño se pobló de arrugas con disconformidad.
—Pero, papá, ¿es qué no lo ve? Puede pasarle cualquier cosa— señaló de forma vaga el lugar por donde había desaparecido Kohaku.
—La que no lo está viendo eres tú, cariño. Tu hermano está creciendo y quiere aprender a estirar sus alas. No puedes pretender cortárselas porque no quieras que le pase nada, eso no le hará ningún bien.
—Pero tengo tanto miedo…— susurró ella en voz baja.
—Igual que lo tuve yo cuando tú empezaste, hija mía, el mismo que siento ahora mismo con él. Sin embargo, nuestro deber es enseñarle a volar y a luchar por sí mismo.
Sango exhaló todo el aire que tenía retenido en los pulmones y una pequeña sonrisa surcó sus labios.
—No me doy cuenta de que está creciendo, ¿verdad? Me empeño en verlo como un niño y míralo…, queriendo montar ya sobre Kirara…
—¿Perdona? No hables como una adulta, que a ti todavía te falta mucho que aprender, renacuaja— le despeinó el cabello con un brillo de diversión en su mirada.
—¡Papá! — exclamó Sango acomodándoselo bien.
Kenta rio y Kagome no pudo evitar acompañarlo a pesar de haberse quedado viendo embobada semejante escena entre padre e hija. Se notaba lo mucho que se querían y se preocupaban los unos por los otros…
El familiar pinchazo en su pechó apareció y Kagome contuvo un suspiro. Llevaba casi un mes viviendo con Sango y los demás y no había recordado nada en absoluto. Había veces en las que se quedaba mirando fijamente algo -una cesta de mimbre, un frondoso árbol, una juguetona ardilla, una mujer de pelo largo y oscura, un anciano con el pelo canoso- y el corazón le aumentaba de velocidad y su estómago cosquilleaba. Ella sabía que esas cosas tenían que ver con su vida pasada, pero por más que le daba vuelta siempre parecía quedarse estancada en la nada.
Y era muy, muy frustrante.
Porque su cabeza no hacía más que decirle que había olvidado una cosa lo suficientemente importante como para despertar en medio de la noche, transpirando, después de soñar con algo que no conseguía recordar.
—¡Eh, vamos, Kagome! — la sacó Sango de sus pensamientos.
—Kagome, Hina me ha dicho que quiere que vayas un rato a entrenar con ellos, ¿te parece? — preguntó Kenta.
Kagome sonrió. Hina era la mejor arquera de la aldea y le encantaba que siempre contara con ella. Sorprendentemente, se le daba muy bien usarlo.
—¡Claro! — exclamó incorporándose.
El maullido proveniente de Kirara le advirtió que le había sorprendido sus movimientos.
—Lo siento, Kirara— le sonrió antes de correr junto a Sango hacia donde estaba la zona de tiro entre risas y burlas.
Porque a pesar de sus confusiones mentales, del malestar de interior… a Kagome le gustaba vivir en aquel lugar.
Palabras: 813
