XVII.

Quieta.

Respiración contenida.

«Tranquila, tranquila.»

Examinó su alrededor con precisión, mirando en cada recoveco del bosque, buscando alguna presa a la que poder cazar. Sintió una ligera brisa acariciarle el rostro, susurrándole cosas inentendibles oído; el lenguaje inefable de la naturaleza.

Árboles y arbustos la rodeaban. El discurrir de un río a lo lejos.

Ella, convertida en el depredador.

Caminó unos pocos de pasos, la cuerda de su arco favorito tensado y la flecha en su sitio, mientras sus orbes castaños observaban la vegetación minuciosamente.

¿Por qué de pronto el bosque parecía estar vacío? ¿A dónde se habían ido todos los animales?

Ella no necesitaba una presa grande, con un simple jabalí se conformaba. O algún zorro. Necesitaba conseguir algo, pues no podía volver con las manos vacías, porque si ocurría, lo único que conseguiría sería más burlas y risas de parte de sus compañeros.

Y estaba harta de que creyesen que ella no era capaz de conseguirlo. Que no era igual de bueno que ellos. Que no podía ser una más.

El crujido de una rama a sus espaldas la sacó de sus cavilaciones. Kagome se irguió y, de un ágil movimiento, giró su cuerpo ciento ochenta grados, hasta que apuntó al espeso arbusto que se encontraba detrás de ella. Su corazón bombeaba a gran velocidad en el pecho, tanta, que estaba segura de que cualquiera que pasase por allí podría oírlo.

«Vamos, tú puedes hacerlo. Recuerda todo lo que sabes», se dijo a si misma intentando mantener la calma.

No apartó la mirada del lugar donde había provenido el crujido y dio un paso más.

Ya casi…

Una mancha albina apareció de pronto y Kagome soltó todo el aire retenido en sus pulmones cuando un curioso conejo blanco olió en su dirección por un momento antes de alejarse saltando.

Masculló entre dientes.

Genial, simplemente genial.

¿Por qué no podía estar la suerte un poco de su parte? Necesitaba algo y no podía tardar mucho en volver porque si no Sango o Kohaku podrían darse cuenta de su ausencia, y podría llevarse una buena bronca. O, peor sería, podría enterarse Kenta.

Aunque esperaba que su querida Sango no se chivase…

Esta era una batalla suya, una que llevaba peleando desde el principio, desde que decidió formarse como exterminadora -hace ya dos años- y no dejaría que nadie lo hiciera por ella.

Debía demostrar su valía, su lugar en la aldea de exterminadores de demonios, a como diera lugar.

—Maldita sea— susurró, pasando un mechón de pelo castaño que se le había escapado de la coleta por detrás de la oreja— Cómo entiendo ahora como se sentía Kohaku— suspiró.

Decidió acercarse al río que pasaba por allí para beber un poco de agua, pues tenía la garganta seca, y de paso echarse un poco en el cuello porque hacía un color horrible. Y el uniforme negro que llevaba tampoco es que le ayudase mucho.

Se colgó el arco en el hombro, guardó la flecha en el carcaj, y se encaminó hacia donde lo escuchaba. Su mano derecha descansaba de forma distraída en el mango de la daga que llevaba colgada en la cintura mientras sus ojos no dejaban de observar su alrededor.

Suspiró con alivio cuando el líquido refrescó su garganta y el cuello.

—Tengo que conseguir algo, lo que sea— se dijo mirando el reflejo de su rostro-bronceado y ligeramente más agudo- en el agua. Sus grandes ojos brillaron con un sentimiento de no supo identificar y Kagome retuvo el impulso de pegar un manotazo en la superficie para que la imagen desapareciera— Dos años, Kagome, Dos años preparándote, luchando día tras días para demostrar que no eres una forastera, que puedes ser una más. Ahora no puedes rendirte.

Inspiró hasta llenar sus pulmones para darse fuerzas y se puso de pie. En ese momento, un estremecimiento la recorrió de arriba abajo. Y lo supo.

Una presencia maligna estaba cerca. Demasiado cerca.

Sintió su boca secarse, nunca había luchado cara a cara, sola, contra un demonio, pero tampoco podía quedarse sin hacer nada. Si de verdad iban a ir a por ella, lucharía hasta su último aliento. Además, estaba preparada. Podía hacerlo.

Sin hacer movimientos bruscos, lentamente cogió el arco y una de sus flechas. Aún no se había movido, no se había girado. Sentía al demonio a su espalda, acechándola, seguramente advertido de su presencia al olerla cuando se había acercado al río a beber.

Cerró los ojos un segundo, dos, sus sentidos en alerta. La respiración acompasada.

Debía disparar al corazón, un solo disparo. Y si no podía, a los ojos, dejarlo ciego.

Colocó la flecha en su lugar y conforme iba tensando la cuerda, sus pulmones iban llenándose de oxígeno.

Escuchó pisadas. Se acercaba. Más, más cerca.

Escuchó el ruido de las ramas moverse. Ya casi…

Ahora.

Sus pies de movieron en el momento que un rugido reverberaba en el cielo.

Todo pasó demasiado deprisa.

En un primer instante, unas fauces abiertas -coronadas por cientos de colmillos afilados- se dirigían hacia ella, al siguiente, había desaparecido tras un borrón escarlata.

Ahora, no había nada. Árboles en calma, el susurro del viento entre las ramas, el tranquilo piar de los pájaros.

Ya no sentía la presencia maligna. Se había esfumado frente a sus ojos como si todo lo pasado hubiera sido un producto de su imaginación.

Estaba sola en el bosque.

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