XVIII.

—¿Se puede saber dónde has estado?

A las afuera de la aldea, el ceño fruncido de Sango y sus brazos cruzados en el pecho fueron una agradable bienvenida. Sonriendo lo más inocente que pudo, Kagome se encogió de hombros, sus dedos firmemente aferrados a la madera de su arco.

—Dando una vuelta.

—¿Tengo que poner ahora cara de que me lo he creído?— puso los ojos en blanco.

Kagome sintió la sangre hervir.

—¿Y si lo sabes, entonces por qué preguntas? — inquirió más brusca de lo que había pretendido en un principio. Ante el silencio que obtuvo como respuesta, suspiró y se pasó una mano por el rostro— Lo siento, no ha sido una buena tarde, no quería hablarte así.

—Kagome…

—Como te habrás dado cuenta, vengo con las manos vacía— pasó por su lado, conteniendo otro suspiro.

Parte de su determinación había desaparecido cuando se encontró allí sola, en la orilla del río, con su corazón latiendo a mil por hora. Rememoró una y otra vez lo que había pasado en su cabeza, pero no podía hallar explicación alguna para lo que había ocurrido.

Así que, intentando hacer caso omiso al nudo que se había instalado en su garganta, Kagome había salido de allí sin mirar atrás.

«Cobarde. Estúpida. Idiota», se decía mientras corría, las lágrimas agolpándose en sus ojos.

Pero ninguna cayó.

Al menos, no en el exterior, porque anímicamente Kagome estaba derrumbada.

—Kagome…— susurró Sango, acomodándose a su paso. La miró de reojo, su rostro cuidadosamente indiferente, como si no significase nada sus palabras. Pero sus ojos… oh, esos dos pozos oscuros decían otra cosa. Gritaban por sí solos.

—No necesito que me digas nada, Sango. Yo ya lo sé.

No esperó respuesta alguna. Kagome apretó el paso y se perdió entre las casas. Sango se detuvo y la observó marcharse con el corazón en un puño.

Esa rabia muda, que latía en cada poro de su piel, estaba consumiendo a su amiga-prácticamente-hermana poco a poco, día a día. Y la castaña había tenido que ser una silenciosa espectadora de eso, sintiendo la impotencia consumirla. Quería hacer algo, odiaba verla así, pero no podía, tenía las manos atadas, porque Kagome dejaría de hablarle si se enteraba que se había metido en sus asuntos.

«Es mi problema», le había dicho una vez, cuando ella no había podido más y había explotado, diciéndole que hasta allí habían llegado la cosa. Kagome la había escuchado sin moverse, casi sin parpadear, y cuando había terminado, sus ojos endurecidos por una furia helada la habían acallado. «Sango, ni se te ocurra meterte en esto porque te prometo que nunca te perdonaré. Es mi pelea y soy yo la que debo pelearla.»

«Pero pedir ayuda nunca es malo», había replicado ella con un nudo en el estómago. «Lo que ellos te hacen está mal, no puedo permitir de que sigan atormentándote de esa manera. Si se lo decimos a papá…»

«¡No! ¡Ni se te ocurra! Sango, no debes preocuparte. Ganaré, ¿vale? Lucharé y me haré fuerte, mucho más fuerte. Y conseguiré que ellos me acepten. Por favor, cree en mí.»

Y no es que no creyera en ella -daría su brazo si hiciera falta a favor de Kagome-, sino que la situación era muy complicada. Ser exterminador de demonio no era tarea fácil, ser exterminadora de demonio en un mundo de hombre se convertía en una misión cuesta arriba… pero, además, venir de fuera, hacía que la situación se convirtiera en titánica.

Para Sango había sido complicado ese mundo -muchos días de sangre, sudor y lágrimas-, pero siempre había contado con el apoyo de su padre, el jefe de la tribu, que quisiera ella o no, había veces en las que le había allanado el terreno. Kagome, sin embargo, reunía las tres cosas. Y estaba afrontándolo sola.

—Estoy tan orgullosa de ti…— susurró viendo su coleta balancearse mientras avanzaba por la calle, con la cabeza bien alta, sin dejar que los demás vieran su sufrimiento.

Ella había nacido para ser una guerrera.

Una guerrera forjada en las dificultades.

·

—¡Otra vez!

La voz de Hina resonó en el lugar y al momento se escuchó el sonido de una decena de cuerdas tensándose. Un segundo, dos.

—¡Disparad!

Diez saetas cortaron el aire a la vez, cada una estrellándose en un árbol diferente. Todas en el blanco. Perfectas.

—Muy bien, eso es todo por hoy.

Kagome suspiró y movió la cabeza, destensando así los músculos del cuello. Lo único que quería era llegar a casa, quitarse todo el sudor del cuerpo y charlar de forma distendida con Sango. No quería pensarlo mucho, pero hacía tiempo que no tenían una agradable y tranquila charla.

Y todo por culpa de ella…

La llegada de Kenta al lugar de entrenamiento acalló las conversaciones que se habían formado -siempre entre ellos, nunca con ella. A Kagome hacía tiempo que eso ya había dejado de dolerle, se había convertido en una herida cicatrizada.

Todos se pusieron en formación, una línea, con Kagome en uno de los extremos, y el rostro neutral. A la azabache le costó mantenerlo cuando descubrió a Sango junto a su padre, quién no había mirado a donde se encontraba ella en ningún momento. Parecía… ignorarla.

—Mañana partiré junto con un puñado de exterminadores al sur, donde una plaga de demonio está asolando una región entera— sus ojos se paseaban por cada rostro lentamente— Han pedido nuestra ayuda. Y vosotros estaréis entre mis filas.

Un cosquilleo se formó en el interior de Kagome, incapaz de creerse esas palabras. Por fin, por fin, iba a tener una oportunidad para demostrar su valía.

Todos asintieron a una, fieros y seguros. Dispuestos a cualquier cosa.

Cuando la multitud se fue dispersando -Kagome no obtuvo esta vez malas miradas y comentarios mordaces al haber público-, Kenta se acercó a donde estaba la chica. Sango se había quedado unos metros más atrás, en silencio. Aún sin mirarla.

Supo que algo iba mal.

—Kagome, tú no vendrás. Te quedarás aquí con Kohaku.

Palabras: 998