XIX.

Dos días después de que Kenta diera la notica, la comitiva partió. Una comitiva formada por el propio jefe de la aldea y unos 25 o 30 guerreros, de los más poderosos que había.

Kagome no estaba entre ellos.

Y Kohaku tampoco.

Pero Sango sí.

Y podía parecer egoísta, pero Kagome no le dirigió la palabra en ningún momento. Le dolía, le dolía horrores comportarse así con su casi-hermana, pero los sentimientos de tracción, de rabia, de impotencia, eran demasiado profundos como para poder mirar fuera de ella y darse cuenta de que Sango en realidad no podía hacer nada, que solo estaba siguiendo órdenes, y que ambas estaban sufriendo por igual. Así que cuando los exterminadores se marcharon al alba, toda la aldea fue a despedirlos, a desearles suerte. Toda, menos una muchacha de pelo azabache, que ni se dignó a aparecer.

Sango salió de la aldea montada en su caballo, vestida como una guerrera, pero con los hombros hundidos y los ojos anegados en lágrimas. «Cuando vuelva», se prometió en el momento que traspasaban los primeros árboles, echando una mirada hacia atrás, recordando la mueca de dolor en el rostro de Kagome cuando su padre le dio la noticia. «Cuando vuelva, hablaré con ella y solucionaremos esto. No podemos continuar así.»

Durante la mañana y parte de la tarde, Kohaku intentó hablar con Kagome, hacer que saliera de su habitación. A él también le daba rabia esa situación, también quería ir junto a su padre y su hermana a luchar, pero todavía era demasiado pequeño y su padre había sido tajante. Después de varias horas, terminó por claudicar y él también fue a encerrarse en su habitación.

No se vieron una última vez.

Al alba siguiente, nadie de los que dormían en la aldea se dio cuenta de la figura que se perdía entre las sombras, adentrándose en las profundidades del bosque, aunque por el lado contrario al que se había marchado la comitiva. Esta, armada con una espada al cinto y su inseparable arco, no echó una última atrás mirada mientras caminaba.

En sus ojos achocolatados, el fuego de la ira y la determinación brillaban como dos luceros.

Porque había llegado el momento, quisieran o no, de que ella, por fin, demostrase que estaba cualificada para ser una más. Kenta ni siquiera se había dignado a darle una explicación sobre su decisión -ni ella la había pedido, no quería que vieran lo mucho que le afectaba-, así que había decidido después de una jornada rumiando los hechos, dándole vueltas a sus sentimientos… que ella, por si sola, iría a cazar a un demonio.

Ella les enseñaría que podía hacerlo perfectamente y que hacían mal al dejarla atrás.

Sango siempre le había dicho que debía tener cuidado con la parte rocosa del bosque, la que se acercaba a las montañas, porque allí solían morar muchos demonios en las cuevas.

Precisamente allí es a dónde se dirigía.

Cuando Sango volviera… cuando todos lo hicieran, ella les mostraría su presa, el demonio que habría cazado. Les mostraría su valía.

Y no volverían a rechazarla, a apartarla otra vez.

·

Sintió una lejana presencia demoníaca un par de horas después de que se adentrara en el bosque. Sus vellos se erizaron, el corazón bombeó con fuerzas en el pecho y su boca se secó en el momento que sacaba una flecha del carcaj y la colocaba sobre el arco.

Demasiado silencio había a su alrededor. Un silencio inquietante, tenso, expectante.

La calma antes de la tormenta.

Sus ojos recorrieron cautos y sagaces su alrededor, en busca del más mínimo revuelo o alteración en aquella quietud. No había nadie, nada.

¿Se habría equivocado…?

Entonces, lo vio.

Allí, a lo lejos, por encima de las copas de los árboles, una columna negra se elevaba hacia el cielo. Podría ser miasma, podría ser humo, no importaba. Kagome tan solo tenía algo claro, advirtió sintiendo su corazón querer escaparse de su pecho, y es que provenía de donde estaba la aldea.

La estaban atacando.

—Kohaku.

No pensó, no razonó. Simplemente echó a correr, deshaciendo su camino, sin mirar a atrás.

·

La aldea se estaba consumiendo en llamas.

Incluso antes de salir del bosque, Kagome ya sintió una bofetada de calor que le dio de lleno en la cara. Las lágrimas se acumularon en sus ojos resecos y parpadeó con fuerzas para aclarar la visión. Se precipitó hacia el linde del bosque y cuando su mirada se encontró con el monstruo de llamas que masacraba lo que ella consideraba su hogar, sintió algo dentro de ella romperse en mil pedazos.

«No, no, por favor…»

Pensó en Kenta, pensó en Hina, pensó en Sango, pensó en sus compañeros… Todos fuera, luchando su propia batalla, ajenos a lo que ocurría frente a sus ojos.

Y pensó en todas las mujeres, ancianos y niños que estaban allí. Pensó en Kohaku, allí, en algún lugar, solo, asustado.

Una imagen vino a su mente, clara, nítida, dolorosamente familiar: Kohaku intentando mantener el equilibrio sobre Kirara; Sango, tras él, riendo y burlándose de su torpeza; Kenta unos pasos atrás, mirándolos como un padre orgulloso miraría a sus hijos.

No podía dejarlo atrás, no podía darse la vuelta y dejarlo a su suerte. No al pequeño Kohaku. ¿Con qué cara miraría a los demás si no lo salvaba? ¿Cómo podría volver a ver su reflejo algún día?

Debía salvarlo… aunque fuera lo último que hiciera en su vida.

·

Pronto, demasiado pronto, su camino por ese mar de fuego se truncaría. Corriendo entre las casas, oyendo los gritos de fondo, una casa se desplomó justo cuando pasaba por su lado.

Cerró los ojos, esperando el impacto, esperando el dolor. Esperando su final.

De pronto, unas manos la rodearon y Kagome se encontró volando.

Palabras: 958