XX.

Kagome chilló. Chilló y se retorció mientras el pánico ascendía por su garganta hasta casi dejarla sin respiración.

El ardiente aire impactó contra su piel, quemándole; las llamas danzaban a su alrededor en un baile macabro, y de pronto todo lo que vio fue oscuridad y luz. Calor y rigidez. Dolor y alivio.

Las cadenas que la aprisionaban se ciñeron en su cuerpo mientras caían, el suelo cada vez más cerca. Lo próximo que Kagome advirtió fue que se habían alejado del centro del fuego y a su lado aparecieron las pocas casas que aún se mantenían en pie.

Los gritos de auxilio, de ayuda, de dolor, llegaban a ella y se incrustaban en su pecho, como fechas que atinaban hábilmente en su maltrecho corazón.

Tenía que hacer algo. Debía hacer algo.

Abrió los ojos y escarlata fue lo único que vio. Fuego. Entonces, parpadeó y se dio cuenta de que se trataba de una tela… de que alguien la estaba cogiendo en brazos. Su cuerpo se tensionó y luchó por escapar de… ¿su salvador?

—¡Suéltame! — gritó y antes de lo que creyó posible, los brazos la liberaron y Kagome cayó al suelo.

El latigazo de dolor que ascendió desde su trasero la hizo sisear. Pero eso no la hizo retroceder. Haciendo gala de sus reflejos bien entrenados, se puso de pie y sacando la espada de su cintura, la blandió frente a su oponente.

Un par de amatistas le devolvieron la mirada y Kagome sintió el corazón en la boca. Era un chico, un chico de largos cabellos albinos y una mirada color oro. Las angulosas facciones de su rostro eran duras, impenetrables, lo que contrastaba por completo con el claro brillo que podía advertirse en su mirada.

La miraba… como si la conociera, como si no se creyera la imagen que tenía frente a sí.

Kagome sintió su estómago retorcerse.

—¿Quién eres?

«¿Me conoce? ¿Él me conoce? ¿Lo habré… olvidado?»

—Debemos irnos de aquí. Ya.

La muchacha notó su sangre calentarse, hervir. ¿Quién se creía que era para decirle esas cosas?

—No sé quién eres, pero no puedo marcharme— jadeó. El humo cargaba demasiado el ambiente y le costaba respirar— Hay alguien que debo encontrar, no puedo dejarlo atrás.

—No hay tiempo— gruñó y Kagome atisbó un par de colmillos. Un estremecimiento la recorrió de arriba abajo— Si no nos vamos ya, será demasiado tarde.

—Pero qué te importa a ti— exclamó apretando con fuerzas su espada— Apártate de mi camino, no quiero hacerte daño. Tengo que pasar.

La mirada de él titiló por unos segundos, un sentimiento que hizo que su corazón se retorciera. ¿Dolor? ¿Ira? ¿Frustración?

Él no se movió del sitio y ella no podía perder más tiempo, no con el mundo derrumbándose a su alrededor. Le lanzó una última mirada al muchacho extraño, impulsó a sus pies moverse y bajo la atenta mirada de él – la sentía siguiéndola-, pasó por su lado, rumbo a la tormenta de fuego. Tenía que llegar a casa, tenía que encontrar a Kohaku. Debía salvarlo.

—Espera— su voz la detuvo, un susurro ronco, una plegaria escondida en un tono aparentemente llano y uniforme.

Y ella no supo por qué, pero se paró y lo miró por encima de su hombro. La figura de un guerrero parpadeó en su mente, unos brazos estirados hacia ella, una sonrisa contenida en sus labios. Kagome sintió como se quedaba sin respiración.

—Iré contigo— fue sacada de sus pensamientos a la fuerza. Entonces, algo le tapó la visión por un instante y rápidamente se quitó de encima lo que él le había lanzado— Póntelo. Está hecha con piel de rata de fuego, así no podrás quemarte.

Sus dedos rozaron la superficie escarlata, suave, lisa. Cálida. ¿Por qué el dolor en su pecho se hacía más fuerte?

—Es tuyo, no puedo aceptarlo. Además, no necesito tu ayuda. Márchate.

Los dedos del muchacho se crisparos, tensó la mandíbula.

Algo oscuro cruzó su mirada.

—¿Quieres salir con vida? ¿Quieres tener una oportunidad?

—¡Por supuesto que puedo hacerlo!

«¿Por qué me estaba deteniendo a hablar con él? ¿Por qué no me daba la vuelta y corría lejos, muy lejos?»

Dio un par de pasos acercándose a ella y Kagome retuvo el impulso de retroceder, incluso aunque tuviera que alzar la cabeza para que pudiera seguir mirándolo a los ojos.

—Entonces, necesitas eso—cogió la tela -la parte de arriba de su ropa, se dio cuenta-, y la pasó por su cabeza— No te hará inmune por completo, pero te resguardará de las llamas. Usa eso y úsame a mí. Guíame y te ayudaré en eso que necesitas hacer.

Algo explotó en el interior de la chica. Algo fuerte y profundo, algo agudo y atronador. Su corazón aumentó de velocidad y la boca se le secó mientras sus palabras una y otra vez se le repetían en la cabeza.

«¿Quién eres? ¿Quién eres tú? ¿Por qué me haces sentirme así? ¿Por qué siento este profundo agujero en el pecho cuando te veo a los ojos?»

—¿Puedo confiar en ti?

Cuando se quiso dar cuenta, las palabras habían escapado de su boca. Pero no reculó ni apartó la mirada de ese pozo ambarino que parecía atraerla sin posibilidad de escape.

—Te protegeré con mi vida.

Su corazón casi se le escapó por la boca.

Simple, conciso y voraz.

Le creía, sus ojos hablaban por sí solos.

Por extraño que parezca… confiaba en aquel chico.

¿Por qué? No era un buen momento para averiguarlo. Ya habría… tiempo para eso.

Se acabaron las conversaciones, era hora de que se pusieran en movimiento.

—Entonces, sígueme.

Palabra: 932.