XXI.

Los pulmones le ardían.

Su interior al completo parecía estar en sintonía con el infierno que la rodeaba. Allá donde miraba había fuego, gente corriendo, huyendo de la masacre. Kagome miraba y miraba, sin embargo, todo estaba demasiado borroso con el bochorno y el humo que inundaba el ambiente.

Pero ella debía continuar. Quedaban un par de calles, unos pasos antes de llegar al corazón de la aldea.

Jamás ese camino se le había hecho tan pesado y agónico.

—¡Por aquí! — gritó al muchacho que se movía con demasiada agilidad a su lado.

No había querido hacerlo-tenía cosas más importantes que hacer-, pero no había podido evitar fijarse en él por el rabillo del ojo. Y había llegado a la conclusión de que no era un chico normal. Se movía con demasiada gracia y agilidad, pero no una adquiría con entrenamiento, no era la misma que tenía ella misma, Sango, sus compañeros; era algo más… instintivo, natural. No sabía explicarlo bien. Advirtió las garras que coronaban sus dedos, las orejas que sobresalían de su cabellera albina… unas orejas perrunas.

«¿Quién eres? ¿Qué eres para mí? ¿De verdad te he olvidado?», no dejaba de preguntarse sintiendo un profundo agujero en el pecho, que cada vez se iba haciendo más grande.

—¡Cuidado!

No tuvo tiempo a darse cuenta de lo que ocurría. En un momento se encontraba corriendo entre el fuego y los escombros y, un parpadeo después, alguien la había empujado y un cuerpo se había colocado por encima de ella, cubriéndola, protegiéndola.

Kagome sintió el aire escapar de sus pulmones con una exhalación en el momento que oía un gruñido bajo.

En medio de la bruma que la envolvía, un extraño aroma -a bosque, metal… y sangre- llegó a sus fosas nasales. Y algo en su mente se activó, dejándola completamente desconcertada. Ella lo había olido antes. Ella… se había sentido reconfortada y protegida solamente con eso.

No. No podía ser.

—¿Estás bien?

El muchacho se separó de ella lo justo para que sus ojos se encontraran y Kagome creyó notar el corazón querer salírsele por la boca. Un reguero de sangre bajaba por su sien derecha, pero a él no parecía importarle. La miraba buscando cualquier mínima señal de herida o dolor en su semblante.

Tuvo que retener el repentino impulso de alzar la mano y enjuagarle la sangre.

—E-estoy b-bien.

«¿Estoy tartamudeando? ¿Qué me está pasando? ¡Reacciona, Kagome!»

La chica gruñó algo por lo bajo en respuesta a la pregunta formulada y sus pensamientos, y lo instó a que se levantara. Él lo hizo sin replicar y Kagome tragó con fuerzas cuando vio su mano tendida hacia ella para ayudarla a levantarse. Miró esas manos llenas de hollín, de cicatrices… miró sus garras…

Los dedos de él se cerraron con familiaridad alrededor de sus manos. Con demasiada familiaridad.

—E-estamos cerca— se obligó a sonar firme mientras saltaba hacia atrás, lejos de él, cuando estuvo de pie.

Él no había apartado en ningún momento la mirada de ella y se limitó a asentir.

Fue la Kagome la que tuvo que romper la unión de sus pupilas y obligar a su cuerpo a moverse. Un paso, dos. Después, otra vez se encaminaron hacia donde estaba la cabaña en la que había vivido por los anteriores 2 años. Cada vez se estaban adentrando más en el fuego, respirar se estaba haciendo más difícil, la visión se le estaba haciendo borrosa, su piel ardía a pesar de la tela que lo protegía…

Solo girar una esquina, solo…

Una explosión resonó por el lugar, reverberando hasta en los lugares más recónditos. La onda expansiva destrozó las casas que la rodeaban y si no fuera porque el muchacho la había cogido justo a tiempo -de nuevo, protegiéndola con su cuerpo-, ella misma habría sido llevada por los aires. Los brazos de él la rodearon y ella se vio escondiendo el rostro en su pecho.

Cuando el caos se detuvo, Kagome rápidamente se separó, pues el exabrupto que soltó él habló por sí solo.

—No…— susurró en un hilillo de voz.

Y es que las casa a su alrededor habían desaparecido casi por completo, no quedando más que el un mísero esqueleto de lo que había sido antes. La casa central, esa casa, por el contrario, se había carbonizado por completo, quedándose en un mero montículo de polvo y ceniza. Había desaparecido.

—Tenemos que irnos.

«No…»

—Esto cada vez se está descontrolando más. Debemos marcharnos, ahora.

«No… Kohaku… Le había fallado…»

—Kagome.

«Tanto tiempo luchando para hacerles ver que era fuerte y ahora, cuando lo necesitaba, había fallado miserablemente… No, no, no…»

—¡Kagome!

—No pue-puedo irme— susurró. Dio un paso hacia delante sin ver las llamas que bailaban a su alrededor, que amenazaban con calcinarla— No puedo dejarlo solo… Tengo que encontrarlo…

—Kagome…

—¡KOHAKU! — gritó desgarrándose la garganta. No, no podía llorar. No podía derrumbarse, no, no aún no. Debía ser fuerte— ¡KOHAKU, ¿DÓNDE ESTÁS?!

Echó a correr, sin importarle que las llamas danzaban a su alrededor en una invitación a que uniera a ese baile macabro. Pero entonces, unos brazos la rodearon, la apresaron. Ella se retorció, luchó, pataleó, pero fue incapaz de liberarse.

—¡No puedes ir allí o morirás! ¡No podemos hacer nada, Kagome! ¡Debemos marcharnos o nosotros también arderemos!

—¡Me da igual morir! ¡Tengo que ir por Kohaku, es solo un niño! ¡Debe estar asustado, ¿no lo ves?! ¡Déjame, tengo que ir a buscarlo!

Kagome luchó y luchó, hasta que la oscuridad se cernió sobre ella.

Y se desmayó en los brazos de aquel muchacho extraño.

Palabras: 924