XXII.

El sonido del piar de los pájaros fue lo que la despertó.

Kagome recobró lentamente la consciencia y lo único que sintió fue dolor. Sus pulmones ardían, le costaba respirar, y varios sectores de su piel lanzaban punzadas, lugar donde las llamas habían acariciado su epidermis, quemándola.

Abrió los ojos con dificultad y lo que se encontró fueron las copas de los árboles que la rodeaban. Estaba en el bosque. Desvió sus ojos achocolatados a sus proximidades, intentando descubrir dónde estaba, y a su lado halló las llamas extinguidas de un fuego. Una tela cayó de su frente con el movimiento y Kagome extendió la mano para tomarla, dándose cuenta de que aún estaba húmeda.

—¿Cómo te encuentras?

La voz la sorprendió. Su cuerpo se movió solo y se incorporó, aunque un siseo escapó de sus labios cuando sus heridas tiraron por el movimiento.

—¡Eh, cuidado!

Unas manos la tocaron cuidadosamente y el corazón de Kagome saltó. Sus ojos se alzaron y estos se encontraron con ese par de orbes dorados que tanto le habían fascinado desde el primer momento.

—Tú…

—¿Estás bien?

Kagome tan solo pudo asentir mientras notaba su sangre viajar a gran velocidad por todo su cuerpo. ¿Por qué ese muchacho la hacía sentir de esa manera? ¿Quién era? ¿Pertenecía a su vida pasada, aquella que había olvidado?

—Toma— se separó de ella lo justo para darle pasarle un conjunto de hojas que hacía de cuenco y así pudiera llenarse de agua— Bebe, seguro que aliviará tu dolor de garganta. No digas nada— añadió al ver sus intenciones— Bebe antes.

La joven volvió a asentir y con mucho cuidado bebió, sintiendo el frescor y el alivio descender por su garganta, todo bajo la atenta mirada de aquel muchacho. Se removió incómoda, pues la mirada de él era demasiado intensa… anhelante.

—¿Tienes hambre? — preguntó una vez terminó. Señaló vagamente a la hoguera y Kagome descubrió un par de pescados— Puedo hacerlos en un momento.

—No— susurró y se humedeció los labios al seguir notándolos resecos— No tengo… hambre.

El chico suspiró y cabeceó, sin dejar de mirarla, y Kagome deseó esconderse de ella. Parecía conocer cada uno de sus secretos, cada uno de sus pensamientos y lo que sentía. Se sentía demasiado expuesta.

—Deberíamos ir al río para que te humedezcas las heridas— se puso de pie y le tendió una mano para ayudarla a incorporase— ¿Puedes andar o te ayudo?

—Yo…

Las manos del chico se crisparon cuando notó la larga mirada que le echó a su mano extendida, especialmente a sus afiladas uñas, y retuvo el impulso de esconderla a su espalda. Jamás pensó que pasaría dos veces por lo mismo y, como la primera vez, creía que estaba a un solo movimiento de parte de muchacha para derrumbarse.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué? — parpadeó, la confusión brillando en su mirada.

—¿Por qué… me ayudas? Tú… ayer…—Kagome sintió las lágrimas acumulándose en sus ojos por las imágenes que se le venían a la cabeza: fuego y humo, explosión y pérdida, dolor, Kohaku… y él, sus brazos rodeándolo, su esencia y su protección.

«Usa eso y úsame a mí. Guíame y te ayudaré a eso que necesitas hacer.»

«Te protegeré con mi vida.»

—No puedo explicártelo con palabras. No sería capaz. Eres tú la que…— no terminó la frase. Calló, dando un paso atrás, su mano cayendo al vacío.

Kagome sintió una chispa en el pecho, en el estómago, en cada parte de su cuerpo, y se obligó a moverse. Un siseo escapó de sus labios cuando se levantó, sus heridas punzaban al estirarse la piel, y eso consiguió que se ganara una mirada afligida y preocupada de parte de él, quien no hizo el menor movimiento para ir hacia ella, aunque sus ojos gritaran aquel deseo.

—¿Yo qué? — preguntó casi sin aire en sus pulmones— ¿Soy yo la que… tengo que recordar?

Como respuesta, él escondió sus pupilas en el suelo y le dio la espalda. Kagome exhaló todo el aire de sus pulmones, con su cabeza siendo todo un caos de pensamientos y sensaciones, y por un segundo deseó seguir en la inconsciencia. Porque se veía incapaz de enfrentarse a la realidad, al hecho de que la aldea había sido calcinada, que Kohaku había… Ni siquiera podía pensarlo. Era imposible, no, no, no podía haberle fallado de esa manera…

Y Sango… Oh, dios, tenía que decírselo, a ella, a Kenta, a los demás… ¿Con que cara podría mirarlos? ¿Por qué el fuego no se la había llevado a ella también?

—No volví porque no quería volver a involucrarme— su voz la sobresaltó. Lo miró y lo encontró en la misma postura: dándole la espalda y con los hombros hundidos— Tú tenías una nueva vida, lejos de mí y de mis desgracias; una en la que eras feliz, una que, por mucho que me doliera… tú no parecías necesitarme, así que, ¿por qué debía yo ahora irrumpir en tu vida? Tú te merecías algo mejor a lo que yo podría haberte dado.

Sus palabras activaron algo en el interior de la joven. Algo profundo, que llevaba muchísimo tiempo agazapado en la oscuridad. Se estremeció de arriba abajo y nuevas lágrimas salieron de sus labios. Su voz… había sonado tan perdido, derrotando y hundido… Una parte de ella sufría con tan solo escucharlo y verlo así. No, no, él debía estar feliz, sonreír…

El muchacho la miró, alertado por el olor a sal, y se encontró con la imagen de Kagome intentando quitarse el rastro de las lágrimas que no dejaban de salir. Nadie supo lo mucho que tuvo que contenerse para no ir a ella, estrecharla entre sus brazos y no soltarla jamás. Nadie lo supo…

—Tengo que buscar a alguien— dijo ella tiempo después, mirándolo furtivamente, ahogada en el dolor de su pecho— Dijiste que... Bueno, ¿podrías acompañarme? Me gustaría... conocerlo todo. Saber todo de ti.

Y lo que su mirada dorada trasmitió -esperanza, cariño y fascinación- consiguió su corazón explotara en el pecho.

Palabras: 1000