XXIII.

El día había amanecido inquietantemente tranquilo. Kagome sintió un estremecimiento recorrerle de arriba abajo cuando observó a InuYasha cazar un par de pescados en el río, pero no dijo nada.

Una mala sensación se había instalado en su pecho desde esa mañana, sin embargo, no quería parecer paranoica. Llevaban tres días viajando y aún quedaban un par de ellos para llegar a la aldea donde estaban los demás, así que bien podría ser el miedo que tenía ella de llegar a su destino, de mirar a Sango y Kenta a los ojos y contarle lo que había pasado, de notar el rechazo y el odio de los demás hacia ella…

—¡Cógelo!

El grito hizo que Kagome despertara de su ensoñación y en un acto reflejo levantó las manos, cogiendo un pescado que InuYasha le había tirado desde el agua. Parpadeó, sintiendo la húmeda piel del animal removiéndose en sus manos.

—Bien hecho— le sonrió ligeramente desde el lugar.

Kagome sintió como sus mejillas se ruborizaban y no pudo evitar quedarse embobada mirando la curvatura de sus labios. Apenas había aparecido en esos días, sino más bien había tenido un semblante serio y preocupado, pero no iba a reconocer que había añorado un poco verla otra vez.

Se puso a limpiarlo como le habían enseñado junto al fuego que habían encendido y su cuerpo envaró ligeramente cuando notó como él se acercaba con otro animal en la mano.

—Eso siempre se te había dado mejor a ti que a mí— oyó como decía cuando se detuvo junto a ella. Kagome se tensó y su corazón aumentó de velocidad, como cada vez que mencionaba la vida pasada— Veo que en eso no has cambiado en nada. Lo haces con gran agilidad.

—Gracias— respondió en voz baja. Lo observó colocarse a su lado y hacer el mismo proceso, y, como dijo, su técnica era más burda— Tú… ¿fuiste tú quién me enseñaste?

InuYasha se detuvo y cuando levantó las pupilas, descubrió que ella ya lo estaba mirando. No se habían mirado cara a cara desde que se encontraron y eso lo cogió con la guardia baja.

—¿Eh? — balbuceó como un idiota.

Kagome no pudo esconder la pequeña sonrisa que floreció en sus labios y, notando sus mejillas sonrojándose, volvió a esconder su mirada en el trabajo que casi estaba terminando.

—La limpieza— dijo con un deje de diversión— Si fuiste tú quién me enseñaste como se hacía.

De pronto, sintió como el ambiente se enrarecía, se hacía más pensado. Detuvo sus movimientos y alzó la cabeza, pero él no la estaba mirando, sino que tenía los ojos escondidos en el suelo, buscando algo importante. La tensión en su mandíbula casi la hizo disculparse por la pregunta, aunque no sabía el por qué tendría que hacerlo.

—No, no fui yo— respondió finalmente reanudando la limpieza— Fue… madre.

—¿Madre? — susurró, sintiendo el aire escapar de sus pulmones— ¿Nuestra… madre? ¿Tú… madre?

¿Podría ser hermana de él? ¿Compartían sangre?

—¡No! Bueno, sí. No sé— resopló frustrado y se quitó el sudor de la frente con la manga de su traje rostro mientras le lanzaba una rápida mirada— Mi madre. Tú y yo no somos hermanos, si es lo que estás pensando. Pero ella te quiso como si fueras una hija suya y tú la quisiste también como si fuera tu madre.

La información escuchada daba vueltas en su cabeza, resonando una y otra vez. Sus manos empezaron a temblar.

¿Quiso? — preguntó, intuitivamente— ¿Ella está…?

InuYasha, como simple respuesta, asintió. Su expresión parecía estar esculpida en granito.

Kagome exhaló todo el oxígeno de sus pulmones mientras un extraño dolor, fulminante, certero y… familiar, se extendía por su pecho. ¿Cuándo murió? ¿Cómo era ella? ¿Lloró? ¿Dónde estaban sus verdaderos padres? ¿Qué pasó? Cientos y cientos de preguntas se amontonaron en su cabeza. Pero ninguna salió de sus labios. No podía.

Se sentía paralizada.

—Kagome— lo escuchó llamarla y unas manos rodearon las suyas con delicadeza—, oye…

Levantó la mirada cuando sintió unos dedos rozando sus mejillas, enjuagándole las lágrimas que no sabía que habían salido. Marrón y oro se encontraron. Y ella vio todo el dolor y la desesperación callada que parecía estar consumiendo su alma.

—Tranquila, todo a su tiempo, ¿vale? No te apresures.

—¿Y si…? ¿Y si nunca puedo recordar? — confesó su mayor miedo— ¿Y si no importa cuánto pase, ese tiempo nunca vuelve a mi memoria?

Algo destelló en la mirada de él y lo próximo que supo era que la había atraída a su pecho, en un abrazo cálido y reconfortante. Kagome sollozó más fuerte, notando el nudo en su pecho haciéndose cada vez más grande.

—No pasará nada— susurró por encima de su cabeza— No puedes exigirte más.

—Pero no te recuerdo, ni a ti ni a madre ni a nuestra vida juntos. ¿No temes que esto sea para siempre? ¿Qué esos tiempos nunca regresen? ¿No te cansarás que cargar conmigo?

Su aroma inundó sus fosas nasales, calmándola. Sus brazos parecían protegerla de cualquier cosa que le pasase. Su presencia era un bálsamo para el dolor que asaltaba su corazón.

—De ser así, crearemos recuerdos nuevos. Y me quedaré a tu lado tanto tiempo como tú me lo permitas.

Kagome retuvo el impulso de responder mordiéndose la lengua.

Porque la palabra siempre le parecía demasiado solemne para lo que sus nervios podían aguantar.

Palabras: 890