XXIV.

—¡Cuidado!

Kagome saltó y rodó por el suelo, alejándose del lugar donde el enorme demonio oso había atacado, dejando un boquete en el suelo. Se incorporó sobre uno de sus pies y la otra rodilla y sacó la espada que le colgaba del cinto de su funda.

—¡Estoy bien! — gritó cuando escuchó el gruñido del muchacho al otro lado, quién estaba luchando con su demonio oso. La pareja se había levantado hambrienta y los había atacado en su camino, creyendo que ellos serían un buen bocado.

Las garras del demonio volvieron a dirigirse hacia ella y Kagome levantó su espada, mientras le lanzaba un fugaz vistazo a donde había caído su arco. Estaba peligrosamente cerca del borde de un precipicio. El demonio era demasiado grande como para atacarlo desde cerca, así habría muchas posibilidades que saliera herida; si, por el contrario, usaba su arco… podría deshacerse de él fácilmente.

Y no podía -ni quería- esperar a que InuYasha viniera en su ayuda: él ya estaba lo suficiente ocupado con su oso gigante.

Su oponente rugió y Kagome rechazó su zarpazo con el arma, pero tenía mucha fuerza y las garras no le hicieron daño, aunque sí rozaron su rostro haciéndole un corte.

—¡Kagome, maldita sea, ven aquí!

—¡Lo tengo todo controlado! — exclamó ella dando un par pasos hacia atrás— ¡Deja de preocuparte!

—¿Qué deje de…?— el oponente de InuYasha lanzó un alarido de dolor cuando este le dañó uno de sus ojos, dejándolo momentáneamente ciego— ¡Ven aquí y déjate de hacer tonterías! ¡Vas a hacerte daño, niña tonta!

Oh, no. No le había dicho eso… no él, también.

Kagome sintió su sangre hervir -estaba harta de escuchar eso- y no se giró hacia él para demostrarle lo preparada que estaba porque tenía algo más importante entre manos, si no se hubiera enterado. Pero ahora lo iba a ver. Ella misma se encargaría de este demonio y sin ayuda ninguna.

El cuerpo de la muchacha se tensó y los gritos de él dejaron de oírse cuando ella encaró al demonio sin titubear un instante. Entonces, cuando este volvía a tirarse hacia ella, Kagome esperó hasta el último segundo e hizo un quiebro para pasar al oso e ir más allá.

Directo al barranco.

InuYasha sintió como su mundo se paralizaba.

No, otra vez no…

—¡KAGOME! — chilló sintiendo el pánico aumentar a gran escala en su cuerpo. Hizo a su cuerpo moverse para ir a ella, pero su oso era inoportunamente ágil y no dejaba de hostigarlo— ¡Kagome, vuelve aquí ahora mismo!

Pero ella no lo escucha. Estaba demasiado centrada en conseguirlo y una pequeña sonrisa surcó sus labios cuando derrapó para coger el arco que estaba tirando en el suelo y de paso encararse a su demonio, que la estaba observando por encima de su hombro sorprendido.

—Te vas a enterar— gruñó ella, sacando una flecha del carcaj y apuntando al cuerpo del demonio.

Este rugió con fuerzas y fue a por ella, pero la flecha de Kagome lo interceptó a medio camino, arrojándose directamente a su corazón. Este se detuvo y un alarido de dolor salió de sus fauces antes de caer al suelo como un saco de arroz.

Kagome suspiró, sintiendo el orgullo calentar su pecho.

—¡KAGOME, CUIDADO!

No tuvo tiempo a reaccionar. Alzó la mirada y descubrió que el segundo demonio se estaba dirigiendo a ella con un brillo de locura en su mirada. Sintiendo su corazón queriendo escapar de su interior, levantó la mano para coger otra fecha, pero cuando sus dedos no encontraron nada, el aire de sus pulmones escapó con horror. No tenía flechas, todas estaban desparramadas en el suelo… y no le daba tiempo llegar a ellas.

Movida por el instinto, dio un paso atrás, otro y otro; retrocedió mientras tiraba el arco y volvía a la espada, dispuesta a enfrentarse a ese hasta su último aliento.

Entonces, su pie derecho pisó la nada.

Y de pronto se vio volando, cayendo.

—¡KAGOMEEE!

Kagome se vio en el aire, su pelo retorciéndose a su alrededor, el aire mordiendo cada trozo de su piel al descubierto; y la muchacha sintió una explosión en su interior. Un dolor y miedo voraz y primitivo la devoró por completo e inconscientemente estiró uno de sus brazos, como último y patético intento por salvarse; mientras veía alejarse cada vez más y más la figura del demonio oso, de la superficie de la tierra… mientras se alejaba él.

Aunque sabía que era imposible. Ese era su fin.

Nadie la salvaría…

—¡KAGOME!

Una mancha escarlata apareció frente sus ojos y su corazón saltó, alocado. Porque esos ojos dorados que la miraban aterrados y decididos la habían dejado sin aliento.

—InuYasha…— susurró.

—¡Dame la mano, Kagome! ¡Dame la mano! — gritaba él extendiendo la suya; su voz se había roto a mitad de la frase.

Ella no lo pensó. Imitó su movimiento y durante un angustioso segundo pareció que la distancia era insalvable. Entonces, sintió sus dedos en los de ella, un roce, una explosión; y se vio envuelta en sus brazos.

Y cayeron juntos.

Palabras: 841.


Tres capítulos más y llegamos al final de la segunda parte... ¿Qué creéis que pasará?

¡Muchas, muchas, muchas, muchas gracias por todos y cada uno de vuestros comentarios, de verdad, no sabéis lo feliz que me hacen! Aunque voy a pediros un pequeño favor-recompensa, je, je; en el momento que lleguemos a los cien comentarios, ese día habrá doble actualización, prometido ;)

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!