XXV.
«—Kagome— sonrió, extendiendo los brazos en su dirección— Mi pequeña.
Pero ella dio un paso atrás. Y otro más.
—¿Quién eres?
Las facciones de la bella mujer que la llamaba se deformaron en una mueca de confusión y dolor y Kagome vio las lágrimas acumulándose en sus ojos. Una imperiosa necesidad de secar esas lágrimas la inundó, tan grande que se quedó sin respiración.
—¿No me reconoces, cariño?
—Yo… no…
Quería correr a ella, abrazarla y jurarle que sí, solamente para apaciguar la agonía que mostraban sus ojos. Se pondría de rodillas a sus pies si eso significa que ella sonreía. Pero…
La mujer miró por encima de su hombro y, durante un instante, su mirada brilló. Kagome también lo hizo y sintió que su corazón se detenía cuando se encontró a InuYasha observándola intensamente unos metros más allá. Sus piernas amenazaron no sostenerla.
—Ve con él, cariño— susurró la voz de la mujer a su oído y Kagome fue incapaz de apartar la mirada de él cuando sintió unos brazos rodeándola por la espalda, abrazándola, acunándola— Él te está esperando.
Sí, lo veía en sus ojos que parecían estar llamándola sin consuelo. Como si ella fuera el aire que necesitase para respirar. Como si fuera lo único cuerdo en su vida.
—No quiero dejarte…—se vio diciendo, en cambio. Había una necesidad visceral y profunda que le decía que sería demasiado tarde si se alejaba de ella. Y aunque necesitaba ir hacia InuYash y envolverse en sus brazos, se veía incapaz de echar a correr.
La mujer rio suavemente y le apretó con fuerzas, como si ella tampoco quisiese dejarla marchar.
—Nunca lo harás. Desde el lugar donde estoy, os estoy cuidando, mi amor. Velo vuestros pasos, nunca estaréis solos. Ve y nunca te alejes de él. Sois el uno para el otro, os complementáis.
Las lágrimas se acumularon en sus ojos. Lo vio extender una mano en su dirección. Una muda petición. Una exigencia. Una necesidad.
—Te quiero— no sabía quién era, no todavía, pero ese sentimiento la llenaba por completo, era una parte de su ser.
—Y yo a ti, mi cielo— sintió sus labios en la parte alta de su cabeza— A los dos, fuisteis mi razón de ser. Corre a él, debéis estar juntos.
Entonces, la presencia de esa mujer se alejó y Kagome no pensó cuando corrió hasta donde la esperaba InuYasha, quién la acogió con los brazos abiertos. Sintiendo su calidez rodeándola, su aroma penetrando en sus fosas nasales, su voz al oído susurrándole "mi pequeña" una y otra vez…
—Te echado muchísimo de menos, Yasha— sollozó, apretándose con fuerzas a él, queriéndose fundir en uno solo— He estado hablando con mamá y me ha recordado lo mucho que nos ama.»
Cuando Kagome abrió los ojos, lo primero que vio fue un mar dorado, una tormenta de luz, que amenazaba con consumirla. Jadeó, con el corazón yéndole a mil por hora, sin suficiente aire en sus pulmones.
—¿Estás bien? ¿Tienes alguna herida? He estado revisándote y parece que estas bien, pero no me fio. ¿Te duele algo? — el balbuceo preocupado de él consiguió llegar hasta lo más hondo de su alma, aquella parte que había estado arañando las paredes que la encarcelaban, y fue como un pequeño rayo de luz en un mar de tinieblas.
Las lágrimas se acumularon y no hizo el intento de detenerlas. No podía. No con la cantidad de sentimientos que se enroscaban en su pecho.
—¿Kagome? — sus ojos se abrieron alarmados y se apresuró a acunarle el rostro con extremada ternura mientras intentaba secárselas— ¿Qué te duele, Kagome? ¿Estás bien? Dime algo, por favor.
—Yasha…
—¿Estás bien? Dime, ¿qué te duel…?— InuYasha calló, se quedó paralizado e incluso dejó de respirar. Se había convertido en una estatua— ¿Qué me has llamado? — profirió en un susurro.
Fue ella la que le acunó su rostro, maravillada por la visión de él a su lado. Se sentía como un ciego al que le habían devuelto la vista y observaba el mundo como si fuera la primera vez. Y él era su sol, el que por demasiado tiempo había sido privado.
—Eres tú… Mi Yasha.
Los ojos de él se ampliaron y Kagome juró ver el oro cristalizarse. Conmoción, sorpresa, ternura… y amor. Miedo. Esperanza. Un millón de sentimientos se mostraron en su mirada, todos condensados en una sola lágrima, solitaria y temerosa, que se aventuró por su mejilla.
Kagome sintió su corazón romperse en mil pedazos para después volver a renacer de sus cenizas. Y volar hacia dónde estaba él, el lugar de donde nunca tendría que haberse ido. Porque era su hogar, su lugar seguro.
—Mi pequeña…
—Perdóname, Yasha…—musitó ella y una frágil sonrisa surcó sus labios mientras le enjuagaba la lágrima— Perdón hacerte esperar tanto.
—Niña tonta— respondió él, atraiéndola a su pecho, entremetiendo sus dedos entre las hebras de su pelo, apretándole la cintura con fuerzas— No haces más que darme problemas.
Pero su voz temblaba. Su cuerpo también.
Y sabía que, de entre todas las personas del universo, solamente ella era capaz de sostener, acunar y juntar los cachos fragmentados en los que se había convertido su alma para que volvieran a ser uno solo.
Palabras: 869
Y al fin ocurrió lo que todo el mundo estaba esperando. Han tardado lo suyo, pero no es mi culpa, sino de ellos, que tienen el destino en contra (?) Y no lo digo porque todavía queda mucho de ellos por delante... Exactamente, los capítulos que llevo escritos son unos 21, así que tomen asiento y disfruten del espectáculo JAJAJA
Wow, jamás pensé que llegaría a los 100 capítulos con tanta rapidez. ¡Sois lo mejores y no sabéis lo mucho que adoro, de verdad! Y como lo prometido es deuda, antes de que llegue las 12 de la noche (hora española) subiré el próximo capítulo, no os preocupéis.
¡Nos vemos en unas horas, chicos!
PD: Me han preguntado por la edad que tiene Kagome. Ahora mismo tendría unos 14 años y medio. Espero que no se haga todo muy lioso con las edades, intento dejarlo todo bastante clarito.
