XXVII.

—Kagome…

No obtuvo respuesta e InuYasha contuvo un gruñido que quiso escapar desde lo más profundo de su pecho. Desde que habían escuchado los rumores, hace dos días ya, la muchacha apenas había respondido a los estímulos externos; se había limitado a quedarse con la mirada fija en el infinito, sin articular palabra alguna, dejándose llevar por él como una muñequita de porcelana y llorando cuando la pena parecía estar consumiéndola.

Él había estado a su lado en todo momento, sosteniéndola, abrazándola, dándole de comer y beber casi obligándola, y conforme los segundos pasaban, la angustia se iba adueñando de su cuerpo mientras la veía marchitarse. Sintiéndose impotente por no poder matar a ese "dolor" que hacía daño a su pequeña desde lo más profundo.

Se habían escondido en una cueva, resguardándose del fresco de las noches y las criaturas de la noche, y Kagome se encontraba apoyada en una de las paredes, con su túnica de rata de fuego enredada alrededor para mitigarle el frío y con la mirada puesta en la hoguera que crepitaba delante de ella.

Conteniendo un suspiro que nacía desde lo más hondo de él, se sentó a su lado y la atrajo a él, rodeando sus hombros y haciendo que apoyara su cabeza en su pecho. Ella no se quejó ni hizo el intento de apartarse. Es más, una fulminante sensación de alivio le atravesó a InuYasha cuando sintió los dedos de ella aferrándose a su ropaje.

—¿Por qué, Yasha? — su voz no era más que un susurro, pero le salió ronca y temblorosa, después haberse llevado casi dos días sin pronunciar sonido alguno.

—Pequeña…

—¿Por qué? — repitió, como si no lo hubiera escuchado— ¿Por qué a mí? ¿Por qué todos a los que quiero se apartan de mi lado? — había desesperación en su voz, una aguda y profunda. InuYasha olió la sal de sus lágrimas y sintió su corazón agrietarse cuando ella apretó sus dedos hasta casi dejarlos blancos— ¿Por qué ellos?

La apretó con fuerzas contra él y sus dedos se entremetieron en su cabello, como había hecho siempre porque sabía que la tranquilizaba, sin saber lo que decir.

—Ellos… ellos me acogieron— seguía sollozando; una vez que se había abierto la compuerta, el agua no dejaba de correr sin poder detenerse— Era una extraña y me acogieron con los brazos abiertos. Sango, Kohaku… Kenta, Hina… Ellos…

Le dolía como si le arrancaran el brazo cada brizna de angustia que se escuchaba en sus palabras y con gusto daría una parte de él si con eso ella volvía a regalarle esa sonrisa deslumbrante que siempre lo había atontado.

—Deberías alejarte de mí.

¿Qué?

Su primera reacción fue alejar el cuerpo de la muchacha del suyo para poder mirarla a los ojos, pues estaba seguro de que no había oído bien lo que acababa de decir; sin embargo, Kagome gimió en disgusto cuando hizo el intento y él desistió, aferrándose a ella y dejando un beso en la parte alta de la cabeza.

—Tienes que alejarte. Si te quedas a mi lado… puede… que tú también…

—No digas tonterías— la detuvo cuando la ira que nació en su pecho se materializó en un gruñido— No pienso dejarte nunca, niña tonta.

—Pero…— balbuceó ella, sacudiendo la cabeza— Si estás conmigo, tú…

—No insistas, pequeña, porque no me harás cambiar de opinión— esta vez, ejerció la suficiente fuerza y presión para que ella inclinase la cabeza hacia atrás y sus ojos se encontrasen; el chocolate de su mirada, perdida, asustada, agónica, se le clavó en el corazón, dejándolo casi sin respiración— Soy tuyo, para protegerte y cuidarte. Para estar a tu lado. Ya me alejé una vez y me arrepentí cada segundo que pasó… Ahora…—sus ojos dorados se volvieron ónices y Kagome jadeó cuando sintió sus dedos enjuagándole las lágrimas— dejarte ahora… sería mi muerte por completo. Por favor, pídeme cualquier cosa menos esa.

Cientos de imágenes acudieron a su mente y en todas y cada una de ellas, InuYasha estaba a su lado: apoyándole, sonriéndole, burlándose de ella, abrazándola, acunándola entre sus brazos; y Kagome se vio asintiendo varias veces, sin pensar muy bien en lo que hacía. Se arrojó de nuevo a sus brazos, con el cuerpo temblándole, el corazón yéndole a mil por hora y una extraña sensación de que se encontraba ajena al mundo terrenal. Lo único que sentía, lo único que veía, tocaba y palpaba era a ese medio demonio que era su mundo y su razón de ser.

—No me dejes.

—Nunca— juró él, y Kagome sintió su cuerpo estremecerse de arriba abajo.

Los segundos transcurrieron en un pesado silencio, lleno de las emociones que les embargaban a ambos, que ellos no decían, pero que conocían perfectamente aún sin palabras. Eran dos mitades de un mismo ser, dos almas que se habían forjado en la misma llama y que, por mucho que quisiesen, estaban destinados a permanecer unidos.

—Llévame… muy lejos de aquí— murmuró ella, entonces.

Quería marcharse lejos de todos sus recuerdos, de toda su vida pasada, y empezar una nueva junto a él. Él aceptó, claro que lo hizo, no podía negarle nada a su pequeña y sabía que lo necesitaban. Que lo necesitaban ambos.

Lo que ninguno de los dos sabía era… que todavía les quedaba un largo camino por delante que recorrer.

Palabra: 888


Y este es el final de la segunda parte... Han decidido irse lejos, a empezar una nueva vida... ¿Qué creéis que le pasará en esa nueva oportunidad? ¿A quién pensáis que se encontrarán? Pista: Ya hemos hablado de ese ello, así que...

Al que lo adivine, prometo dedicarle esta tercera parte llena de emociones, yo solo lo dejo ahí jeje

¡Nos vemos en el siguiente capítulo y muchas gracias por todos los reviews!