XXIX.

InuYasha frunció el ceño cuando vio, una vez más, la mirada que le estaban echando a su pequeña -de casi quince años- un jovenzuelo que seguramente tenía muchas ganas de morir. O que no sabía al peligro al se exponía, también podía ser.

—Eh— murmuró Kagome, cogiéndole una mano, consiguiendo así, atraer su atención— ¿Estás bien? — le sonrió y esa curvatura fue todo lo que él necesitó para tranquilizarse.

Kagome sabía lo mucho que odiaba adentrarse en los poblados de humanos, pero necesitaban el dinero y ni loco dejaría que ella viniera sola. Podía pasarle cualquier cosa. Y toda la población masculina que pasa por su lado, parecía ser un buen enemigo al que prestarle atención.

Y es que, aunque no había querido verlo, Kagome estaba dejando atrás la suavidad y redondez de la niñez para pasar poco a poco a la adolescencia.

—Keh— masculló, encogiéndose de hombros— Sigamos, anda, y no perdamos el tiempo.

Kagome pareció no conformarse con sus palabras e iba insistir, pero, al final, después de un par de segundos en silencio, asintió y sin soltarle la mano, emprendieron el camino hacia el mercado, dispuestos a vender la carne de jabalí que InuYasha llevaba colgado en uno de sus hombros.

Se adentraron en la muchedumbre -hoy parecía haber mucha más gente de lo normal- y Kagome ignoró los susurros y las miradas de recelo que dejaban a su espalda, provenientes de los aldeanos que advertían la presencia de ese "ser" entre ellos. Al principio, se había metido en unas cuantas broncas, defendiendo a InuYasha -como tantas veces había hecho de pequeña-, en las que había tenido que ser el medio demonio quién la sacara en volandas de allí para evitar la cosa a mayores. Ya en la intimidad, él le había reprochado su actitud y Kagome, indignada, sintió que la ira que ya tenía en su interior crecía hasta la estratosfera.

«¡¿Pero no escuchaste lo que estaban diciendo de ti?!» había replicado la primera vez casi a gritos. «¡Eso no significaba que tuvieras que darle ese bofetón!», le había respondido él en el mismo tono, y Kagome abrió los ojos, incapaz de creerse lo que decía. «¡Jamás! ¡¿Me estás oyendo?! ¡Jamás pienso dejar que alguien te insulte o diga algo malo de ti en mi presencia! ¡Esa gente es estúpida, que no son capaces de ver más allá de ellos!». La joven nunca había sido una persona violenta, pero sus manos picaban por volver para borrar del todo la sonrisa de desdén que se había dibujado en los labios de aquella… arpía. Tuvo que abrirlas y cerrarlas para mitigar un poco la ira que la recorría de arriba abajo. Entonces, sintió unas manos sobre las suyas y Kagome alzó la mirada para encontrarse con la del medio demonio, quién estaba mirándola con una mezcla entre ternura, diversión , exasperación y orgullo. «Mi pequeña peleona…», había dicho en su susurro que consiguió ponerle los vellos de punta. «A mí la única opinión que me interesa es la tuya, todo lo demás, me importa una mierda. Y la gente puede decir lo que quiera, siempre lo harán, pero somos nosotros quienes debemos hacer oídos sordos», le explicó, rememorando una de las tantas charlas que había tenido con su madre cuando era más pequeño y él era demasiado inocente para que no le afectara el odio que recibía. Vio a Kagome hacer una mueca, como si no estuviera conforme con sus palabras, pero terminó asintiendo e InuYasha la atrajo a sus brazos, deleitándose con el dulce aroma de su cabello que tanto le había gustado siempre

Unas pocas veces más, no pudo evitarlo y terminó saltando a las provocaciones, sin importarte si eran mayores o jóvenes, hombres y mujeres, uno o varios, a los que tenía que oponerse. Su Yasha estaba por encima de cualquier cosa. Siempre.

Ahora, sin embargo, había aprendido hacer oídos sordos de los cometarios de la gente ignorante y cerrada de mente, y se limitaba en centrarse en lo verdaderamente importante: InuYasha y conseguir monedas. Aunque algunas veces costaban más que otras.

Como si hubiera escuchado sus pensamientos, InuYasha apretó el agarre de sus manos en una muestra de apoyo y de consuelo. ¡Qué locura! ¡Él alentándola a ella!, pensó con una pequeña sonrisa aflorando en sus labios.

Llegaron al puesto del señor Fujima, un hombre bastante robusto que se dedicaba a trabajar con la madera, y que siempre que los veía les compraba la mercancía que llevaban a un precio aceptable -de las pocas personas que no renegaba de InuYasha, aunque tampoco es que tuviera trato más allá del estrictamente comercial- y mientras ellos hablaban, Kagome se quedó admirando un bonito arco que estaba en el puesto. Nunca cambiaría el suyo – era un regalo de Kenta de bienvenida- hasta que este no fuera inservible, pero sabía admirar cuando un trabajo estaba bien hecho.

Estiró la mano para coger y observarlo de más cerca, cuanto esta se cruzó con otra que iba por el mismo camino. Kagome saltó y su mirada se alzó, encontrándose con una joven de piel nívea, un cabello azabache recogido con una cinta… y vestida de sacerdotisa.

—Lo siento, no te he visto— murmuró una disculpa.

La desconocida no tuvo tiempo a abrir la boca.

—Kago… ¿Kikyo? — InuYasha, quién se acercaba a ellas, se detuvo a medio camino por la sorpresa de encontrarla en aquel lugar.

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