XXX.
Kagome fue consciente del momento en el que rostro aparentemente impenetrable de la joven, de la tal Kikyo, se descompuso en una meca de sorpresa e incredulidad.
—InuYasha…— susurró, y había algo suave y efímero en su voz que consiguió poner a Kagome los vellos de punta.
Ella los observó, de un lado a otro, y un peso -de sentimientos que no estaba muy segura de cómo definir- se instaló en su estómago.
—¿Qué…?—InuYasha pareció ser el primero en despertar del letargo en el que ambos se habían sumido— ¿Qué haces aquí? — había… ¿cautela?, en su voz.
¿Quién era esa chica y de qué la conocía?, se preguntó Kagome con extrañeza. ¿Y por qué se estaba comportando de esa manera?
Ella también pareció despertar y su semblante volvió a cubrirse de ese rostro sereno, que no mostraba ningún sentimiento. Pero no era perfecto, pues sus ojos castaños la delataban; había algo en ellos…
—He venido a hacer un trabajo— respondió en un tono distante, diría que casi frío— La purificación de un templo que ha sido infectado por una presencia maligna.
Así que era una sacerdotisa. Y ahora que se ponía a pensar… le sonaba de algo… pero no sabía de qué…
InuYasha se envaró y su entrecejo se pobló de arrugas, llamando la atención de Kagome momentáneamente.
—¿Tú sola?
«Espera, ¿desde cuanto InuYasha se preocupaba por un humano que no fuéramos mamá y yo?», fue el pensamiento furtivo que pasó por la cabeza de la joven, dejándola completamente descolocada ante… el sentimiento con el que iba acompañado. ¿Qué estaba pasándole?
Los labios de la mujer se unieron en una fina y tensa línea, el único gesto que mostró ante la pregunta de él.
—No necesito a nadie más. Soy capaz de cuidarme perfectamente sola.
InuYasha hizo una meca no muy conforme, pero no dijo nada más, sorpresivamente.
«Creo que estoy en un mundo diferente al mío…»
Kagome saltó cuando la fría mirada de la muchacha se desvió hasta donde estaba ella y, nerviosa, tragó saliva.
—¿Quién es ella?
A Kagome le costó un par de segundos contestar, tiempo que aprovechó InuYasha para colocarse a su lado, pero sin tocarla. La cercanía de su cuerpo la consoló un poco, aunque no conseguía quitarse la extraña sensación que la inundaba.
—Mi hermana— fue él el que respondió con voz monocorde.
No supo por qué, pero el que le dijera de esa manera -aunque, pensándolo fríamente, ellos eran eso, se habían criado así- hizo que en su pecho se abriera un pequeño agujero. Porque ella jamás había podido verlo como «solo su hermano». Para Kagome, InuYasha era… InuYasha. La persona que más quería en el mundo, en la que más confiaba, por quién daría todo, quién la hacía sentirse más segura y querida... No, nunca había sido su «solo hermano»; al menos, no para ella.
—Hola, soy Kagome— se obligó a sonreírle con cortesía.
Sus paranoias mentales no debían afectarle en lo más mínimo. Era algo de ella, a lo que tendría que poner fin muy pronto, y si esta mujer conocía a InuYasha, no podía ser mala con ella.
—Kikyo— replicó ella secamente, aunque en su voz había amabilidad, y asintió con la cabeza en reconocimiento —Bueno, tengo que marcharme. Me esperan y ya llegaba tarde— empezó la despedida, mirando a InuYasha. De nuevo, ese brillo en la mirada. De nuevo, él mirándola como si no pudiera moverse. Como si quisieran decirse tantas cosas, pero no fueran capaz de pronunciar palabra alguna.
El dolor en su pecho se hizo más agudo y retuvo el deseo de frotarse la zona, como si así pudiera mitigarlo un poco.
—Encantada de conocerte— comentó para llenar el tenso silencio que se había instalado, perdido entre las conversaciones y charlas de los demás que estaban en el mercado.
Ella asintió en respuesta, una vez más, y emprendió el camino, pasando por donde estaban ellos. Llegó a la altura de donde estaba InuYasha, quién tenía la mirada perdida en algún punto del suelo, y su paso se ralentizó por un momento. Kagome no pudo evitar fijarse en ellos.
Y vio como ella le susurró un «Adiós, InuYasha», muy, muy bajito. Casi como una caricia.
Y vio como él se tensó, sin alzar la mirada, ni aparente reacción; pero ella, que lo conocía como la palma de su mano, advirtió el baile de luz y oscuridad que hubo en sus ojos dorados.
Entonces, la sacerdotisa se perdió entre la muchedumbre.
Sin embargo, fue Kagome la que se sintió sola y perdida, rodeada de tanta gente, al lado de su querido Yasha.
Porque jamás… jamás había visto a InuYasha tan turbado como en aquel momento.
Y, de pronto, tuvo ganas de ponerse a llorar.
Palabras: 786.
