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El escalofrío le recorrió el cuerpo, desde la punta de los pies hasta el último de los pelos de la nuca, erizados y encrespados por la humedad. Era el frío, se colaba entre los rotos de su ropa y le helaba la piel.

La hacía temblar.

Podría volver a la nave, resguardarse del azote de la lluvia y envolverse en una manta hasta que sus uñas perdiesen ese profundo color azul. No lo haría. El frío era algo tan ajeno a ella -al sudor y al calor provocados por un sol inclemente y al picor de la arena en su piel- que había terminado por convertirse en un extraño método para mantenerse despierta.

En cuánto las primeras gotas de lluvia chocaron contra la pantalla de la cabina al traspasar la atmósfera del planeta, supo que esa era su oportunidad para descansar de la opresión de estar tanto tiempo en el hiperespacio, en una nave demasiado pequeña para que cupiesen todos: la Resistencia, ella y sus pensamientos.

Quería estar sola.

No.

No quería estar sola, ya había pasado demasiado tiempo así, pero sí necesitaba estar sola.

Necesitaba organizar la densa masa de pensamientos que le atrofiaban la mente y el cuerpo; esa sensación de tener la cabeza metida en un tanque de bacta, de estar viviendo un mismo y eterno momento.

No importaban todas las emociones que había vivido desde el día que decidió ayudar a BB-8 -ni cuánto las repitiese en su cabeza, ni el constante ajetreo que llegaba a todos los rincones del Halcón-, una parte de ella parecía estar segura de que nada había cambiado, de que su vida seguía siendo exactamente la misma.

Rey, la chatarrera. Una rata del desierto sin ninguna importancia esperando a que su familia volviese a por ella.

Solo el entumecimiento de sus manos y el constante castañeo de sus dientes le recordaban cuánto había cambiado su situación, pero por más frío que se hiciese pasar –solo con su poncho, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en uno de los soportes de la nave–, había un hecho irrefutable en aquella frase.

Rey, esperando.

Nunca había dejado de hacerlo.

Esperando a unos padres que no volverían. Esperando ayuda de un maestro que no estaba dispuesto a darla. Esperando el momento de ser útil a la Resistencia.

Esperando a Ben Solo.

Un segundo escalofrío la atravesó, pero esta vez no le erizó la piel, sino el tejido del corazón.

Como si solo el hecho de haberlo conjurado por un instante en sus pensamientos fuese suficiente excusa para la Fuerza, algo la sacudió desde el interior y los oídos se le taponaron, llevándose el repiqueteo de las gotas sobre la piedra y el metal, dejando en su lugar un triste eco de la arrítmica y mojada melodía junto a un segundo latido y una respiración pesada.

Normalmente las conexiones con Kylo Ren eran la menor de sus preocupaciones; rodeada de ruido y cables era fácil pretender que nada estaba pasando, e incluso olvidarlo. Pero en la más absoluta quietud y soledad, su presencia destacaba tanto como una luz de emergencia en medio de la oscuridad.

Era difícil contenerse, empujar hacia abajo las emociones y palabras que la rasgaban desde dentro. Pretender que seguía sola cuando el calor de su presencia era tan similar al fuego que había sido testigo de su encuentro durante la tormenta, y que se había consumido tan rápido como parecía haberlo hecho el íntimo entendimiento de aquel momento.

Pero lo haría. No voy a girarme. No voy a reconocer que está aquí. No voy a decir nada. No voy a hacer nada. Ya he hecho todo lo posible. Se dijo. Solo me queda esperar.

La palabra le supo amarga. Un amargor que lamentablemente ya le era familiar, y precisamente por eso sabía qué debía hacer.

No voy a girarme.

No voy a reconocer que está aquí.

No voy a decir nada.

No voy a hacer nada.

Lo repetía como un mantra, una serie de órdenes que necesitaba cumplir. Y solía funcionar. Funcionó en Jakku, funcionó en Ahch-To, funcionaba en el Halcón... pero en ninguna de esas situaciones había una corriente eléctrica tirando de sus entrañas, gritándole todo lo contrario a lo que ella se empeñaba en decir.

Dolía un poco resistirse. Dolía intentar ahogar el sonido mudo bajo el diluvio.

Así que paró de recitar, respiró profundo una última vez y llegó a la conclusión de que sería más fácil acallar el resto de sus ansias si se dejaba cumplir una.

Giró lentamente la cabeza, conteniendo el aliento, intentando que el movimiento pasase desapercibido, que él tampoco advirtiera su presencia; y cuando sus ojos encontraron la oscura figura que no pertenecía a ese lugar, supo que había cometido un error, que se había engañado así misma al creer que una mirada calmaría su mente, porque solo había avivado el deseo de actuar, de hacer todas y cada una de las cosas que no debería hacer.

Pero el placer culposo y lacerante de seguir mirando era más fuerte que la razón y se permitió volver a engañarse pensando que si seguía mirando, el ansia de hacer acabaría por desvanecerse.

Engañarse era fácil.

Mirarle también.

Debía estar en sus habitaciones, porque en lugar de su habitual túnica llevaba solo unos pantalones y una camiseta holgada, sin nada que le protegiese; y Rey sabía, con total seguridad, que jamás permitiría que le viesen vulnerable. Estaba sentado, inclinado sobre el datapad que tenía en la mano, sujetándose la cabeza, con los ojos fijos en la pantalla; el rostro contraído por el cansancio y la frustración, los labios apretados y el ceño tan fruncido que la propia Rey parecía sentir el dolor en la frente.

No se movió, ni siquiera respiró. Se le quedó mirando mientras su imaginación vagaba, viéndose a sí misma levantarse y caminar los metros que los separaban, agachándose junto a sus pies desnudos y obligándole a mirarla, a apartar la vista de esa pantalla que parecía amargarle tanto. Le cogería la cara con las manos y le sonreiría, le apartaría los mechones que insistían en volver al frente y se escapaban del moño mal hecho con el que se había apartado el pelo. Le diría que todo iba a estar bien, que no había de qué preocuparse, que lo solucionarían juntos, y mientras tanto acariciaría las estrellas que moteaban su piel hasta que su rostro se ablandase bajo sus dedos.

También se vio de pie frente a él, moviendo la mano de su rostro a ese dichoso moño, agarrándole del pelo con fuerza y tirando de su cabeza hasta que no pudiese rehuir su mirada. Y le acusaba, le gritaba toda la furia que guardaba dentro, la furia contenida con la que había cerrado la puerta del Halcón en Crait.

¿Por qué?

Cada uno de los por qués que interrumpían su sueño en mitad de la noche.

¿Por qué te quedaste? ¿Por qué has elegido la oscuridad? ¿Por qué has elegido el odio? ¿Por qué quieres seguir sufriendo? ¿Por qué insistes en hacerte daño?

Gritando y gritando sin dejarle responder, porque sabía que aunque le diese la oportunidad, él no lo haría. Gritando enfurecida hasta que las palabras se le atascaban en la garganta y se ahogaba, y se le llenaban los ojos de lágrimas, y a penas sin aire lograba pronunciar una última pregunta que al final siempre sonaba como una súplica.

¿Por qué no soy suficiente?

Volvió la cabeza al frente, cerrando los ojos y soltando el aire en una exhalación temblorosa, conteniendo unas lágrimas reales bajo los párpados. Cuando logró abrirlos, volvía a estar sola con el atronador sonido del agua cayendo a su alrededor.

Objetivamente sabía que no estaba siendo justa, ni con él ni con ella misma, que la elección de Ben no era tan sencilla y en parte lo entendía perfectamente, aunque no quisiese admitirlo. Ella también se había resistido a abandonar Jakku; rechazó a Finn y a Han, y se negó a aceptar todas las verdades que se le habían presentado, aferrándose a ese cacho de desierto, a volver a un lugar que no podía ofrecerle nada más que soledad y penurias porque era todo lo que había conocido y aspiraba a conocer. Por la promesa de un regreso que quizá ni siquiera era cierta.

Pero otra parte de ella –la que había tomado la firme decisión de ir a por él en el mismo instante en que vio un mínimo atisbo de luz. Frágil, iridiscente– parecía incapaz de dejar de hacerse todas esas preguntas, de infligir un daño dentro de ella que no merecía.

No se molestó en ordenar sus pensamientos, el caos que había en su cabeza no haría nada salvo enredarse más y más; así que los dejó vagar, curar y destrozar a su antojo, y eligió centrarse en la tormenta, esperando que el agua se llevase el nudo de su pecho y lavase las heridas que parecía incapaz de dejar de hacerse. Que se llevase lejos, en la corriente, lo que había sucedido.

Esperando que la lluvia fuese realmente ese milagro incomprensible que era incapaz de racionalizar: agua, en abundancia, cayendo del cielo, inagotable. Tanta, pensó un poco aterrada, que podría ahogarla.

En entre todo ese caos, no pudo evitar pensar que, de algún modo, Kylo Ren era un poco como la lluvia: impredecible y hermosa y aterradora; una potencia tan abrumadora que era imposible no pararse a mirarla antes de ser engullida, si no se iba con cuidado.

Y Rey había sido descuidada, demasiadas veces; a esas alturas ya no quedaba un solo lugar en su interior que no estuviese encharcado. Y sabía que al igual que el agua de lluvia, sus sentimientos por Ben terminarían desembocando en el mar de su corazón; y por mucho que el árido calor del desierto que aún conservaba se esforzase por evaporarlos, volverían a caer sobre ella con la fuerza de una tormenta.

La misma que ahora le erizaba los pelos de la nuca y le ponía las uñas azules.

Que la hacía temblar.