XXXI.
El fuego crepitaba delante de ellos, alumbrando lo que le rodeaba y dando calor a los dos cuerpos que se encontraban a su vera.
Las llamas y su exótico baile parecía ser lo que atraía la atención del medio demonio, quién se encontraba observándola como si fuera lo más interesante del universo. Pero Kagome no era tonta. Oh, no. Sentada a su lado, con las rodillas levantadas y sus manos rodeándola, Kagome supo que la mente de InuYasha se encontraba muy, muy lejos de allí.
En un punto inalcanzable para ella.
Y no sabía cómo hacerlo volver.
Se sentía… tan confundida y asustada, desde esta mañana, desde se encontraron con esa mujer. Durante todo el día, InuYasha había estado más ausente y despistado de lo normal, metiéndose constantemente en sus pensamientos, sin apenas pronunciar palabra alguna… Y eso hubiera sido normal -InuYasha tampoco había sido nunca una persona extrovertida- si no fuera por la oscuridad, velada e imperceptible -para todo el mundo menos a ella- que se escondía en su mirada.
Kagome sentía como si InuYasha, su Yasha, de pronto, le hubiera sido arrebatado de su lado sin haber tenido posibilidad alguna de oponerse o luchar por él, y eso la hacía sentir muy mal.
Una brisa se levantó en la oscuridad de la noche y el cuerpo de Kagome se estremeció, acurrucándose aún más, mientras veía las llamas deslizarse al son que marcaba la naturaleza. Tenía frío, pero no solo físico. En su corazón había también algo que no sabría explicar, una sensación de malestar que llevaba sintiendo durante todo el día y le ponía los pelos de punta…
—¿Tienes frío? — la voz de InuYasha la sacó de sus pensamientos y rápidamente alzó la mirada para encontrárselo ya mirándola con lo que parecía ser inquietud.
—Estoy bien— murmuró ella, más borde de lo que le habría gustado en un principio.
Creyó verlo hacer una mueca, como si le hubieran dado un golpe en el estómago, pero rápidamente se recompuso y, acomodándose en el tronco del árbol que tenía a su espalda, abrió los brazos en su dirección en una muda invitación, en una tan familiar que endulzó un poco los sentimientos que no dejaban de carcomerla por dentro.
Sus brazos. El mejor lugar dónde refugiarse, el único sitio donde se sentía lo bastante segura al aire libre como para poder echar una cabezadita.
—Kagome…— exclamó en un tono bajo, una advertencia velada, cuando vio ella no reaccionaba ni se movía. No, velada no. Sus ojos se lo estaban diciendo claramente: o iba ella o tendría que atenerse a las consecuencias.
Kagome suspiró y escondió una pequeña sonrisa que quiso florecer en sus labios. Lentamente, se puso de pie y se acercó a él, cogiéndole la mano cuando llegó a su lado para mantener el equilibrio mientras se sentaba entre sus piernas. Entonces, sintió la parte de arriba de su traje escarlata envolviéndola como una manta, los brazos de él acogiéndola con ternura y la calidez de su pecho en la espalda, y no pudo evitar suspirar otra vez mientras se acomodaba mejor entre sus brazos.
—Descansa, pequeña— susurró él por encima de su cabeza, antes de besarla en la parte alta de la cabeza.
Kagome asintió y cerró los ojos. Notaba una de sus manos acariciándole el cabello, teniendo muchísimo cuidado con sus garras, claro está; pero la muchacha nunca las había temido, y ahora menos. Se sumió en un extraño pero confortable trance, que hizo que parte de todos los pensamientos que la habían inundado durante todo el día en la cabeza desaparecieran, dejándole solamente el placer de encontrarse en sus brazos, segura, sabiendo que nadie podría separarlos.
Porque InuYasha era su vida. Y ella era la de él, estaba segura.
Nada ni nadie podía cambiar eso…
«Salvo ella», susurró una voz oscura en su cabeza.
Y de nuevo se plantó en su cabeza la imagen de esa mujer, de su bello rostro níveo, de la mirada que se dedicaron… del semblante descompuesto de su medio demonio…
Kagome sabía que los años no habían pasado en balde. Es decir, durante los dos años que ella había estado con Sango y los exterminadores… InuYasha había estado por ahí, vagando por el mundo, creyendo que ella estaría bien sin él. Y aunque habían hablado de ese tiempo que habían estado separados… él no había entrado mucho en detalles -y ella nunca se los había exigido- y ahora sabía que sí había algo -importante- que se había guardado para él: Kikyo.
¿Qué era ella para él? ¿Cómo se conocieron? ¿Qué había pasado entre ellos? ¿InuYasha… la querría? ¿Sería alguien importante? ¿Y por qué ella se estaba sintiendo así? ¿Por qué se sentía tan perdida y confundida? InuYasha podía hablar con quien quisiera, es más, debería alegrarse porque él hubiera mantenido contacto con otras personas… ¿Por qué entonces estaba sintiendo como si fuera el fin del mundo?
¿Es que se estaba volviendo loca?
Preguntas y más preguntas se agolpaban en su cabeza y con cada una iba sintiendo como el nudo de su pecho se iba apretando más y más, hasta casi dejarla sin respiración.
—Pequeña, ¿qué te ocurre? ¿Por qué estás llorando? — le susurró él en algún momento alarmado.
—No, no es nada… Solo estaba recordando a mis amigos y a mamá— le mintió por primera vez en su vida.
Y, mientras InuYasha suspiraba y la apretaba con fuerzas contra sí, se odió profundamente por ello.
Palabras: 905.
Como ya os habréis dado cuenta, las actualizaciones semanales serán, hasta nuevo aviso, los miércoles y los domingos. Perdonen por la espera, pero la universidad me está matando. ¡Muchas gracias y adoro, de verdad, todos y cada uno de vuestros comentarios!
¡Hasta la próxima actualización!
