XXXII.

Kagome se encontraba recogiendo unas bayas en el bosque cuando escuchó un grito a los lejos.

No lo pensó.

Sabía que InuYasha se enfadaría por no avisarle -estaba cerca, en el río, pescando, y había fruncido mucho el ceño cuando le dijo que iría a buscar comida-, pero no podía perder el tiempo buscándolo.

Acercándose al lugar, preparó el arco y una flechas. Llegó hasta un pequeño claro en el frondoso bosque y soltó un juramento por lo bajo cuando vio a una niña de unos diez años defendiéndose con una rama bastante robusta de lo que parecía ser una mezcla entre un tejón y un oso. No se detuvo a observar más la situación; tensó el arco, guiñó el ojo para apuntar y la saeta tajó el aire hasta incrustarse, certera, en la nuca del animal. Tras unos segundos en silencio, este gruñó y cayó como un árbol derribado.

Por un instante, ninguna de las dos espectadoras se movió. Entonces, Kagome despertó de su letargo y se acercó a la niña que no hacía más que mirar boquiabierta, sin creerse aun lo que había pasado.

—¿Estás bien? — la observó minuciosamente, buscando alguna herida. Tenía un corte en brazo, pero no parecía ser muy profundo.

—Eh, sí— parpadeó— M-muchas gr-gracias por s-salvarme.

Kagome sonrió, aliviada, y sacudió la cabeza.

—No ha sido nada. Perdón por no haber llegado antes, pero estaba un poco lejos. Trae — musitó y le quitó el palo que aún sostenía en sus manos con muchísimo cuidado— ¿Te duele la herida?

Ella sacudió la cabeza pero después asintió, y el pelo oscuro que se le había soltado de la cola que llevaba se le pusieron delante de los ojos.

—Un poco.

—Ven, vamos al río. Está aquí cerca y podremos limpiarla.

La niña se dejó llevar cuando ella le cogió la mano y tiró de ella. Caminaron por el bosque en silencio.

—¡¿Se puede saber dónde…?!— el reclamo de un InuYasha -bastante enfadado- quedó mudo a mitad de la oración cuando vio dos figuras emerger de entre los árboles.

La disculpa que estaba preparando Kagome quedó olvidada cuando sintió como la niña se desprendía de su mano y echaba a correr. Pero no asustada, no. Corría hacia el medio demonio y… sonreía.

—¡InuYasha!

El rostro de él se descompuso en una mueca de sorpresa.

—¿Kaede?

Kagome una vez más fue espectadora de un momento que jamás llegó a imaginar: una niña -que no era ella- se estaba tirando a los brazos de él, con confianza y alegría. Y él… él había abierto los suyos, en un acto consciente o no, no lo sabía… pero la estaba abrazando.

Aquel dolor sordo volvió a instalarse en su pecho y Kagome sintió su respiración detenerse.

—¡¿Cómo pudiste irte sin decir nada?! — estaba recriminándole la niña -Kaede- y había molestia en su voz. Jamás había oído a nadie… salvo a ella misma… hablarle así…— ¡Mi hermana y yo estuvimos muy preocupada cuando no supimos nada de ti!

—¿Qué… qué haces aquí? ¿Qué ha pasado? — entonces, olisqueó el aire y, frunciendo el ceño, la dejó otra vez en el suelo— ¿Y por qué estás sangrando? ¿Tú estás bien? — se dirigió entonces a Kagome y la miró con inquietud.

Ella tan solo tuvo tiempo a asentir ligeramente antes de que Kaede atrajera de nuevo su atención.

—Estaba recogiendo unas plantas muy difíciles de encontrar y me metí mucho en el bosque. De pronto, un monstruo me atacó y esa chica me salvó— Kaede le sonrió ampliamente y dejó al descubierto un par de huecos en su dentadura— ¡Igual que como hiciste tú!

—¿Fuiste al bosque sola? — inquirió, enfadado.

«Y dale con eso…», masculló mentalmente Kagome.

—¿Y tú? — se centró ahora en ella y más arrugas poblaron su entrecejo— ¿Por qué mierda no me avisaste? Te pudo pasar cualquier cosa.

Kagome se cruzó de brazos y se encogió de hombros, rezando por haber podido quitar rápido la mueca de molestia en su rostro y que él no se hubiera dado cuenta de ella.

—Tenía que ir rápido. No podía perder el tiempo.

InuYasha masculló algo por lo bajo que no llegó a entender.

—¿Vas a volver, InuYasha?

Esa pregunta, hecha por una Kaede esperanzada y emocionada, dejó complementamente a cuadro a sus dos oyentes. Kagome sintió un peso en su estómago y su mirada recayó en el medio demonio, quién parecía que delante de él tenía al mayor de sus enemigos y no a una pequeña jovencita.

—Todos los aldeanos te echan de menos— siguió diciendo la niña, ajena a lo que estaba pasando a su alrededor— Y mi hermana… aunque no quiere decirlo, yo sé que está más triste— murmuró, su rostro decayendo por la tristeza— Cuando ambos estabais juntos, cuando tú la ayudabas… la hacías feliz. ¿Vas a volver con ella?

Kagome pensó que estaba en un mundo paralelo. Ella oía todo lo que decía, pero parecía como si las palabras no pudiera digerirlas. ¿Quiénes decía que lo echaban de menos? ¿Quiénes estaban juntos? ¿A quién ayudaba? ¿Esa hermana…?

«¿Kaede es la hermana de Kikyo?», murmuró una trémula voz en su cabeza.

El suelo pareció tambalearse peligrosamente a sus pies.

—¿Qué? — escapó de sus labios antes de que se diera cuenta.

Los ojos de InuYasha se abrieron, sobresaltados, y Kagome supo ver la alarma en su mirada. Dio un paso hacia ella y ese mismo Kagome lo hizo a su espalda.

—Kagome…— musitó con cuidado. Sus ojos dorados brillaban, y por primera vez Kagome no supo -ni quiso saber- lo que estaba diciéndole sin palabras; en ese lenguaje que solo ellos dos sabían.

—¿Cuándo pensabas decirme todo esto? — una lágrima cayó por su mejilla.

Ella, ilusa, había creído que todo había vuelto a la normalidad. Pero, la realidad era muy diferente… Y se había estrellado contra ella fuerte e inopinadamente.

No conocía a InuYasha. No, desde que se reencontraron. Él no era el InuYasha que pensaba que era.

De pronto, Kagome se dio la vuelta y echó a correr sin mirar atrás.

Palabras: 1000.