XXXIII.

—¡Kagome! ¡Pequeña, detente!

Había sido doblemente ilusa si creía que ella, una tonta humana, podía huir de un medio demonio con habilidades desarrolladas. Antes de lo que a ella le hubiera gustado, sintió una mano en el brazo, deteniéndola y, si no fuera porque la tenía fuertemente sostenida, hubiera caído al suelo.

—¡SUÉLTAME! — se retorció. Su voz sonaba temblorosa y aguda -patética- pero esa ahora mismo era la última de sus preocupaciones— ¡He dicho que me sueltes!

—¡No hasta que hablemos! — replicó él con voz grave.

Kagome soltó una carcajada irónica, que, junto a las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas, hizo que el corazón del medio demonio se estrujara dolorosamente.

—¿Ahora quieres hablar? ¿Y no has tenido tiempo antes?

—Kagome…

—¿Por qué no te largas con esa niña y me dejas en paz? — espetó, sin mirarlo a los ojos; sabía que si lo hacía, toda la fuerza y determinación que estaba reunido se destruiría como un castillo de naipes— O mejor, ¿por qué no te largas con esa tal Kikyo? Estabais muy felices juntitos. ¿Quién soy yo para separar a tan bonita pareja? — escupió con ira, sintiendo como cada palabra le quemaba la garganta.

—Kagome, no digas tontería, no pienso dejarte sola.

—¡PUES YO NO QUIERO VERTE AHORA! — gritó colérica, y, entonces, rompió a llorar.

InuYasha fue consciente del momento en el que Kagome se derrumbó y, gracias a sus rápidos reflejos, fue capaz de sostenerla antes de cayera al suelo. Sintiéndose devastado en cada pedacito de él, la sostuvo en silencio contra él, escuchando los sollozos desgarradores que profería la joven mientras tenía la cabeza escondida en su pecho y absorbió cada onza de dolor y furia que desprendía en una agónica disculpa.

Parecieron que habían pasado horas antes de que el llanto de Kagome fuera menguando. Ninguno de los dos dijo nada, ni se separó, y un incómodo y tenso silencio -donde miles de cosas se oían en el aire- se instaló entre ellos.

—Eres un idiota.

—Lo sé.

—Te odio.

—Lo sé— claro que lo sabía, se merecía cada cosa que le dijera, pero eso no lo hacía menos doloroso.

—No quiero escucharte.

—Por favor…— inspiró su aroma, el fresco olor a hogar y confianza, de amor y cariño, e InuYasha tuvo deseos de llorar también.

—¿Por qué no me lo dijiste? — susurró y el dolor era palpable en su voz— No… Por favor, sé que tuviste tu vida en estos dos años que estuvimos separos, no soy estúpida, pero cuando yo te conté lo mío… esperé que tú hicieras lo mismo. Yo confié en ti, me abrí a ti por completo… y creí que tú también lo hiciste… en cambio… ya… no es como antes, ya no confías en mí— sollozó y quiso alejarse.

—¿Qué? — preguntó él, incrédulo, impidiendo que lo hiciera— ¿Cómo que no confío en ti? ¡Por favor, eres lo más importante para mí! ¡Te confiaría mi vida!

Podía acusarlo de mentiroso, pero jamás de que no confiaba en ella. ¡Era su pequeña, el motivo por el que respiraba cada día!

—¡¿Entonces por qué no me lo dijiste, eh?! — replicó ella, alzando la voz y, por primera vez, sus miradas se encontraron; él, conmocionado, y ella, asustada y enfadada— ¡¿Por qué no me contaste sobre Kikyo o Kaede?! ¡¿O sobre esa dichosa aldea?!

Él se quedó mudo por un momento, sin capaz de pronunciar palabra alguna, y Kagome soltó algo entre un resoplido y un sollozo y empezó a sacudirse para que la soltara una vez más. Tenía que largarse de su lado porque conforme más lo miraba más enfado y rabia estaba sintiendo. A lo mejor, en soledad podría tranquilizar el remolino de sentimientos que asolaba su pecho, pero él no quería soltarla...

—¡Porque no recordabas nada! — exclamó, entonces, y Kagome detuvo todo movimiento para mirarlo fijamente— Porque fui a buscarte y tú seguías sin acordarte de quién era yo ni de todo lo que vivimos, y yo estaba asustado porque no me recordaras nunca. Y entonces viajamos juntos y tú poco a poco te abriste a mí— murmuró y sus ojos dorados se oscurecieron mientras parecía hacer memoria de lo que decía— Y pasó el ataque. Y me asusté de perderte; no sabes el horror que sentí cuando te vi desmayada, sin despertar por más que te llamaba. Y abriste los ojos… y dijiste mi nombre— su voz tembló, al igual que las manos que la sujetaban, y Kagome se sintió morir— Y yo me sentí el ser más afortunado del universo, porque habías vuelto a mi lado, porque todo parecía haber vuelto a normalidad. Vivía el día como si fuera el último, incapaz de creerme que todo era verdad y no uno de los tantos sueños… Y entonces pasó lo de tus amigos…— su voz murió y Kagome no necesitó que continuara porque ya sabía lo que quería decir: había estado tan perdida y devastada que no había sido ella, y cuando había empezado a emerger poco a poco…

—InuYasha…— musitó y su voz se rompió a la mitad del nombre— Yo…

—Sé que debí habértelo dicho hace mucho, pero…

«Tenía miedo», resonó en el aire.

Kagome suspiró y volvió a recortarse en su pecho, esta vez apretándolo por su cintura. Sintió como él la estrechaba a su vez y depositaba un beso en la parte alta de su cabeza.

—Cuéntamelo, por favor. Quiero saberlo todo. No más mentiras y engaños.

902.


Mañana -¡por fin!- termino los exámenes, así que... si me dais cariñitos que tanta falta me hace (aunque juro que con vosotros no me puedo quejar, sois lo mejor) prometo que mañana haré una excepción y publicaré el siguiente capítulo, que sé que lo he dejado en un momento muy malo y todos queréis que pasó con InuYasha *guiño, guiño*

¿Qué decís? ¿Os parece bien el trato?