XXXIV.

—Quise ir a buscarte nada más pude matar a ese demonio. Corrí río abajo, pero el agua había desecho tu aroma y me fue muy difícil encontrarte. Cuando lo hice, ya deberías llevar unos días en esa aldea… de exterminadores. En un primer momento, pensé en aparecerme delante de ti o sacarte de allí a la fuerza, pues pensaban que te habían raptado o estabas ahí en contra de tu voluntad y no podías ir a buscarme…

»Pero, entonces, lo supe. Al segundo día de encontrar la aldea, buscando un modo de entrar sin que me pillaran, te vi salir por las puertas como si nada acompañada de una humana un poco más mayor que tú y tan solo necesité mirarte a los ojos para saber que algo te pasaba. Poco tiempo después, aunque no hubierais dicho nada de ello, lo supe, algo en mí me lo dijo: habías perdido la memoria, no recordabas nada de vida pasada; no te acordabas de mí. Y todo pensamiento sobre que estabas obligada, que te mantenían retenida se esfumaron cuando te vi interactuar con ella. Cuando vi lo bien que os llevabais… Me costó entender cómo me sentía en ese momento: esa mezcla entre tristeza y dolor porque estuvieras alejada de mí, porque yo no fuera nadie en tu vida, pero esperanzado porque podrías tener esa vida humana que siempre había decidido para ti; así que, decidí esperar, ver como se sucedían las cosas.

»Durante tus primeras semanas en la aldea estuve a tu lado, o al menos lo más cerca que podía estar sin que me pillasen. Te observa a desde lejos, esperando encontrar la más mínima señal de que estabas mal, te hacían daño… o eras infeliz, pero a pesar de que no sonreías tan a menudo como antes, había una chispa en tu mirada cuando veías a esa humana… que me hacía recordar a cuando eras pequeña. Así que me mantuve a la distancia.

»Un día salisteis al bosque y hablasteis… de una perla. La perla de Shikon, capaz de poder cumplir cualquier deseo que se le pidiese. Y tú preguntaste si podías recuperar tu memoria, y entonces, durante un pequeño instante, soñé con que todo volvía a la normalidad y otra vez hubiera podido tenerte entre mis brazos, hubiera escuchado mi nombre salir de tus labios; pero entonces sonreíste, desechando esa idea, y anunciaste que querías convertirte en una exterminadora de demonio. Y en ese momento supe que era el momento de dejarte atrás.

»Me dolía como si me hubieran arrancado medio corazón, pero no podía seguir más con esa situación, anhelando y deseando algo que no debía tener, así que me marché lejos de ahí… con una idea en mente. Ir en busca de la dichosa perla y pedirle un deseo.

»Pedirle que me convirtiera en humano, para que así pudiera volver junto a ti y tener ambos esa vida normal que siempre había deseado.

»Viajé durante días sin descansar, queriendo llegar cuanto antes a dónde estaba esa sacerdotisa, odiando cada porción de tierra que dejaba entre nosotros.

»Una noche de luna nueva, estaba acampando cerca de un río cuando apareció una mujer. Había sido herida por un demonio y se mantenía en pie a duras penas. Cuando me vio, quiso darse la vuelta para huir, pero apenas pudo dar un paso que terminó cayendo al suelo. No lo pensé cuando corrí a ella. Estaba despierta, pero el tajo del costado era muy profundo. Entonces, con apenas voz me rogó que no la matara y se desmayó. Sin tener tiempo a reaccionar, escuché las voces de unos aldeanos acercándose y, con miedo a que me pillaran y creyeran que había sido yo el culpable, me escondí, aunque no muy lejos para asegurarme de que la encontraban y se quedaba en buenas manos.

»Fue por ellos que me enteré de que esa joven era la sacerdotisa que tanto buscaba: la guardiana de la perla.

»Pasaron los días, ella se recuperó y yo me quedé por la zona para ver si podía quitarle la perla, no me importaba cómo. Creía que estaba escondiéndome bien, pero una de las veces en las que ella paseaba por el bosque, se quedó mirando la copa del árbol en la que me encontraba y murmuró un «gracias» tan bajito que pensé que me lo había imaginado, porque entonces dijo al aire «si piensas hacerte con la perla, tendrás que pasar por encima de mi cadáver». Nunca no vimos cara a cara… pero siempre sabía cuándo estaba cerca y siempre me decía lo mismo.

»Un día, un demonio mitad mujer-mitad ciempiés atacó a la aldea y casi mata a Kaede. No sé qué fue lo que me impulsó a salvarla… Creo que pensé que se parecía mucho a ti, cuando tenías su edad, y no podía dejar que le pasara nada. Todos los aldeanos, la niña… incluso Kikyo, estuvieron muy agradecimos conmigo por haberlos salvado de ese demonio y yo me sentí muy… abrumado. Jamás me había sentido así. Allí… allí no me temían, no me odiaban…

»Por primera vez en mi vida, personas que no eran ni Izayoi ni tú parecían aceptarme… y me sentí feliz por ser reconocido y aceptado.

»Y en ese momento se cruzó por mi cabeza el pensamiento de que podía empezar una nueva vida allí. Sabía que tú estabas bien, que no te pasaría nada en aquel lugar, que tú serías feliz… Y yo no podía volver a ti para estar otra vez, ponerte tu vida de patas arribas, e imponerte mi presencia.

InuYasha calló y, con lentitud y cuidado, apartó a Kagome de él, lo justo para poder enjuagar las lágrimas que se le habían ido escando durante todo el relato de él.

—Pero tú volviste a mi— balbuceó entre sollozos.

Con los ojos húmedos, él sonrió e inclinó la cabeza hasta unir sus frentes y quedar ambos rostros a tan solo un palmo.

—Sentí que me necesitabas y yo siempre estaré ahí para ti. Siempre.

Palabras: 998.


Nota: El capítulo al que hace referencia, por si no lo recordáis, es del capítulo 16 (parte II)

Y como lo prometido es deuda, aquí tenéis la primera parte de lo que sería esos dos años que no se conocen de la vida de InuYasha... ¿Qué creéis que habrá pasado más adelante? jejeje En realidad, del pasado solo habría estado este capítulo, pero leyendo vuestros comentarios me he dado cuenta que había dejado muchas cosas en el tintero, así que pronto tendréis esa segunda parte.

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!