XXXV.

—¡Ahí está el árbol! — exclamó Kaede, adelantándose hasta el enorme y frondoso árbol que se veía a lo lejos— ¡Ya estamos cerca de la aldea!

InuYasha y Kagome, quienes habían permanecido en completo silencio mientras la acompañaban para asegurarse de que no le pasaba nada, la siguieron. Kagome no pudo evitar fascinarse al ver el majestuoso tronco y se detuvo para admirarlo, perdiéndose en el murmullo de las hojas movidas por el viento.

—¡Vamos, no os quedéis atrás! — les dijo la niña cuando vio como ambos se detuvieron.

InuYasha fue el único que se giró a mirarla, con el semblante serio y pétreo, como si estuviera esculpido en piedra.

—Adelántate tú, Kaede.

—No te irás, ¿verdad, InuYasha? — su rostro se descompuso por la tristeza e InuYasha sintió su corazón en la garganta.

Dudó, sin saber que decir, y esos segundos de tenso silencio bastaron para que fuera la joven la que ladeara el rostro y su mirada se encontrase con la del medio demonio, quién ya se encontraba observándola. Su corazón saltó en el pecho y rápidamente apartó la mirada, dejándola en Kaede.

—No te preocupes, no se marchará— le sonrió Kagome, aunque dicha curvatura no llegó a sus ojos.

La niña pareció creerse sus palabras porque le devolvió la sonrisa y saludándoles con la mano, corrió colina abajo hacia donde debía estar la aldea. La aldea de InuYasha.

«Su aldea», cruzó por la mente de la azabache. «En este sitio InuYasha fue feliz»

—Kagome, yo no…

—Tú lo dijiste. Es tu sitio—volviendo a deslizar la mirada hacia el árbol, se abrazó a sí misma— ¿Por qué deberíamos irnos así? Además, ellos no merecen que te marches, así, sin más. Te echan de menos y quieren volver a verte.

«Kikyo seguro que te echa de menos… ¿Y tú a ella? ¿Pensabas en ella cuando estábamos juntos, InuYasha?»

—Tú eres más importante que ellos.

El corazón de Kagome pegó un salto y tuvo que parpadear frenéticamente para que las lágrimas no se le volvieran a escapar. Si InuYasha se daba cuenta de las ganas que ella tenía de llorar… se destruiría por completo su fachada de indiferencia y aceptación que se había obligado a mostrar.

Y es que la joven se encontraba divida. Por un lado, estaba el sentimiento de gratitud y felicidad por saber que durante esos dos años su InuYasha no había estado tan solo como había pensado; que, por primera vez, había sido parte de la civilización y había sido bien acogido y querido… Pero por otro… tenía miedo, mucho miedo.

No sabía muy bien de qué, ni por qué, pero un miedo visceral, que la dejaba sin respiración, la estaba engullendo lentamente y no quería que el medio demonio se diera cuenta.

Puede que ahora él estuviera muy seguro en sus convicciones y Kagome no dudaba de él, pero… No podían vivir constantemente huyendo. Era una vida demasiado dura y aunque a ella no le importaba, sabía lo difícil que le era al medio demonio, constantemente recordando el odio que sufría por los humanos, lejos de cualquier intento de… interacción, de vivencia. Pero en esta aldea… Kagome no podía apartarlo de este lugar, y por lo que había escuchado, sonaba un buen lugar en el vivir.

Sin embargo… ¿Qué pasaría cuando se reencontraran con Kikyo? ¿Qué era lo que había pasado exactamente entre ellos dos? ¿Qué sentía InuYasha por esa mujer?

¿Y si ella… quedaba en un segundo plano?

Ella misma se daba cuenta de lo egoísta que sonaban sus pensamientos, pero era algo que le era imposible evitar…

—Parece un buen sitio para vivir— había escapado de sus labios, antes de darse cuenta.

Y es que… ¿quién era ella para jugar así con la vida de InuYasha? Él le había dado todo, la había cuidado y protegido desde el primer segundo que la encontró… ¿y ella no era capaz de apoyarlo en sus deseos? ¿Y qué si quería a esa mujer? Ella era Kagome -su pequeña- y pasara lo que pasase estarían ahí el uno para el otro. Debía ignorar esos horribles pensamientos que no dejaban de asaltarla y simplemente apoyarlo en lo que decidiera.

—Sí…

Kagome sonrió -realmente intentó que se mostrase en su mirada- pero los ojos entornados de él como respuestas le dijeron suficiente. Suspiró, y rodeó su cintura, apoyando la cabeza en el pecho, sintiendo la familiar sensación de satisfacción y confianza cuando los brazos de él la apresaron. Confortables, seguros. Inconfundibles y únicos.

—Kagome, si en cualquier momento tú…

—Lo sé— lo calló, alzando la cabeza y dándole un beso en la mejilla. Esta vez, la sonrisa que le mostró fue completamente sincera y les llegó un poco a los ojos, haciendo brillar sus orbes castañas de esa forma que a él tanto le gustaba— Pero quiero hacerlo. Quiero conocer aquello que te hizo feliz, formar parte de eso.

—Tú me haces feliz— InuYasha pasó una mano por su mejilla, teniendo cuidado de sus garras, y Kagome sintió su corazón en la garganta. Su piel ardía allí donde él estaba tocando y sintió una necesidad nacerle desde lo más profundo de su pecho, dejándola momentáneamente descolocada. Quería, necesitaba algo, pero no sabía el qué.— Si ti, yo no…

La respiración de ella se detuvo y sus ojos se abrieron, conmocionados, cuando vio el rostro de él acercándose, lentamente. Sus miradas no se apartaban y Kagome creía que su corazón iba a salírsele del pecho mientas aguardaba, expectante y temerosa, ese algo.

Extrañamente, aquel deseo mutó a decepción y tristeza cuando los labios se posaron en la parte alta de su frente.

Y se asustó aún más al descubrir el motivo.

Palabras: 940.