XXXVII.

—¿InuYasha? — Kagome se espabiló lo suficiente como para abrir los ojos y encontrarse al medio demonio caminando por la cabaña hasta llegar a la puerta y asomarse a ella. Los rayos de la luna arrojaron un poco de luz a su semblante adusto y tenso.

—¿Qué pasa? — preguntó una segunda voz. El sonido de unos pasos la siguió y Kagome observó desde su lugar como la mujer de cabellos azabaches se acercaba a donde estaba el medio demonio. Hubo un segundo de silencio, entonces, su rostro se crispó—Hay que dar la voz de alarma.

Eso consiguió despertar lo suficiente a la joven, que se levantó del futón en el que estaba y rápidamente se acercó a despertar a la niña que dormía a unos metros de ella.

—Kaede. Kaede, despierta— murmuró mientras oía a InuYasha y Kikyo hablar a lo lejos. Todo sobre estrategia y evacuación para los aldeanos, los niños y ancianos que no podían defenderse. Intentó ignorar la sensación horrible que la recorrió de arriba abajo ante la familiaridad y camaradería con la que hablaban; sabían qué hacer y cómo hacerlo sin apenas decirse nada, conocían los movimientos e impulsos del otro antes de que ellos pensaran en hacerlo siguiera. Confiaban en el otro a la hora de cubrirse las espaldas.

Eran buenos compañeros en la lucha.

«Y lo que no es la lucha», no pudo evitar pensar Kagome con desdén.

No. No. Ahora no era el momento de pensar en eso. Tenía que centrarse en lo importante: en ayudar a evacuar a los mayores y niños a las cuevas cercanas.

Kikyo le echó un rápido vistazo a su hermana, asegurándose de que estaba preparándose, y después su mirada se deslizó hasta la joven, que estaba armándose con sus arcos y flechas. «Cuídala», le decía, u ordenaba, como cada vez. Después, sin mirar al medio demonio, echó a correr rumbo a la aldea.

—Vamos, tenemos que irnos— les ordenó InuYasha desde la puerta. Su voz era dura y firme. Pero no apartaba la mirada de ese punto cada vez más lejano que era la mujer.

Como venía siendo costumbre, Kagome tuvo que tragar saliva para ahogar el nudo de su garganta.

·

—¿Ya están todos? — inquirió InuYasha mirando por encima del hombro de ella hacia la cueva.

Kagome asintió.

—Quédate aquí y no te salgas hasta que yo mismo venga buscarte, ¿me oyes? — deslizó el oro de sus pupilas hasta ella, y Kagome tuvo el repentino y absurdo impulso de llorar. No era la primera vez que atacaban la aldea y ella se quedaba al resguardo en la cueva -«alguien tiene que quedarse con estas personas, protegerlas, y sé que tú podrás hacerlo muy bien», le dijo InuYasha la primera vez que ella insistió en acompañarlo en la lucha-, pero con cada día que pasaba, ella se iba sintiendo cada vez más perdida y asustada, y ya no sabía cómo escondérselo al medio demonio.

—Ten mucho cuidado— susurró ella y, de pronto, una lágrima se deslizó por su mejilla. Se dio la vuelta e intentó enjuagarla lo más rápido que pudo. Pero él la había visto -u olido- y no la dejó marchar.

Cuando Kagome estaba por correr hacia la cueva, sintió una mano en el brazo y de un fuerte pero seguro apretón, le dieron la vuelta.

—Pequeña, ¿qué te pasa? — susurró preocupado. Acercó su mano a la mejilla, que aún seguía húmeda y Kagome no se movió, con la mirada puesta en el suelo.

—No es nada— respondió en voz baja. «No lo sé. Ni yo misma sé que me pasa, así que no me preguntes, por favor»— Ve a ayudarlos. Kik-ellos te necesitan.

Algo brilló en la mirada de InuYasha, rápido y fugaz, y su ceño se llenó de arrugas.

—No me mientas. Llevas un tiempo rara y he intentado darte tu espacio, esperar que fueras tú quién me lo contaras, pero me he hartado de esperar y esperar— espetó y Kagome lo miró sorprendida; creía que había sido creíble con su actuación— Tú y yo hablaremos seriamente cuando vuelva y quiero que en ese momento me digas lo que te pasa, ¿entendido?

Cuando vio que ella no respondía, apretó el brazo con un poco más de fuerza y Kagome sacudió la cabeza afirmativamente.

—¡Sí, sí, entendido! ¡Ahora vete! — sacudió el brazo para lo que soltara.

InuYasha masculló algo por lo bajo, pero terminó haciéndolo. Kagome lo observó marcharse e inspiró hondo un par de veces, intentando tranquilizar sus nervios, y se adentró en la cueva. Dentro, en un inusitado silencio, estaban las personas mayores rodeado de los niños y cerca de la puerta, Kaede, aguardaba en el sitio que siempre se ponía ella para vigilar la entrada.

—¿Te has peleado con InuYasha? — le preguntó nada más ella cogió posición en un murmullo.

Ella sacudió la cabeza, sin sorprenderse por la pregunta. Con el tiempo, había llegado a acostumbrarse a ese impulso del que ella le había hablado.

La niña hizo una mueca, señal de que no se lo había creído. En ese momento, uno de los niños empezó a llorar asustado y la anciana que estaba a su lado, creía que era su abuela, lo abrazó con fuerzas.

—Tranquilo, mi niño. No pasa nada nada. Estamos bien. La señorita Kikyo e InuYasha nos protegerán.

«Kikyo e InuYasha»

—Ya lo veréis— sonrió Kaede animosamente, atrayendo la atención de todos— Nada ni nadie puede con ellos dos cuanto están juntos. Son un dúo imparable.

—Es verdad— secundó uno de los hombres mayores— Ellos son el milagro que necesitábamos. Deben estar juntos.

Como un rayo fulminante, la palabra cruzó por su cabeza y Kagome sintió como el mundo se abría bajo sus pies, amenazando con tragársela.

Porque ya sabía por qué ella se habían sentido… así…, por qué había estado tan… rara.

«Estoy celosa.

»Quiero a InuYasha… y estoy celosa de Kikyo»

975.


Lo prometido es deuda: Aida Koizumi, este capítulo es para ti al haber sido quién adivinara lo que ocurriría, aunque no es tal y como dijiste. ¿Qué piensas de esto?

¡Muchísimas gracias por vuestros reviews!

PD: como hice una vez, si llegamos a los 200 comentarios prometo que habrá una doble actualización la próxima vez, ¿qué os parece?