XXXVIII.
—¡Hermana! — gritó Kaede corriendo hasta donde estaba Kikyo, en el claro en el que había tenido lugar la batalla contra los demonios.
Cansada y sucia por la batalla, Kikyo seguía estando increíblemente bella y serena al sonreír a la niña y abrazarla.
Kagome, unos pasos más atrás, observó la escena en silencio, fijándose en la mujer como si la estuviera viendo por primera vez, y sintió su cuerpo estremecerse cuando advirtió que el medio demonio se había colocado a su lado. No habían cruzado mirada ni palabra alguna con él en todo el camino de vuelta, tan solo una nada más llegó para asegurarse de que no tenía herida alguna.
Cuando había sentido su cuerpo estallar al encontrarse sus ojos dorados, rápidamente la había apartado y se había asegurado de estar lo más lejos posible de él, perdiéndose entre los niños, ayudando a los mayores a bajar la empinada cuesta.
No sabía cómo enfrentarse a él, como comportarse a su lado, y esta vez iba mucho más allá de una desconfianza ante alguien que no conocía. Era como si le hubieran quitado una venda de los ojos y después de tanto tiempo viviendo en la oscuridad, esa luz brillante y hermosa le diera miedo, muchísimo miedo.
—Háblame— susurró entonces él y cada palabra fue una caricia en la joven— Pequeña, dime qué te está pasando.
Sintió una mano rozarle la suya y, en un acto automático, la apartó, con el corazón yéndole a mil por horas. Un segundo después, supo lo que había hecho y el dolor que encontró en la mirada de InuYasha al girarse hacia él jamás se le borraría de la memoria.
—I-InuYasha, lo si-siento…— musitó con la voz seca. Extendió la mano y cogió la de él, grande, callosa y cálida, húmeda por el resto de sangre de los demonios que había matado, pero que a ella no le importaba.
Por favor, jamás, jamás, jamás había rechazado a InuYasha. Él era una parte de ella y ella una de él. Eran una sola alma que había sido colocada en dos cuerpos… pero ahora, esos cuerpos, tiraban cada uno en una dirección diferente y esa unión… amenazaba con romperse.
¿Pero cómo podía decirle lo que le pasaba? ¿Cómo explicarle lo que estaba pasando cuando ni ella misma lo entendía todavía? ¿Cuando todavía sentía su cuerpo y mente conmocionados por el descubrimiento?
De pronto, el mundo se detuvo y Kagome apenas tuvo un momento de reacción.
—¡Hermana! — Kaede gritó y esta vez no fue felicidad. El más puro miedo y horror se había adueñado de su voz, alertando a todos los que estaban allí.
En medio de toda la marabunta de gente reunida, una serpiente parecía casi volar de lo rápido que iba en dirección a la guardiana de a la esfera, con la boca abierta y los colmillos lagrimeando veneno.
Todos los presentes contuvieron la respiración, ahogando exclamaciones de incredulidad y miedo.
Pero entonces, Kikyo se dio la vuelta y con su arco, golpeó al demonio que iba hacia ella. Una cúpula azulada la rodeó, envolviéndola por un segundo, para después desaparecer como una burbuja. Y la serpiente fue repelida, mandándola de vuelta hasta una mujer que había al otro lado del claro y que parecía ser la culpable del ataque.
El demonio chocó con ella y la mujer gritó mientras este desaparecía, llevándose una mano al ojo.
—¡Maldita seas, Kikyo! — gritó la mujer de cabello azabache cayendo de rodilla.
El claro estaba en silencio; incluso el bosque, el viento y los animales parecían estar en sintonía y nada perturbaba el ambiente que se había creado.
—Tranquila, te perdonaré la vida, Tsubaki. Pero no haré lo mismo la próxima vez que te vea. Es el último aviso que te doy.
—Juro que te mataré— espetó Tsubaki encogida en el suelo, con la mano en el rostro y el cuerpo convulsionando— Te juro que te mataré y me haré con la perla de Shikon. Ya lo verás, maldita.
La mujer alzó la mirada y Kagome jadeó cuando advirtió, a pesar de la distancia, como la piel de su ojo derecho estaba marcado por unas escamas de serpiente. El demonio había entrado en ella.
Una horda de demonios apareció de pronto y rodeó a Tsubaki. Entonces, todos alzaron el vuelo, llevándose el cuerpo de la chica y se perdió en el cielo bajo la mirada de todos.
Kagome sintió un estremecimiento en su cuerpo y se rodeó con los brazos. De pronto, algo le hizo desviar la mirada y creyó notar como el suelo se abría a sus pies cuando se encontró con la imagen de Kikyo e InuYasha juntos. Él había corrido hacia ella y la preocupación bañaba su semblante lleno de arrugas mientras parecía decirle algo, algo que no quería saber ni escuchar.
Un ardiente dolor apareció en su pecho que la dejó casi sin respiración. Y se odió por ello, porque sabía que Kikyo era buena con él, y él le tenía mucho cariño. Porque estaba segura de que, de entre todas las personas que había en el mundo, ella sería la única que podría ser digna de estar junto a su Yasha…
Pero… pero…
Dolía tanto esa imagen…
—Kagome…— escuchó una dulce voz a su lado.
La mencionada miró en esa dirección y se encontró con una de las niñas de la aldea. Quiso sonreírle, pero no pudo. No encontró motivo alguno dentro de toda la vorágines de sentimientos que había en su interior.
—Azura, ven, vamos a buscar a tu papá— murmuró, en cambio, extendiendo la mano en su dirección.
La pequeña le sonrió y asintió, correspondiendo el agarre. Y Kagome se dio la vuelta para alejarse de ella, alejarse de él…
Para pretender que nada estaba pasando cuando, en realidad, su mundo se había roto en mil pedazos.
Palabras: 965
