XXXIX.

Kagome no necesitó mirar hacia atrás para saber que InuYasha se encontraba detrás de ella. Siguió inclinada a orillas del río, lavando las sábanas y pretendiendo que él no estaba. Pero el silencio era demasiado tenso y pesado.

Y a ella le dolía tanto estar así con él…

—¿Qué quieres? — sonó más brusca de lo que pretendía en un principio.

Él no contestó. Kagome continuó lavando y cuando dejó las prendas en un canastillo para llevársela a tenderlas al sol, sintió como se lo quitaban de las manos de un fuerte tirón. InuYasha siguió sin abrir la boca mientras se encaminaban hacia las grandes roncas que había por allí cerca.

—Eh, ¿qué haces? — exclamó indignada al verse ignorada. Él parecía hacer como si no estuviera ella— InuYasha, dámelo— nada— ¡InuYasha! — sin respuesta alguna— ¡¿Por qué estás pasando de mí?!

El medio demonio se detuvo y, por primera vez desde que llegó, sus ojos ambarinos se encontraron con los de ella. Kagome sintió como su corazón brincaba, aunque no estaba segura si por los brillantes que parecían ser sus ojos o por el enfado que podía atisbar en ellos.

—¿No es eso lo que llevas haciendo este último tiempo conmigo? — chistó él con desdén.

—Yo no… yo no te estoy ignorando— respondió ella entre dientes, desviando la mirada al suelo.

«Mentirosa», susurró su mente. Claro que lo estaba haciendo, pero era algo superior a ella..

—¿Ah, sí? — replicó el medio demonio y, cuando Kagome quiso darse cuenta, este se encontraba a poca distancia de él. Su boca se secó y rezó porque él no oyera lo rápido que iba su corazón— ¿Cuánto fue la última vez que hablamos cara a cara? ¿O que…— calló por un momento— ¿Cuándo fue la última vez que estuvimos cerca y no estábamos en la cabaña?

Kagome apretó los dientes y mantuvo el semblante impertérrito.

—He estado muy ocupada. No he tenido apenas tiempo.

«Tú preferías a otras personas.»

Si tan solo pudiera decírselo…

InuYasha bufó y su ceño se pobló de arrugas.

—No te creo. Me estás mintiendo y crees que me lo tragaré, pero yo te conozco, maldita sea— espetó con rabia y el oro de sus ojos se hizo líquido— ¿Por qué estás enfadado conmigo? ¿Qué mierda he hecho yo, eh? ¿De qué me culpas para que de pronto pases de mí? Te he dado suficientes días para que me lo contaras, pero sigues haciendo lo mismo y estoy harto.

—InuYasha, estás sacando las cosas de quicio— se defendió ella, obligándose a mantener la voz tranquila. No podía decirle que la carcomían los celos cada vez que lo veía con Kikyo -que era prácticamente casi todo el tiempo- o que se sentía como si se hubiera quedado sola en el mundo porque él había encontrado a alguien más; no podía ser tan egoísta, no con él, que siempre la había cuidado y había hecho todo lo posible e imposible para protegerla, y a día de hoy seguía preocupándose por ella como nadie— No me pasa nada, de verdad. Pero con los entrenamientos de Kaede y ayudando a los aldeanos apenas tengo un momento para mí. Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer.

Esta vez, fue ella la que le quitó el cesto de la ropa y emprendió la marcha. Pero apenas dio un par de pasos que sintió un agarre en el brazo que impidió que siguiera avanzando. El corazón de joven se detuvo cuando sintió como él la rodeaba con los brazos por la espalda y su calidez entró en contacto con su cuerpo.

No, no, eso era demasiado para aguantar…

—¿Dónde estás? — susurró él por encima de su cabeza.

Kagome ignoró el estremecimiento que la recorrió de arriba abajo y permaneció quieta, como una escultura hecha de granito, porque si se movía estaba segura de que terminaría por mandarlo todo lejos y se encerraría entre sus brazos, haciéndole prometer que no la soltaría jamás.

—¿Qué? — se limitó a decir con voz queda, lo máximo que podía pronunciar.

—¿Dónde está mi pequeña? — él la estrechó con mucho más fuerza pero sin hacerle daño; nunca podría hacérselo, antes se cortaría un brazo él — ¿Qué está pasando entre nosotros? Apenas me miras, ni estás a mi lado. No me hablas, no… no… ¿Qué he hecho mal para que estés así? Tú… — su voz tembló y se desvaneció en el aire por un momento — Te echo de menos. Echo de menos tus sonrisas y tu ceño fruncido cuando hago algo mal, tu risa y lo bien que me siento cuando te abrazo… Kagome… ¿Estás llorando?

Sí, y no le gustaba porque no podía esconderlo de él.

—No — sollozó patética. Dejó caer la canasta de mala manera y se refregó la cara para enjuagarse las lágrimas.

Lo escuchó suspirar a su espalda y él le dio la vuelta. Entonces, se vio entre sus brazos, con el rostro escondido el hueco de su cuello, su aroma inundándole las fosas nasales y el calor de su cuerpo rodeándola, confortándola. No pudo evitarlo y lloró con más fuerzas mientras él la apretaba contra sí.

—Dime qué te pasa, por favor— susurró él en algún momento con voz grave, afectada— No puedo verte así… yo… juré que haría lo imposible por verte feliz y el que estés así me está matando. Dime que puedo hacer, que lo haré. Lo que sea.

«No hay nada que puedas hacer. Soy yo, siempre yo. Tú no estás haciendo nada», quiso decirle, pero las palabras se quedaron retenida en su garganta, incapaz de salir.

—Se me pasará— respondió en cambio con un hilillo de voz— No es nada grave, de verdad. Tú no has hecho nada malo.

El problema era simple e irrevocable: amaba a InuYasha demasiado, más de lo que jamás él la llegaría a querer alguna vez a ella.

Y eso la estaba matando por dentro.

Palabras: 975


Muy buenas a todos, aquí os dejo el capítulo de hoy. En unas horas, como prometido, publicaré el segundo del día. Ya solo quedan 6 para el fina de esta parte... Madre mía, y que poco me parece que hace desde que empecé a publicarla...

¡Muchísimas gracias por todo vuestro apoyo, sois los mejores!

PD: me han vuelto a preguntar por la edad de Kagome: ahora mismo rondaría los 15 años, estaríamos a un mes antes de cumplirlos mas o menos. ¿Creéis que esa fecha será importante? Hmmmm, os leo