XL.

—Otra vez— ordenó Kagome.

—Sí.

Kaede volvió a tensar el arco y apuntó a la diana que había entre los árboles.

—Ese brazo tiene que estar más arriba— le instruyó Kagome , sintiendo un tirón en el pecho cuando recordó esas mismas palabras saliendo de Hina. Con el tiempo la herida había ido cicatrizando y aunque jamás desaparecería, ahora no era más que un dolor sordo, uno con el que se había acostumbrado a vivir— Tensa, échalo más hacia atrás o no llegará lo suficientemente.

Kaede acató la orden y segundos después una saeta cortó el aire hasta clavarse en la diana, todavía más cerca del borde inferior de lo que le gustaría. Masculló una maldición por lo bajo, un rasgo que se le había pegado del medio demonio y que su hermana no hacía más que intentar eliminarlo.

—Vas mejorando— la consoló Kagome.

Kaede suspiró.

—Sí, estoy seguro de sería capaz de darle a una tortuga si esta no va muy deprisa— ironizó una tercera voz que provenía de una de las ramas.

—¡InuYasha! — le reprendió la joven con ambas manos en la cadera y fulminándolo con la mirada— Si has venido a molestar puedes largarte por donde has venido.

—¡Keh!

—Tiene razón, por más que practico nunca mejoro. Jamás podré ser como tú o Kikyo— suspiró la niña desilusionada— Estoy harta.

—¿Cómo crees que conseguí yo ser tan buena? — inquirió Kagome mirándola con una ceja arqueada— ¿Por un soplo de aire? No, señorita, que me costó muchísimas horas de entrenos. No se consigue por arte de magia, hay mucha perseverancia detrás.

—Pero es que en ti parece tan fácil… Y mi hermana es tan buena con él…

—Anda, ve a por las flechas que ya nos hemos quedado sin ninguna— señaló con la cabeza en la dirección que se encontraba la diana— Te voy a enseñar un truquito que me dijeron a mí cuando estaba empezando, pero no puedes acostumbrarte a él, ¿vale?

—¡Sí! — Kaede sonrió y corrió entusiasmada a hacer lo que le dijo.

—Y tú— exclamó Kagome colocándose a los pies del árbol en el que estaba tumbado InuYasha, con los ojos cerrados. Como respuesta lo único que obtuvo fue un movimiento de orejas, señal de que la había oído—, podrías callarte un poco, ¿vale? No necesita oír esos comentarios de tu parte. Kaede lo está haciendo muy bien.

—¡Keh! Esa niña nunca llegará a ser como su hermana— refunfuñó el medio demonio sin abrir los ojos y Kagome luchó contra el dolor que apareció en su pecho— No tiene madera de luchadora, le vale más encargarse de las plantas medicinales y dejar lo difícil a Kikyo— hablaba como si fuera un hecho demostrado, como si estuviera contando que el sol salía todos días por el este—. O a ti.

Kagome se maldijo cuando sintió toda la sangre acumulándosele en las mejillas y rápidamente se dio la vuelta, no vaya a ser que le diera por mirarla y la viera sonrojada. ¿Qué niña que no fuera una estúpida se sentiría complacida u orgullosa por lo que él había dicho?

«Estás mal, muy mal. No hay futuro para ti, contrólate», se recordó por milésima.

Kaede, ajena a la conversación que tenían ellos, volvió otra vez a su posición inicial y Kagome corrió a su lado, deseando alejarse del medio demonio. Aunque ahora se controlaba un poco más a su lado, todavía… todavía… todo era tan confuso y doloroso…

La niña siguió con el entrenamiento, siempre supervisado por la joven, e InuYasha permaneció por allí, dormitando en una de las ramas. En algún momento, Kagome advirtió como este se erguía sobre la rama y se quedaba mirando un punto fijo del bosque. Sintió su alma desplomarse al suelo cuando supo lo que eso significaba y la aparición de la guardiana de la perla de entre el follaje confirmó sus pesquisas. Luchó por que una mueca no apareciera en sus labios.

—¿De dónde vienes por ahí? — preguntó extrañado; era la dirección contraria a la que se encontraba la aldea.

Kikyo no lo miró cuando respondió, algo raro en ella pues era siempre muy directa, aunque su semblante no se alteró ni un ápice.

—Haciendo un trabajo de última hora.

—¿Y por qué no me avisaste? Podría haber ido contigo— farfulló molesto, frunciendo el ceño.

—No era necesario, InuYasha— replicó ella, restándole importancia con un movimiento de mano.

Más arrugas se formaron se formaron en el entrecejo del medio demonio. Kagome sabía que estaba molesto; siempre que pedían ayuda de aldeas vecinas para matar a un demonio iban ambos, eran un buen equipo muy bien compenetrados, pero últimamente… Kagome había advertido un raro comportamiento en la sacerdotisa. Había veces en las que se marchaba sin decirle nada a nadie y cuando volvía decía que era "un trabajo".

Y Kagome no sabía si era por los celos que sentía por esa mujer, por el hecho de que no terminaba de caerle bien a pesar de lo buena que era con todo el mundo, pero apostaba lo que fuera necesario que Kikyo escondía algo.

—¡Mira! ¡Mira, hermana, hoy he llegado hasta el segundo anillo! — exclamó Kaede entonces, atrayendo la atención de todos.

—A ver, muéstrame que tal lo haces— se acercó a donde estaba su hermana.

Kagome, en silencio, observó la regia postura de la sacerdotisa, su semblante serio y sereno, mientras hablaba con su hermana. Después, miró a donde estaba el medio demonio y se mordió el labio inferior para que las lágrimas no se le escapasen. Estaba cansada ya de llorar, de sentirse tan mal, y además ahora él podría darse cuenta; no podía hacerlo.

Pero es que la mirada de él, perdida y triste, por la extraña actitud de la guardiana se le había clavado en el pecho.

Kagome había reconocido su derrota. Sabía que el corazón de su medio demonio le pertenecía a otra, pero eso no significaba que no odiara el hecho de que él no fuera feliz.

Y que ella no pudiera hacer nada por remediarlo.

Palabras: 999.


¿Cuál será ese secreto que Kikyo guardará?...