XLII.
Kagome bostezó y se acurrucó contra la pared. Debía ser bastante tarde y, aunque sentía el cuerpo molido por toda la batalla de hacía tan solo unas horas, simplemente no podía conciliar el sueño.
No sin saber que Kaede iba a despertar.
—Así estás incómoda— le indicó InuYasha preocupado nada más entró en la cabaña y vio la escena. Kaede tumbada, tapada, con la cabeza vendada y Kagome sentada a su lado, con la espalda apoyada en la pared y los brazos rodeando sus rodillas dando efímeras cabezadas— ¿Por qué no duermes un poco? Sé que estás cansada.
—No puedo dormir— respondió, sacudiendo la cabeza para espabilarse y hacer énfasis en sus palabras— No hasta que ella esté consciente y sepa que está bien— murmuró mirando con angustia a la niña.
Sintió a InuYasha sentarse a su lado e inconscientemente se reclinó sobre él, suspirando cuando notó su brazo rodearle los hombros y atraerla a su pecho con suavidad. La calidez que él desprendía era como un bálsamo de tranquilidad para sus nervios, y por un pequeño instante, se dejó llevar.
—Su pulso es estable y no tiene mal color. La niña está bien. Despertará, no te preocupes.
—Pero su ojo…— murmuró con dolor
—No pudieron hacer nada— suspiró, dándole un ligero apretón de ánimo.
Cuando había ocurrido el ataque, Kaede había intentado correr con los demás, pero unos demonios la habían interceptado rápidamente, así que había tenido que escapar al bosque, con un par de ellos persiguiéndola. Había conseguido esquivarlos y defenderse con gran valentía, pero hubo un momento en el que la atraparon, sujetándolas contra el suelo y estaban a punto de comérsela. Si no fuera por la llegada y la flecha de Kikyo, habría muerto.
Sin embargo, cuando Kikyo disparó, le dio a uno de los demonios y mientras que el otro huía despavorido, le había arañado el lado derecho del rostro.
Y aunque no había sido un golpe mortal…
Kagome exhaló también y se acurrucó aún más contra el cuerpo de él.
De pronto, sintió unos dedos en su pelo, entremetiéndose en sus hebras, acariciándole como hacía muchísimo tiempo que no lo hacía, y Kagome sintió como la calma se iba adueñando de su cuerpo. Quiso protestar, pues sabía que InuYasha lo estaba haciendo apropósito -era consciente de lo mucho que la tranquilizaba y le gustaba eso-, pero tan solo un murmulló salió de sus labios.
Segundos más tarde, había caído en los brazos de Morfeo y no fue hasta muchísimo después que InuYasha dejó de jugar con su pelo. Aunque no durmió en ningún momento, permaneció durante toda la noche a su lado, sosteniéndola en sus brazos.
Y se sintió completo.
Había pasado tanto tiempo desde que no lo sentía, que sorprendió por lo gratificante y alentador que resultaba.
Había estado tanto tiempo alejado de Kagome, detrás de ese incomprensible muro que ella había alzado entre los dos, que parecía demasiado remoto el tiempo en el que eran ellos dos contra el mundo, en el que tan solo eran Kagome e InuYasha, el apoyo, la compresión y el cariño del otro.
«¿Qué está pasando, madre?», se preguntó, mientras admiraba las tranquilas facciones de su pequeña, la calma, la dulzura y… la belleza en su rostro mientras dormía. Su corazón saltó pero no apartó la mirada, no podía; algo en él le pedía más y más y no sabía cómo tomárselo. «¿Qué me está pasando? Ayúdame, porque estoy perdido.»
—Yasha…— exhaló ella en algún momento y el medio demonio sintió su corazón estrujarse dolorosamente.
¿Cuánto tiempo hacía que no lo llamaba así? Sí es cierto que desde que había recuperado la memoria, solía llamarlo por su nombre completo, pero este último tiempo… ya no se refería solo al nombre, sino a esa intimidad, cariño y ternura con el que lo había pronunciado.
Incomprensible para él, Kagome se había rodeado de una coraza y pese a que seguía siendo ella, había algo… su esencia… una parte que no sabría identificar él… que había cambiado hasta ser algo completamente irreconocible para él, aunque permaneciendo ese aura de inocencia y candidez que siempre le había caracterizado, que parecía atraerlo sin remedio alguno.
InuYasha creía estaba perdiendo y tenía miedo de reconocerlo.
Y ese miedo…
—Hola— susurró una voz. InuYasha fue sacado abruptamente de sus pensamientos y al alzar la mirada se encontró con Kikyo.
InuYasha se envaró, repentinamente nervioso, esperando que le dijera cualquier cosa, pero si Kikyo sintió algo al verlos, no mostró reacción alguna, sino que deslizó la mirada hasta posarla en su hermana. Ahora sí, la culpa se mostró en sus ojos e InuYasha estuvo tentado a ir hacia ella para consolarla y decirle que no era culpa suya lo ocurrido; pero sabía que ella no se lo tomaría con buen pie y, honestamente, se encontraba en ese momento demasiado a gusto para moverse.
Sentía que, si Kagome despertaba, ese muro se alzaría de nuevo con fuerzas y quedaría recluido lejos, demasiado lejos de ella como para que pudiera escuchar su voz si la llamaba.
Y ese abismo entre ellos no hacía más que crecer…
—¿Cómo está?
—Estable.
Kikyo asintió y se sentó en la pared contigua. No apartó la mirada de su hermana e InuYasha no dejó de mirarla a ella. El mutismo que se creó en la habitación pareció asentarse en sus hombros, impidiéndoles casi la respiración.
InuYasha deseó que sus miradas se encontrasen, pero su deseo no fue escuchado, y finalmente terminó cerrando los ojos para intentar relajarse. Escuchó a Kagome suspirar y apretujarse aún contra su costado, como si tuviera miedo de que se apartase, e InuYasha no retuvo el impulso de besar la parte alta de su cabeza mientras se acomodaba.
Sintió la mirada de Kikyo en él, pero, esta vez, el medio demonio no miró.
Ese miedo, esas aguas turbulentas que estaba atravesando, le había llevado a refugiarse en un puerto en el que se sentía a salvo.
Pero no estaba seguro si era ahí dónde él quería atracar finalmente.
Palabras: 1000
