XLVII.
Kagome, a sus dieciséis años, pensaba que había vivido toda una vida; al menos, más de lo que cualquier persona de su edad hubiera hecho.
Por eso, cuando sintió los brazos de Kaede rodearla con fuerzas se obligó a sonreírle y mostrarse alegre, aunque su interior no fueran más que escombros de lo que anteriormente habías sido un corazón latiendo.
—¡¿Por qué no me lo dijiste antes?! — le increpó molesta, aunque una curvatura adornaba los labios de la pequeña de 11 años— ¡He tenido que enterarme al final del día y a las malas!
—Bueno… no es algo para celebrar, la verdad— se encogió de hombros, en aparente desinterés.
—¿Qué no? ¡Ya eres toda una mujer! ¡No se cumplen todos los días 16 años! Ay, no te he hecho un regalo porque no sabía pero…
Kagome sacudió, riendo amargamente en su cabeza. Dudaba que quisiera ayudarla a cumplir su deseo. No cuando lo único que quería y necesitaba era despertar al ser que "había matado" a su hermana, y al cual toda la aldea odiaba.
—No quiero nada, de verdad, no tienes que molestarte.
Kaede la miró, evaluando la veracidad de sus palabras, y su ceño se frunció.
—Ya lo veremos. Pero mañana no te libras de la fiesta, que lo sepas. Pienso decírselo a todos— le sacó la lengua juguetonamente— Y te aseguro que me ayudarán.
Kagome sacudió la cabeza, pero sonrió.
Porque a pesar de que se sentía como si estuviera al borde de un precipicio, su cuerpo tambaleando peligrosamente hacia el abismo, le tenía muchísimo cariño a esa niña y sabía que era lo único que le ataba a la realidad en estos momentos.
Todos a los que amaba se habían ido.
Su madre, Sango, Kohaku, Hina, Kenta… InuYasha…
«No. InuYasha no me ha dejado. No puedo rendirme.»
A veces era tan fácil rendirse, dejar de oponer resistencia… aunque lo que tuviera al otro lado fuera un profundo y oscuro agujero que amenazaba con engullirla.
·
Kagome sintió que algo siniestro se acercaba cuando un estremecimiento cruzó su espalda de arriba abajo.
Se detuvo en su usual camino hacia el árbol y observó el bosque, el cual se encontraba tranquilo y pacífico. Era muy rara la sensación, nunca antes la había notado con tanta fuerza y contundencia… era como una energía maligna que se retorcía en su pecho y la dejaba sin respiración.
¿Qué estaba pasando?
Se llevó una mano a la espalda y cuando encontró vacío, soltó un juramento por lo bajo. Desde que la perla de Shikon había desaparecido de la faz de la tierra, los ataques de demonios de zona habían cesado y se habían olvidado de la aldea, como si no fueran más que hormigas para ellos. Y aunque Kagome al principio había estado preparada para cualquier cosa, con el tiempo se había acostumbrado a esa vida apacible y ahora solo llevaba el arco encima cuando se acordaba de cogerlo.
«Sango llega a enterarse y me mataría», pensó, aferrándose al cuchillo pequeño que siempre colgaba de su cinto.
La tierra pareció temblar bajo ella y los pájaros alzaron el vuelo asustados. Kagome escrutó su alrededor, jadeando, y su cuerpo se tensó. Lo que quiera que hubiera ahí, se estaba acercando a pasos agigantados.
«No tengo miedo. No tengo miedo», se repitió con la respiración contenida.
Tan rápido como lo pensó, una figura alargada apareció entre la maleza. Se trataba busto de una mujer con afilados colmillos y el cuerpo de una serpiente y cientos de patas, con sus pequeños ojos saltones clavados en ella que mostraban verdadera ansia.
—¡Por fin te encontré! — exclamó el demonio abriendo sus fauces.
Kagome tan solo tuvo tiempo para tirarse a un lateral, escapando de sus garras, antes de que la tierra volviera a temblar por el golpe.
—¡¿Qué quieres de mí?!
—¡Dame la perla! ¡La perla de Shikon será mía!
¿La perla? ¿Qué estaba diciendo de ella?
—¡Yo no la tengo! — exclamó, escrutando su alrededor para buscar alguna salida. Encontró el hueco entre el sinuoso cuerpo de la mujer-ciempiés— ¡Estás perdiendo el tiempo!
—¡Mientes! ¡La siento! ¡Sé que la tienes tú!
—¡Te digo que te equivocas! Pero si tanto insistes en ello…— su cuerpo se tensó y una sonrisa provocativa, demasiado parecida a la de un muchacho de pelo albino, apareció en sus labios—, ¡primero tendrás que cogerme!
Entonces, echó a correr.
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A pocos metros de allí, el suelo volvió a temblar y, tras una palpitación en el aire, unos ojos dorados se mostraron al mundo.
Palabras: 748
