XLVIII.

«No voy a morir»

«No voy a morir»

«¡No voy a morir!»

Mientras Kagome corría por el bosque, huyendo de aquel demonio que la perseguía con las fauces abiertas, no dejaba de repetirse esas palabras para ella misma como un mantra. No sabía lo que le estaba pidiendo -por qué lo hacía, en realidad-, pero no pensaba quedarse a averiguarlo.

Tenía que alejarse lo máximo posible hasta descubrir una manera de terminar con él. Por supuesto, sin llevarlo a la aldea. Si llegaba a allí podía destruirla o poner en peligro a los aldeanos.

Este era un trabajo al que tenía que enfrentarse ella sola.

Apretó el paso, sintiendo sus piernas cada vez más entumecidas por el esfuerzo después de tanto tiempo de inactividad, y echó un rápido vistazo hacia atrás. La mujer ciempiés abrió su boca una vez más y los dientes puntiagudos consiguieron hacerla estremecer.

—¡Dame la perla! ¡Quiero la perla!

—¡Te digo que yo no la tengo! ¡Déjame en paz!

Las palabras de ella la hicieron enfurecer aún más pues, en ese momento, el demonio pegó un salto y si no fuera por la agilidad de Kagome, hubiera caído encima suya, dejándola sin escapatoria. Consiguió esquivarla, pero con tan mala suerte que un par de pasos más adelante, tropezó con una rama de árbol que no había sido capaz de ver y terminó cayendo al suelo, derrapando.

Exhaló todo el aire de sus pulmones por el miedo, con su corazón yendo a mil por hora, mientras sentía el cuerpo alargado del demonio rodeándola.

—¡Eh, Kikyo, ¿te ha derrotado un demonio tan insignificante como ese?!

El cuerpo de Kagome se paralizó mientras aquella voz se filtraba en su mente. Debía ser un sueño, un producto de su imaginación porque esa voz… Había pasado días y días suplicando por volver a escucharla. Y ahora…

Asustada y esperanzada, alzó la cabeza y un sollozo quedó estancado en su garganta cuando sus ojos se encontraron con esos orbes doradas con los que había soñado cada noche. Y sintió su corazón volar, querer escapársele del pecho, por la ola de amor, felicidad e incredulidad que la inundó por completo.

InuYasha, su InuYasha…

—Estás vivo— musitó con una exhalación.

Pero él sonrió y su sonrisa fue déspota e incluso burlona. Y la mirada que le echó distaba mucho de ser la dulce y cariñosa que siempre le había brindado. ¿Qué... qué estaba pasando?

—Debería bastarte un golpe para acabar con él, igual que hiciste conmigo— siguió diciendo y, con cada palabra, Kagome se iba sintiendo más perdida y aterrada. ¿Cómo que Kikyo? ¿Y por qué le hablaba así? ¿Es que… no la reconocía? — ¿Eh? — una mueca de desprecio se formó en sus labios— ¿Por qué me miras con esa cara de tonta? ¿Es que has perdido tus poderes, Kikyo?

Kagome sacudió la cabeza, incapaz de procesar lo que estaba sucediendo, y se levantó aunque tuviera las piernas temblando. No, no podía estar pasándole esto…

—Pero…— susurró trémula y sacudió la cabeza— ¿Quieres dejar de llamarme Kikyo de una vez? — continuó, su voz adquiriendo más fuerza conforme iba hablando. No, no, seguro que era una horrible broma— Yo no soy Kikyo, soy…

InuYasha apenas le echó un vistazo. Su semblante se agravó y miró más allá.

—Ya ha llegado.

El demonio volvió a aparecer desde el cielo y Kagome tan solo tuvo tiempo a saltar hacia un lado para que no la cogiera. Entonces, unas lanzas se incrustaron en el cuerpo de este y Kagome descubrió que los aldeanos habían llegado en su ayuda cuando empezaron a tirar, llevándose a ese demonio con ellos.

Cuando se giró para encarar a… ¿quién era él?, ¿qué le estaba pasando?; descubrió que él ya la estaba observando con malicia.

—No eres la de antes, Kikyo.

Kagome sintió un pinchazo en el corazón junto con una incompresible ira y desconcierto recorriendo sus venas.

—¡¿Quieres parar?! — le gritó, conteniendo las lágrimas. ¿Después de tanto tiempo soñando con que él despertaría… la confundía con Kikyo? ¡Imposible! — Te estás equivocando, yo no soy Kikyo— caminó hacia él, con el corazón golpeando con fuerza en su pecho.

—¡No trates de engañarme! — replicó él, mirándola iracundo, y cada palabra fueron como puñaladas en su pecho— ¡Solo hay una mujer que tenga un olor como el tuyo! ¡Lo reconocería en cualquier lugar! — de pronto, se detuvo y olisqueó una vez más el aire. La confusión descompuso sus facciones— Tú no eres Kikyo…

—¡Por fin! — había alivio en su voz y parpadeó para que las lágrimas no se le escaparan— ¡Yo soy Kagome! ¿Es que no lo recuerdas? ¡Ka-go-me!

Durante un segundo, InuYasha no reaccionó. Entonces, su ceño se pobló de arrugas y una luz llameó en sus ojos, como el destello de una estrella fugar.

—Kagome…— susurró y cuando sus ojos se encontraron, ella no pudo ver más que dolor en sus ojos dorados. Un dolor agudo y voraz que parecía estar devorándolo por dentro, arrasando con todo a su paso—Mi pequeña…No, tú no eres Kagome… ¡Maldita mujer, deja de torturarme! — su voz se rompió a mitad de la frase— ¡No me mientas! ¡Kagome murió! ¡No puedes ser ella!

Palabras: 856.


Oh, dios mío, ¿KAGOME MURIÓ? ¿DE QUIÉN ESTOY YO ESCRIBIENDO ENTONCES? ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?