XLIX.

«¡Kagome murió!»

«¡Kagome murió!»

¿Qué?

No tuvo tiempo a decir nada.

De pronto, unas manos la apresaron y empezaron a tirar de ella con fuerzas. Kagome se aferró a lo primero que encontró, que resultó ser InuYasha, mientras que él gritaba una y otra vez que la soltara. No, no podía ser verdad lo que estaba sucediendo. Seguro que era una pesadilla. Pronto despertaría y nada de esto estaría sucediendo.

«¡Kagome murió!»

Pero el demonio tenía mucha fuerza y de un momento a otro ella colapsaría. Una de sus manos cedió y en un movimiento inconsciente, Kagome colocó la palma de su mano en medio y, de pronto, algo pareció bombear de su piel, una energía que consiguió detener a la mujer-ciempiés y alejarla de ella.

Kagome cayó al suelo y, durante un instante, no supo que hacer. Las palabras de InuYasha, su actitud, seguían repitiéndose en su cabeza y junto lo que acababa de acontecer hacía unos segundos, la muchacha se sentía más perdida y angustiada que nunca.

«¿Qué estaba pasando?»

Entonces, sumándose al cúmulo de sentimientos contradictorios que Kagome estaba teniendo, de pronto, percibió una luz que venía del interior de ella, exactamente de su costado.

—¿Qué… qué es esta luz? — jadeó.

Dolor. Apenas había reparado en lo que sucedía a su alrededor, que sintió fuego en su costado y el aire golpeando con su cuerpo. Y se vio volando, mientras la sangre emanaba de una herida que le había hecho el cuerpo.

Y algo llameó a poca distancia, atrayendo la atención de su aturdida mente.

Era una perla violácea y brillante. Una perla que bombeaba y la llamaba.

—La perla de Shikon— balbuceó a media voz.

Cayó al suelo, el dolor expandiéndose por su cuerpo, y la perla lo hizo a poca distancia de ella.

—¡Aquí está, lo sabía! — exclamó la mujer-demonio y antes de que pudiera moverse, Kagome se vio apresada por el cuerpo de la demonio como si fuera una soga, apretándola contra el árbol y el cuerpo de InuYasha.

La demonio rio.

—Esta esfera es mía y un estúpido medio demonio no podrá conseguirlo.

InuYasha sonrió, mortífero y burlón, y Kagome sintió su corazón pegar un salto ante la imagen. Él no era InuYasha, su Yasha.

—No me subestimes, estúpido ciempiés, alguien como tú no puede comprender hasta donde alcanzan mis poderes.

—¿Y qué vas a hacer? — se jactó ella— Mientras estés inmovilizado no podrás hacer nada. Es un sello muy especial. Quédate ahí y disfruta del espectáculo.

Entonces, la mujer cogió la esfera con su lengua bífida y se la llevó a la boca. Kagome observó, conmocionada, como se le caía la piel y pasaba a tener unos aterradores ojos escarlata, unos dientes puntiagudos y la piel de color malva.

—¡Mis poderes están aumentado!

La joven exhaló cuando sintió un aumento de fuerza en la soga que la tenía retenida, apenas dejándola conseguir aire. Se estaba ahogando.

—¿Podrías quitarme la fecha? — inquirió el medio demonio, con la mirada puesta en la mujer-ciempiés. Kagome alzó la mirada y gemido escapó de sus labios cuando el agarre se apretó aún más. A este ritmo no aguantaría mucho— ¡Te he dicho que me quites la maldita flecha!

—La fecha…— en todo este tiempo no lo había hecho porque temía que InuYasha muriera desangrado, pero si él se lo pedía tenía que significar algo…

—¡No lo hagas! — chilló una voz lejana y a Kagome le pareció ligeramente familiar— ¡Esa flecha es el sello que lo mantiene retenido! ¡No debes liberarlo, si no será terrible! ¡No, Kagome!

—¿Qué? — murmuró InuYasha y sus ojos se abrieron con sorpresa. La miró y algo dentro su mirada pareció retorcerse en su interior— No, tú no eres…

Aunque su negación le dolía como si le clavasen mil cuchillos, Kagome sabía que había algo más importante en lo que tenían que centrarse. Primero, debían salvarse y sabía que solo InuYasha sería capaz de acabar con ese monstruo. Más tarde, se preocuparía por su memoria y… su supuesta… muerte.

—¡No quiero morir! — exclamó y sus dedos se cerraron en torno a la flecha.

Hizo esfuerzo y durante un segundo no pareció ocurrir nada; entonces, una luz violácea hizo brillar la flecha y esta estalló en mil pedazos.

El cuerpo de InuYasha empezó a bombear.

—Inu…Yasha…

El medio demonio rio mostrando sus colmillos de pleno y una sardónica sonrisa apreció en sus labios. Entonces, una luz la cegó y ambos fueron liberados.

Únicamente hizo falta un movimiento -solo usando sus manos- para que InuYasha acabase con la mujer-ciempiés mientras Kagome observaba paralizada.

—¡Kagome! — gritó Kaede, acercándose hacia dónde estaba ella— ¿Estás bien?

—S-sí— murmuró la joven viendo como los cachos de demonios que estaban esparcidos a su alrededor empezar a temblar.

—¡Tienes que buscar una luz dentro del monstruo! ¿Puedes verlo? ¿Puedes hacer como mi hermana? — le preguntó, frenética y conmocionada.

Kagome no pensó lo que esas palabras implicaban. Observó el cuerpo descompuesto y señaló el lugar donde veía el destello. Kaede se apresuró a cogerlo e inmediatamente la mujer-ciempiés se convirtió en cenizas.

—Simples humanos como vosotros no necesitáis esa esfera— exclamó entonces InuYasha y Kagome sintió su corazón detenerse cuando lo vio acercarse con las garras en alto—. Si no quieres que te haga pedazos, dame ahora mismo la esfera y déjate de tonterías.

Palabras: 881