L.
Por primera vez en su vida, Kagome sintió miedo.
Miedo de InuYasha.
Y es que esos ojos no eran los que la habían estado acompañado en su vida, en cada paso que daba, haciéndola sentir querida y apreciada. De pronto, frente a sí, lo que tenía era un demonio, el ser maligno que no habían dejado de insistir los aldeanos que era y que ella se había negado a escuchar.
Desdén y diversión. Orgullo. Incluso diría que mezquindad. Todo eso era lo que podía leer en las amatistas de su Yasha, y la mueca burlona de sus labios la hacía sentir estremecerse al pensar que todo eso iba dirigido a ella.
«¿Dónde está mi InuYasha?», jadeó, dando un paso hacia atrás.
—Kagome, no le des la esfera— exclamó Kaede, quién no se había movido de su lado. La joven advirtió como los aldeanos se colocaban en circulo alrededor de él, apuntándole con sus armas, y tuvo el deseo de chillar que se detuvieran— Si lo haces, será el fin.
«¿Cuándo acabará esta pesadilla?»
—No tendré piedad…— espetó InuYasha y sus dedos se crisparon cuando conectó su airada mirada en ella. Kagome dio un paso inconsciente hacia atrás— Especialmente… con esa mujer cuyo olor es insoportable— y saltó hacia ella.
Kagome echó a correr, sabiendo que él la perseguiría.
—Te haré pedazos, pequeña— escuchó su voz agravada a la espalda y sus piernas amenazaron con ceder, haciéndola caer. Pero se recompuso lo suficiente para continuar. «¡No, no puedo rendirme! ¡InuYasha me necesita!»
—¡¿Por qué haces esto?!— gritó, con el corazón en la garganta. InuYasha. InuYasha, su Yasha, ¿dónde estaba?, ¿quién era él? — ¡¿Es que no sabes quién soy?!
—¡Prepárate a morir!
«No. No. ¡No!»
—¿Prepararme? — jadeó, sin poder detenerse. Cada vez lo escuchaba más cerca, pero tenía que resistir— ¡No tengo ninguna intención de morir!
De pronto, el suelo tembló a sus pies y Kagome se cayó en el momento que un fuerte viento se levantaba. La perla se escapó de sus manos, pero apenas reparó en ella. Los surcos que habían aparecido en el suelo, justo a su espalda, habían atraído toda su atención
La joven sintió como el aire dejaba de viajar a sus pulmones.
«InuYasha me está atacando. A mí. No me recuerda. Es verdad que no sabe quién soy», sollozó en su cabeza.
Escuchó a InuYasha reír, una carcajada seca y algo macabra, y supo que se acercaba a ella, pero lo vio detenerse súbitamente a mitad de camino. Kagome observó conmocionada como una decena de luces se acercaban al cuerpo del medio demonio hasta formar un collar en su cuello. Las luces explotaron y, un segundo después, en su lugar aparecieron unas cuentas moradas.
—¿Qué… qué es eso? — inquirió InuYasha molesto mientras tocaba el objeto. Intentó arrancárselo, pero era imposible.
—¡Rápido, la fórmula! — se escuchó, entonces, la voz de Kaede a lo lejos—¡Pronuncia la fórmula!
Kagome no supo que hacer en un primer momento. Lo que sí le ordenó su muy confundida mente es que fuera a por la perla y echara de nuevo a correr.
—¡Ordénale lo que quiera y obedecerá! — siguió diciendo la niña a su espalda.
La escapada de la joven se vio truncada por un pequeño terraplén. Kagome jadeó, deteniéndose de improvisto para no perder el equilibrio, pero el suelo cedió bajo sus pies y terminó resbalando unos metros más abajo.
La perla rodó por lo que parecía ser un puente de madera, alejándose.
—¿Obedecer? ¡Menuda estupidez! — exclamó el medio demonio, saltando hacia donde estaba la perla. Sonrió arrogante cuando supo que, por fin, la tendría en sus manos. Esa humana era estúpida si creía que podía escapar de él o que era superior a él.
«No. ¿Cómo puedo detenerlo? InuYasha no me escucha. Necesito pararlo de alguna manera pero…»
—¿Seguro que me obedecerá? — susurró, observando impotente e histérica la escena— ¿Y qué le digo?
Cuando InuYasha extendió la mano para cogerla, no lo pensó. Algo desde lo más profundo de ella supo lo que tenía que hacer.
—¡Siéntate!
El cuerpo del medio demonio se estampó contra el suelo frente a sus narices como si le hubieran puesto la zancadilla aunque sin moverse del sitio. Todo gracias al hechizo que portaba ese collar mágico.
Kagome suspiró, aliviada, confundida y asustada a partes iguales.
E InuYasa gritó, iracundo y ultrajado, pero por más que intentó quitárselo, jamás pudo deshacerse de él.
Palabras: 729.
¡Siento muchísimo la tardanza! Tuve que hacer un viaje imprevisto del jueves hasta hoy y no tenía a manos ningún portátil con el que poder actualizar, así que, nada más he llegado y me he asentado, aquí os traigo el siguiente capítulo. Como compensación por no avisar, hoy en la noche habrá un nuevo capítulo.
Ayer fue mi cumple, jeje, ¿por qué decís vuestras impresiones sobre lo que os está pareciendo esta historia como regalo?
¿Cómo creéis que se solucionará todo? ¿Tendrán que empezar de nuevo?
