LII.

El cuerpo de InuYasha se envaró como si se hubiera sido convertido en piedra y sus ojos dorados rápidamente se dirigieron a ella, incrédulos y llenos de dolor, con el semblante descompuesto en una mueca.

—¿Otra vez ella? ¿Por qué no me dejas de una jodida vez en paz? — espetó con voz dura y casi gutural. Kagome sabía que se estaba conteniendo a duras penas y le dolió verlo sufrir de esa manera.

—Lo siento…— enmudeció, parpadeando repetidas veces para no ponerse a llorar. Debía ser fuerte, por ella, por él, por los dos— Pero… Mírame— le exigió tensa, sin poder echarse atrás— Mírame y dime si no te recuerdo a alguien.

InuYasha, en un principio, pareció que no iba a hacer caso de sus palabras. Pero entonces le lanzó una mirada de reojo, rápida y fugaz y tras unos segundos de tenso silencio, volvió a buscarla con la mirada. Sus ojos dorados se conectaron con los de ella y Kagome contuvo la respiración mientras el medio demonio parecía observar minuciosamente su rostro, cada palmo de ella, como si quisiera guardarlo en su memoria hasta el fin de sus días.

La muchacha retuvo el impulso de lanzarse a sus brazos y esconderse en su pecho; sabía que no sería muy bien recibida en estos momentos, a pesar de que ese siempre había sido su lugar favorito en el mundo.

Un brillo apareció en su mirada y la mente de Kagome sobrevoló hasta la estratosfera, esperanzada, pero este duró hasta que parpadeó, y tal cual vino, se fue. Súbitamente, apartó la mirada hacia el otro con la misma mueca en sus labios.

—Me recuerdas a esa tonta de Kikyo, pero ahora sé que no eres ella— había desdén en sus palabras, pero en el fondo, muy en el fondo, Kagome fue capaz de captar una pizca de aflicción que la destrozó por dentro— ¿Eres algún familiar de ella?

—No— murmuró, intentando no dejarse llevar por la devastación. Sacudió la cabeza para darle mayor énfasis— No, no lo soy. Yo…— calló, impotente, y decidió atacar por otro flanco— Tú y yo fuimos cercanos. Antes… de esto.

Increíble, vaya déjà vu estaba sintiendo, pero ahora… las tornas estaban cambiando…

Pobre de su Yasha que tuvo que pasar por todo esto…

InuYasha la miró, momentáneamente más tranquilo, y su ceño se pobló de arrugas.

—¿Qué?

—Bueno…— miró sus manos como si fuera lo más importante del universo y suspiró— No me recuerdas, pero nos conocimos antes de que pasara… esto— apretó tanto sus manos que se volvieron blancas, pero no se detuvo mientras su mente iba a mil por hora— A ti, a Kikyo…. A Kagome. Os conocí a todos y venía de visita cuando… me enteré de la situación.

InuYasha no respondió en un principio. Kagome le echó un vistazo por el rabillo del ojo y se quedó atónita cuando lo vio pálido y con el rostro desencajado, mirando un punto a lo lejos, perdido seguramente en sus pensamientos. Deseó poder consonarlo. Anheló ver, una vez más, su sonrisa sesgada, aquella que conseguía que su corazón galopara en su pecho.

—¿Qué pasó con ella? — insistió con suavidad.

El cuerpo del medio demonio se tensó, pero no se movió más allá de eso. Permaneció en silencio, como si estuviera ordenando sus pensamientos, y se llevó las manos a la cabeza para entremeter los dedos entre su pelo. Suspiró trémulamente.

—Ella…— su voz sonó suave y apagada, tanto que a Kagome le costó escucharlo— Ella ya no está. Me dejó. Me la arrebataron, una vez más. Y yo no pude hacer nada.

Los ojos de ella se abrieron. Se había imaginado una cosa así, pero el verlo de primera mano, advertir cada onza de dolor y angustia en sus palabras, era como cientos de flechas clavándose en su corazón. InuYasha, su InuYasha estaba sufriendo, creyendo que ella había muerto, y no sabía cómo ayudarlo porque parecía no reconocerla.

—¿Quién te dijo eso? — balbuceó, ordenando sus pensamientos.

—Esa furcia. Ella me lo dijo— espetó y la ira bañada cada bocanada de aire— La persona en quién yo confié… fui traicionado y vino a matarme. Y me dijo que mi pequeña había sido asesinada por unos demonios, matada por la ineptitud de un maldito medio demonio. Yo… simplemente… enloquecí.

—InuYasha…— exhaló con consternación, con las lágrimas acumulándose en sus mejillas. Ahora veía todo más claro y tuvo deseos de reír, a sabiendas de que no era el momento más oportuno: InuYasha jamás había sido malvado, como ella sabía, sino que las circunstancias lo habían hecho comportarse de esa manera.

Lo único que tenía que hacer era decirle que era una mentira, que Kagome vivía, que era ella y todo habría terminado. InuYasha dejaría de sufrir su perdida y volverían a estar juntos. Como llevaba tanto tiempo anhelando.

—Ya mi vida no tenía sentido— siguió diciendo y por la forma en la que lo hacía, Kagome estaba segura de que ni siquiera se daba cuenta de que seguía hablando— Mi pequeña estaba muerta… y ella… la mujer amaba… me había traicionado. Estaba… estoy solo…

—InuYasha— sollozó la muchacha y las lágrimas se deslizaron por las mejillas, atrayendo la torturada mirada del medio demonio— No es así. Me tienes a mí. Kagome no está muerta, yo soy…

—¡No empieces otra maldita vez! ¡No! — gritó colérico poniéndose en pie, con los ojos abiertos y enseñando los dientes— ¡No caeré en tu maldita trampa, bruja! ¡KAGOME MURIÓ! ¡KAGOME ME DEJÓ!

—¡InuYasha! — lo imitó ella, aunque tuviera el resto del cuerpo paralizado— ¡Por favor, no te vayas!

Pero sus palabras no parecieron escuchadas.

—Lo único que necesito de ti es la perla— siguió exclamando, ajeno al dolor que se veía en el rostro de ella— Tan solo eres una estúpida humana que dice muchas tonterías. Paso de escucharte.

Y saltó lejos, muy lejos de allí, sin saber que dejaba tras de sí a una devastada Kagome.

Palabras: 984.


Capítulo 1/2 del día