LIV.

«Se ha roto. La esfera de los cuatro espíritus se ha roto en mil pedazos. No teníamos suficientes problemas ya que ahora…»

—¿Cómo sigues? — inquirió Kaede, mientras aplastaba las hierbas que servían como medicina para que su herida cicatrizara antes.

—La herida se me abrió un poco cuando usé el arco, apenas tenía fuerzas para tensionar la cuerda, pero al final…—«pude llegar al demonio gracias a la fuerza regenerativa de la perla, aunque no sé yo a qué precio debí hacerlo…»—, ya se está curando. Apenas me tira cuando estiro el brazo.

—Menos mal.

El silencio se instaló en la cabaña antes de que Kagome suspirara.

—¿Hay… hay alguna novedad? — había reticencia en la voz de Kaede y la muchacha supo a qué venía; todavía seguían sin creer en la misión que ella había decidido emprender: conseguir que InuYasha volviera en sí y la reconociera.

—Ninguna. Sigue igual, aunque ahora está mucho más enfadado conmigo por haber conseguido "romper su perla" — masculló entre dientes, refregándose la cara con cansancio.

La boca de Kaede se tensó en una fina línea y Kagome supo que le estaba costando mucho contenerse para decir algo.

—Suéltalo, anda.

—¿Y si….? ¿Y si es el momento de pasar página? — murmuró, sus movimientos deteniéndose mientras su mirada se perdía en algún punto del suelo. Kagome contuvo la respiración al escucharla, pero la dejó continuar— Es decir, sé que eres buena. Te has llevado toda tu vida luchando. Pero… ¿y si dejas atrás a InuYasha? Él… Él ya no puede usar la perla y si permaneces a su lado lo único que harás será sufrir….

Unas palabras quedaron en el aire y Kagome no necesitó oírlas para saberlas: «Él no te recuerda y puede que no lo haga nunca.»

—Kaede…—suspiró, ignorando el pinchazo que asoló su pecho—No puedo. Sabes que no puedo— la fuerza que se deslizaron esas palabras por sus labios fue suficiente para que la niña asintiera con pesadumbre.

—¿Te irás con él?

¿Quién se lo iba a decir? De nuevo, otra vez caminando sin rumbo, aunque ahora… todo había cambiado.

—Eso es lo que espero— suspiró, incorporándose. Cuando salió de la cabaña en busca de medio demonio, no advirtió la mirada angustiada que le dedicó su amiga.

·

—¿Dónde tienes el fragmento, niña?

Kagome no detuvo su caminata hacia el río. Su corazón había saltado al escuchar esa reconocible voz, aunque no del miedo. InuYasha no le haría daño -ella no dejaría que llegara a tanto-, pero el saber qué estaba cerca de ella y no podía hacer nada por volver a escuchar su nombre salir de sus labios o ver la sonrisa -esa sesgada que solamente había visto dedicársela a ella-, estaba matándola cada día por dentro.

—No me provoques o…

—¿O qué? — espetó con voz fría y le echó una rápida mirada por encima del hombro. Estaba siguiéndola, con el ceño poblado de arruga, y los brazos cruzados— ¿Qué vas a hacerme? No puedes tocarme.

La mirada ambarina del medio demonio descendió hasta el rosario que colgaba de su cuello y chistó. Kagome suspiró.

—InuYasha, yo…

De pronto, algo saltó, estrellándose contra el medio demonio quién no tuvo los suficientes reflejos para apartarse. Kagome se giró y se sorprendió al encontrar un montón de cabello rodeando el cuerpo del muchacho como si fuera una soga.

—¿Qué está pasando? — se retorcía InuYasha, incapaz de soltarse— ¡¿Por qué no puedo moverme?!

—¡Cuidado, InuYasha! — exclamó Kagome y sacándose la daga del cinto, se acercó a él.

Los ojos de InuYasha se abrieron y la inquietud cruzó por su mirada antes de sorprenderse porque esa estúpida humana…. lo hubiera liberado con un cuchillo.

—¿Estás bien? — inquirió ella observándolo con preocupación.

El medio demonio se quedó un segundo en silencio, sin saber qué hacer o qué decir, entonces una mueca de desdén se deslizó por sus labios.

—¡Keh! ¡¿Te crees que soy un debilucho humano?!

—¡Ahí viene más!

InuYasha buscó a su alrededor con frenetismo.

—¡¿El qué?! ¡No lo veo!

«¿InuYasha no es capaz de ver todo ese cabello?»

No lo pensó. Se tiró hacia el cuerpo de él y sintió sus brazos rodearla en un movimiento automático antes de que ambos se estrellaran contra el suelo, ella cayendo encima suya. Sus rostros quedaron a tan solo un palmo y durante un pequeño instante, sus respiraciones se detuvieron, mientras se observaban en silencio.

Entonces, ella gritó cuando esos mismos cabellos la apresaron de la cadera. Sus muñecas también fueron rodeadas segundos después y Kagome se vio volando.

—¡Cuidado! — oyó el grito de InuYasha.

Su mano se crispó y con las garras intentó cortar la soga improvisada, pero no podía verlo, solo se movía por instinto. Este pareció no fallarle cuando consiguió soltarla, cogiéndola antes de que su cuerpo diera contra el suelo.

—¿Estás bien? — le preguntó, tenso, fijándose en que no tuviera ninguna herida.

El tono de voz usado y su expresión le pareció extrañamente familiar y el corazón de Kagome aleteó como un colibrí.

—E-estoy b-bien— murmuró y exhaló cuando InuYasha la soltó sobre sus pies. Algo cálido se posó sobre ella y Kagome no tardó en descubrir que se trataba de la parte de arriba de su traje.

—Toma, humana escuálida, no puedo concentrarme si tengo que estar protegiéndote— farfulló sin mirarla.

Y Kagome recordó una ciudad en llamas, esos mismos ojos -intensos y penetrantes- observándola mientras le lanzaba la tela, ordenándole que la usara. «¿Puedo confiar en ti?», le había preguntado ella, después de eso. Y él le había dicho…

—Me protegerás con tu vida— susurró Kagome.

Algo en los ojos de InuYasha pareció arder.

En ese momento, se escuchó una carcajada aguda y frente a ellos apareció Yura, esperando hacerse con el fragmento de la perla que portaba la muchacha. El momento que pareció formarse en ellos se esfumó y pronto sus mentes estuvieron centradas en otro asunto mucho más importante como… no morir.

Nada que no hubiera superado juntos antes.

Palabras: 989.