LV.

—Siéntate.

Plaf.

InuYasha golpeó contra el suelo bajo la -ligeramente- satisfecha mirada de Kagome.

—¡¿Pero qué haces?! — exclamó el medio demonio fulminándola con la mirada.

Kagome no se dejó intimidar.

—Saliste herido de la pelea con Yura, así que déjame curarte. No queremos que mueras desangrado.

—¡No, déjame! ¡¿Has olvidado quién soy?!

«El mismo cabezota de siempre. No importa lo que pase, nunca cambiarás», no pudo evitar pensar con una sensación agridulce en el estómago.

—¡No seas pesado, déjame mirarte las heridas!

—¡Qué estoy bien! ¡Ya se me han curado todas!

—¿De verdad? — insistió. No era la primera vez que la escondía para hacerse el fuerte o alguna tontería de esas, y ella terminaba descubriéndolo.

—¡Keh, que sí, histérica! — espetó él con el ceño poblado de arrugas. Kagome suspiró y decidió darle un voto de confianza, por más que supiera que, aunque estuviera desangrándose en esos momentos delante de ella, no le diría nada.

InuYasha farfulló algo, aunque sus refunfuños se detuvieron cuando su atención se desvió a un lugar de su pecho. De pronto, se lo golpeó con la palma de su mano, sorprendiendo a Kagome y esta advirtió la pequeña figura que había en ella.

—¡Cuánto tiempo, señor InuYasha! — exclamó un pequeñísimo hombrecito, con un pico raro, cuatro brazos y una ropa acorde a su altura.

—Miyoga, ¿qué haces aquí?

·

El viejo Miyoga, quién resultó ser el guardián de la tumba del gran Inu no Taisho -padre de InuYasha- y un antiguo amigo de la familia, había venido para traer la noticia de que alguien quería abrir la tumba del padre de InuYasha. Mientras InuYasha observaba el baile de las llamas que ardía en la cabaña donde Kaede y Kagome se quedaba, la muchacha pensaba que nunca había conocido a ese pequeño-demonio-guardián ni que tampoco sabía gran cosa del padre del medio demonio, pues aunque conocía su existencia y sabía que había sido un demonio muy poderoso, ni Izayoi ni InuYasha le habían dicho muchos datos de él. Ella tampoco es que hubiera querido preguntar por él, había podido darse cuenta desde un primer momento que era un tema muy delicado.

—¿Y dices que llevas años con el señor? — le preguntó Miyoga cuando InuYasha salió de la cabaña como alma que lleva el diablo cuando el demonio pulga mencionó a su madre.

Kagome suspiró viéndolo partir y asintió.

—Yo… Ellos me criaron como si fuera una más. No tenían nada, pero me lo dieron todo… Izayoi… fue como una madre para mí…

Miyoga, con sus cuatro brazos cruzados, cabeceó mirándola de forma inquisitiva.

—Fue una gran pérdida su muerte, una mujer tan fuerte y bonita…

El silencio se instaló en la cabaña por un pequeño instante.

—Voy a… voy a ver a InuYasha— murmuró poniéndose en pie.

—No te escuchará, ese muchacho es muy terco.

Kagome sacudió la cabeza con una nostálgica sonrisa apareciendo en sus labios.

—InuYasha merece que lo intente.

·

Estaba llegando al árbol en el que se encontraba InuYasha cuando un viento se levantó y con ello vino una mala sensación que sacudió el cuerpo de la muchacha. Apenas tuvo tiempo de abrir la boca, que sintió un golpe en la cabeza, estrellándola contra el suelo.

—¡Kagome, al suelo!

—¡InuYasha! — espetó con ira sintiendo el rostro embarrado.

—¡Sshhh! ¿No lo sientes? Es una presencia malvada— dijo InuYasha, ajeno a lo que ella pudiera decirle.

Y entonces lo vio. Allí a lo lejos, en el cielo, un carro que parecía estar surcando las nubes. Algunos demonios verdes y pequeñitos parecían estar custodiándolo. Y a su espalda, una estera, que impedía ver quién se encontraba en su interior, se ondeaba con el viento.

Kagome sintió un estremecimiento recorrerla de arriba abajo; la sensación de que algo muy malo estaba acercándose y que ella no podría hacer nada por evitarlo.

—¡Madre! — exhaló InuYasha, sin aliento, cuando pudo atisbar su imagen a través de las ondulaciones.

Y allí estaba ella: con su cabello azabache, su rostro níveo, su familiar y angustiado semblante que se descompuso en una mueca de dolor.

—¡InuYasha, hijo! — gritó la mujer, quien fue incapaz de moverse por tener las manos apresadas con unas cadenas de hierro.

InuYasha, con el rostro pálido y descompuesto, dio un paso hacia delante.

—¡Madre!

De pronto, un monstruo apareció en el cielo, de entre las nubes, terroríficamente grande y con sus garras apresó el carro donde iba Izayoi, destrozándolo y cogiendo a la mujer como rehén. Kagome sintió el corazón en la garganta y las piernas a punto de colapsarse.

«¿Ella es mamá? ¿Qué está pasando? ¿Co-cómo es posible? No, por favor…», sollozó en su cabeza.

—¿Aún te acuerdas de tu hermano mayor, InuYasha?

Palabras: 774