LVI.
En medio de todo el horror que Kagome estaba sintiendo, la incredulidad por la noticia que acababa de escuchar hizo que diera un paso al frente y observara, conmocionada, al recién llegado. Al hombre de pelo albino, semblante anguloso y gélidos ojos dorados, ataviado con un ropaje blanco y escarlata, armadura de acero y una estola también albina. Ese hombre… daba miedo, mucho miedo.
Sus ojos indiferentes y penetrantes la hacía sentir como si no necesitase parpadear para acabar con sus míseras existencias.
—¿Her-hermano mayor? — murmuró, trémula.
Los ojos de ese ser se deslizaron hacia ella y Kagome sintió un estremecimiento recorrerla de arriba abajo.
—¿Te acompaña una humana? Qué estúpido… juntarte con patéticos seres como ellos…— fue la respuesta de él en un tono gélido y casi sarcástico— Pero es lógico, naciste gracias a un ser humano. ¡Eres la vergüenza de la familia!
—¡Maldito Sesshomaru! ¿Has venido a verme solo para burlarte? — rugió conteniéndose las ganas de hacerle pedazos.
—Eres idiota si crees que perdería el tiempo de esa manera. Dime dónde está la tumba de nuestro padre.
—La tumba… ¡yo que sé dónde está! — espetó con desdén y entonces sonrió burlón— Aunque si lo supiera, nunca te lo diría.
—Ya veo… parece, entonces, que tu madre seguirá sufriendo por tu culpa.
Una luz nació de sus dedos con forma de látigo y golpeó al demonio que sostenía a la mujer, haciendo que este gruñera e Izayoi gritara por el dolor. Kagome tuvo que apretar las piernas para no caerse mientras sentía a InuYasha temblar delante de él.
—¡No me engañarás! ¡Mi madre murió hace años! — gritó y aunque parecía verse seguro, Kagome fue capaz de advertir el ligero temblor en sus palabras— Si creías que iba a caer en uno de tus trucos, estás muy equivocado.
«Izayoi murió. Nosotros la enterramos, fui durante meses a llevarle flores a su tumba. ¿Qué está pasando?» sollozó Kagome observando la escena con el cuerpo paralizado.
—¿Un truco? — repitió Sesshomaru con lentitud.
Una nueva figura apareció, con la forma de una rana pequeñita con ojos amarillos y saltones, y sonrió con ironía en dirección al medio demonio.
—¿Cómo puedes dudar de la palabra de mi señor? Para él ha sido fácil reclamar un espíritu del reino de los muertos y ponerlo en un cuerpo nuevo. Debe ser difícil para una madre que su hijo lo repudie… especialmente una que acaba de volver a la vida.
Las cuerdas que la retenían se tensaron y la mujer gimió el nombre de su hijo.
—¡Izayoi! — gritó Kagome con dolor e ira. «No, no, su madre no merecía que le hicieran esto».
Pero ella parecía no escucharla, ni siquiera la había mirado cuando la había llamado, y algo dentro de Kagome palpitó. No sabía qué era, si una voz interior o su desesperación, pero sabía que algo no iba bien. Si ella era Izayoi… si era su madre, ¿por qué no la había llamado? ¿O por qué no parecía reconocerla?
¿Qué estaba pasando?
—Tranquilo, hijo… no es la primera vez que muero…— exhaló Izayoi a media voz y Kagome rememoró su misma voz cantándole cada noche antes de dormir, susurrándole lo mucho que los quería y lo feliz que era de tener a sus hijos a su lado.
No, no, podía ser… Había algo… algo… que…
InuYasha perdió la razón cuando Izayoi dejó de tener conciencia. Gruñendo con ira, corrió hacia donde el demonio la tenía retenida y consiguió liberarla con ayuda de sus garras.
—Mamá— susurró Kagome con el corazón a mil, corriendo hacia donde estaba ella.
—Coge a mi madre y corred— bramó InuYasha colérico.
Pero Izayoi no despertaba y Kagome iba sintiendo mayor desesperación. Por eso, no pudo ver al demonio de nuevo ir a por ella y fue demasiado tarde. InuYasha consiguió meterse por medio en última estancia para defenderlas e Izayoi recobró la conciencia. De pronto, una luz apareció en sus manos mientras gritaba el nombre de su hijo, y entonces todo se volvió oscuridad.
·
Cuando Kagome recobró la conciencia, se encontraba en un lugar cálido y apacible. Era un bosque, uno que se le hacía demasiado familiar pues lo conocía como a la palma de su mano, que la invitaba a dejarse llevar y olvidarse de las preocupaciones…
Pero estas eran demasiado poderosas y le fue imposible.
Entonces, lo supo. Supo que la imagen que tenía delante de sus ojos era una mentira. Esa no era Izayoi. No sabía cómo, pero de alguna manera, el hermano de InuYasha había conseguido traer a alguien que se hacía pasar por la mujer, pero no era ella. Porque su madre… jamás se habría olvidado de la niña que llegó a querer como a una hija más. Además, Sesshomaru se sorprendió de ver a InuYasha con una humana, lo que quería decir que no sabía de su existencia, ni tampoco que ella había conocido a Izayoi, y eso podía usarlo en su contra.
Debía decírselo a InuYasha, aunque desmontara la imagen que había construido como "conocida" de ellos; aunque se ganara el odio de él por sacar nuevamente el tema de que ella era Kagome.
Intentó moverse y pronunciar su nombre, pero su cuerpo no respondía y sintió pánico. Era como si unas cadenas la hubieran aprisionado.
El mundo se volvió frío y oscuro, mientras las figuras de "madre" e hijo se abrazaban frente a sus ojos cada vez más y más lejanas, y Kagome sintió esas mismas cadenas ciñéndose sobre ella, impidiéndole casi respirar. De pronto, el lugar había dejado de ser el bosque de su infancia para convertirse en un lago putrefacto lleno de cadáveres y esqueletos.
—¡Señorita Kagome! — era la voz de Miyoga, quién había venido a ayudarla.
—Miyoga— exhaló con alivio.
Era el momento de poner las cartas sobre la mesa. InuYasha iba a escucharle, aún tuviera que chillarle en el oído.
Palabras: 972
¡El momento se acerca! :o
Pd: Perdón por la hora (23:10h España) pero los examines me están matando, apenas tengo tiempo pa mi. Pero que sepáis que, a pesar de todo, no me olvido de vosotros.
