LVIII.
El mundo pareció detenerse en el momento que volvieron al mundo real, dejando atrás el que se encontraba escondido en la pupila del ojo del medio demonio, el escondite que había escogido su padre para su tumba.
Kagome e InuYasha cayeron uno al lado del otro y durante un segundo, no supieron qué hacer o cómo moverse. Entonces, las piernas de Kagome cedieron y terminó de rodillas contra el suelo, las piedrecitas pinchándole la piel pero sin importarle menos.
Su respiración iba a mil por hora, junto con el frenético latido de su corazón y su alterada mente, que no hacía más que recordar lo que había sucedido hacía tan solo… ¿qué? ¿Minutos? ¿Horas? ¿Días? Todo había sido tan confuso y caótico que…
—Kagome.
Su respiración se atragantó en el momento que lo escuchó decir su nombre. Esa voz grave y melódica que tanto había añorado, ese tono tierno que solamente había escuchado decirle a ella, pero que estaba impregnado de un tinte de confusión… y miedo. Alzó la mirada y lo encontró frente a ella, paralizado y mirándola como un ciego mira la luz del sol por primera vez. La espada de su padre, la temible Tessaiga, descansaba en su mano, pero solo era el frágil esqueleto de lo que se había convertido tiempo atrás cuando luchó contra Sesshomaru y le tajó una de sus extremidades.
—Inu… Yasha…
¿Era verdad ese destello de reconocimiento en sus ojos? ¿Por fin se había terminado la pesadilla? ¿Sabía que era ella? ¿La recordaba? ¿Todo había vuelto a la normalidad?
—Tú… Kag-mi pequeña….— jadeó él y, frente a sus ojos, lo vio también caer de rodillas, el arma deslizándose de sus manos hasta golpear el suelo, sin importarle al medio demonio. Él solo… solo podía mirarla en ella y rezar a cualquier dios que existiera y que hacía tiempo que le había dado la espalda para que no lo despertara de aquel sueño que creía que estaba viviendo— Ella me lo dijo… Me juró que tú… Y yo no…— su voz se rompió y junto a eso, una lágrima se deslizó por su mejilla.
Kagome sollozó y se apresuró a acercarse a dónde estaba él, uno frente a otro, sus manos corriendo hasta el rostro de él para que ser Kagome, por primera vez, quién le enjuagara las lágrimas a su amado, devastado y agónico medio demonio.
—Te mintió— lloró ella también, inclinándose hasta que sus frentes se rozaron— No morí, InuYasha. Estoy y siempre estuve aquí, a tu lado, esperándote. Siempre lo estaré, Yasha. Te lo juro.
Él gimoteó algo por lo bajo y sus manos acunaron el rostro de ella para que sus miradas se encontrasen. Oro y chocolate. Húmedos y perdidos. Esperanzados e incrédulos. El sentimiento de volver al hogar, a un lugar que sabía que era suyo y que había añorado por lo que parecía ser una eternidad, pero que alguien lo había robado de sus recuerdos.
—No pude… no pude reconocerte— murmuró, su voz sonando frágil y trémula, su cuerpo entero temblando por todos los recuerdos que se amontonaban en su cabeza— Todo este tiempo, tú… Te ataqué. Yo… pude…
—Pero no pasó nada. No eras tú— ella sacudió la cabeza, enérgica y demandante, rogándole que la escuchara y no se fustigara más, deseando que todo el dolor que sentían se arrancase de raíz— Sabía que no eras tú. Te hicieron algo. Lo sé. Tú jamás me harías daño. Por favor, escúchame.
Una nueva lágrima se deslizó por la mejilla de él y Kagome cerró los ojos, su corazón a punto de escapársele por la boca, y esta vez la quitó con sus labios, cuando se inclinó para besarle la mejilla con tanto amor y anhelo, que fue capaz de destruir la pequeña coraza que se había construido durante las últimas semanas en el corazón del medio demonio.
Sus brazos la rodearon, apretándola contra él, incapaz de aguantar un mísero centímetro entre sus cuerpos, y Kagome se dejó hacer, acurrucándose en su pecho; dos piezas de un puzzle que encajaban a la perfección. La armonía del universo en dos seres.
—Te creí muerta… pensé que tú… Quise morir, pequeña, deseé morir cuando lo supe...
—Lo sé, pero estoy aquí, a tu lado, y siempre será así. Nada ni nadie nos separará.
—Los mataré— juró él y aunque no fue más que un murmullo roto que se perdió en la piel de su cuello, sonó como la más fiera y solemne de las amenazas que hubiera dicho jamás— No sé qué me hicieron, cómo pasó todo esto, pero... te juro… te juro que mataré a todos y cada uno de los que nos hicieron esto. No descansaré hasta encontrarlos. Te lo debo, por… joder— exhaló y Kagome no replicó cuando sintió sus brazos tensarse a su alrededor; todo él temblaba y ella jamás lo había visto así—, soy un maldito imbécil que no hace más que hacerte sufrir… lo… lo siento mucho. Perdóname, por favor, pequeña.
InuYasha no sabía lo acertada que era su afirmación y Kagome no hizo nada por desmentir sus palabras. Sin embargo, debido a la emoción que la embargaba y que prácticamente le salía por los poros, rio -rio como llevaba muchísimo tiempo sin hacer- y sus dedos se colaron entre la hebra de su cabello, adorando la suavidad y calidez que siempre desprendía esa zona.
—Te salva el hecho que no pueda vivir sin ti— le confesó sin importarle las consecuencias.
InuYasha metió el rostro en el hueco de su cuello, aspiró el aroma que simbolizaba su hogar y su vida, y soltó una débil carcajada.
—Antes me arranco el corazón del pecho que vivir tu pérdida una última vez. Eres mi vida, Kagome, mi pequeña Kagome, y pienso pasarme toda nuestra maldita existencia demostrándotelo.
Palabras: 961
¡Sorpresa, sorpresa!
¿Qué? ¿No os esperabais, eh?
Pues sí, hoy estaba de buen humor y leyendo vuestros comentarios me he dado cuenta que os hecho sufrir bastante y el anterior capítulo era un poco... mierda, porque, venga, ¿cómo iba a ponerles un reencuentro bonito si estaban intentando salvar sus vidas y cobrar venganza? Así que, aquí está, el verdadero "despertar" de InuYasha. (Y uno de mis capítulos favoritos en esta historia) Shanny-Skoll98, ¿te parece este lo suficiente emotivo? ¡Por favor, como si no me conocierais! Adoro los sentimientos y lo dramático, tenedme un poco de paciencia.
En fin, InuYasha, por fin la recuerda, ¡yupi! Lo que el pobre no sabe que ahora viene la parte más "difícil" jejeje, ¿qué creéis?
