LXI.
La primera vez que Kagome vio a InuYasha como humano por el influjo de la luna nueva ella tan solo tenía meses de vida y, por supuesto, no era consciente de ese hecho. Esa noche, InuYasha la sostuvo en sus brazos sin temor alguno a hacerle daño por primera vez desde que la encontró en el bosque y durante horas estuvo acariciando su carita, sus pómulos regordetes, la suave curva de su nariz, sus pequeñas manitas; maravillándose de como un ser tan perfecto como ese podía descansar tan tranquilo en los brazos de un medio demonio. Su madre, quién los observa a ambos con una sonrisita embobada, le había dicho:
—No te teme.
—Claro, porque está dormida y esta noche no soy peligroso.
—¿Por qué no lo intentas mañana? — replicó la mujer intentando no poner los ojos en blanco ante la testarudez de su hijo— Te aseguro que ocurrirá lo mismo.
Y sorprendentemente -en realidad no, para Izayoi nunca lo fue-, InuYasha hizo caso a sus palabras y la pequeña Kagome… no protestó. Parecía gustarle estar en sus brazos.
Pero fue a la tierna edad de casi dos añitos cuando la pequeña de la casa se dio cuenta que algo raro pasaba con su Yasha durante una noche al mes.
—¿Orehita ahiba? — preguntó esa noche estirazándose para llegar a ellas mientras el muchacho la sostenía por debajo de sus axilas para auparla.
—Ajá, ahora no puedes cogerla, ¿eh? — se burló el medio demonio, pues la niña había cogido la molesta costumbre de querer tocarlas cada vez que las pillaba moviéndose. Casi se sentía como su juguete personal cuando la escuchaba reír al tenerlas y, maldito fuera él, si no podía hacer nada por negarse; amaba escucharla reír.
—¿Orehita?— lo observó con sus ojos como platos, casi asustada— Quelo orehita.
—No están— le sonrió triunfante— Lo siento, esta noche no puedes molestarme, pequeña granuja.
Su ceño se pobló de arrugas.
—¡Orehita! ¡Quelo orehita! — exclamó enfurruñada.
InuYasha no supo si sentirse sorprendido por el fiero deseo de la pequeña por ver las malditas orejas de perro que lo hacían ver un demonio o aliviado de que esa noche pudiera librarse de ese juego que no le gustaba. Las lágrimas que asomaron en ese momento por los ojos de la niña causaron que el pánico cundiera en el muchacho, quién rápidamente la acunó en sus brazos, mirando con nerviosismo a su madre. Izayoi, silenciosa espectadora de la escena, se limitó a sonreír inocente y encogerse de hombros. «Es tu batalla, lucha tú por ella», prácticamente le dijo.
—Ssshhh. Por favor, pequeña, no llores.
—Orehita— sollozó ella con más fuerzas como si hubiera perdido algo preciado en la vida.
Y, por primera vez en su vida, InuYasha anheló tener esos rasgos que siempre había odiado por hacerlo ver diferente y peligroso al mundo. Por ella, jamás los vería con los mismos ojos.
Los años pasaron y Kagome una vez supo la verdad que se escondía tras su amado InuYasha -que era mitad demonio y mitad humano y que una vez al mes se convertía en un humano por completo-, entendió la importancia que ello tenía para su Yasha. Y, de pronto, se encontró ante un InuYasha humano y protestón que la mandaba a dormir una y otra vez, llamándola estúpida por quedarse despierta junto a él.
«¡No! ¡No voy a dormir hasta que tú lo hagas!», espetaba cada noche ante sus reclamos.
«¡Pero mírate, estás que te caes de sueño! ¡No necesito de tu compañía!»
«¡Me da igual! ¡He dicho que no! ¡Si tú estás despierto esta noche, yo también lo estaré!», insistía sin dar su brazo a torcer y terminaba sus irrevocables deseos sacándole la lengua y con un: «Además, tú no me mandas».
Con eso, InuYasha caía rendido y refunfuñando le dejaba un hueco junto a él en el fuego, y se acurrucaban bajo una misma manta, y como cada noche, cuando el sol despuntaba el alba, Kagome caía dormida en sus brazos, incapaz de aguantar un segundo más despierta, pero dando lo máximo de sí misma por su InuYasha.
Y esas noches dejaron de ser el recuerdo de su inferioridad, de su rareza, de su maldita condición en la que no era un demonio completo pero tampoco un humano, y por ello excluido del mundo y la sociedad; para ser otro momento más compartido con su pequeña, ambos charlando de cualquier cosa, en los brazos de él escuchando el firme latido de sus corazones o simplemente estando.
Cuando Izayoi murió y fueron arrancados de su hogar, siguieron el mismo patrón. Juntos, siempre juntos, apoyándose el uno en el otro en los mejores y los peores momentos.
Y la primera vez que se transformó en humano, solo en el bosque, cuando Kagome estaba viviendo con los exterminadores, se sintió más solo y perdido que nunca. Echaba de menos esa parte esencial de sí mismo que ahuyentaba a sus demonios más profundos. Dos días después, escuchó la conversación entre las dos amigas y supo, sin lugar a duda, que no podían seguir las cosas así: que la única manera de ser era que renunciara a una parte de sí mismo para poder seguir junto con su pequeña.
Pero el destino es caprichoso y nunca habría adivinado que encontró en esa aldea algo más que un escape de su realidad, que esa sacerdotisa sería tan importante para él, y que por primera vez se sentiría confiado de mostrarle su lado vulnerable a otra persona que no fuera Kagome y su madre. Aquello no terminó bien. Traición, dolor, lágrimas y sangre podría ser un buen resumen de lo que ocurrió esa mañana, pero InuYasha odiaba pensar en ello.
Y ahí estaban: una noche más siendo luna nueva.
E InuYasha supo sin duda alguna que, a pesar de todo lo que habían pasado, aunque esta noche se convertiría de nuevo en humano, Kagome y él vencerían a esas estúpidas demonios-araña.
Porque su pequeña sabía guardarle las espaldas y apoyarlo hasta en las noches más difíciles.
Pueeeeehhh, ¿quién no los echaba de menos cuando Kagome era peque? De verdad, he adorado volver a escribirlo en sus principios y me he sentido muy soft con este capítulo, lo juro. Una Kagome cabezota por querer la orejas de InuYasha e insistiendo en quedarse a su lado es lo mejor de la vida.
Ahora, hay algo que quiero decir y me vais permitir poder ponerme un poquito seria: hay varios que han dicho que preferían la relación de antes porque se centraba en ellos y que ahora apenas pasa nada. No me molesta, al contrario, me gusta conocer lo que pensáis, pero creo que tengo que hacer una aclaración. Escribir no es tan fácil como parece y escribir una historia entera en capítulos en menos de 1000 palabra, muchísimo menos. Es decir, tengo millones de cosas que decir y muy poco espacio, aunque no lo parezca, y eso me frustra muchísimo. Porque tampoco quiero hacer diez capítulos de una misma cosa, porque sé lo que es eso. A pesar de eso, me encanta como está quedando la historia; empecé a hacerla como un reto personal y pienso terminarlo, así que solo pido paciencia. Necesito poner cosas de la trama para que la cosa vaya avanzando, para que ellos no floten en el universo, pero sí teméis que las cosas entre ellos se queden estancados es porque no me conocéis. En mi mundo, InuYasha y Kagome son OTP así que tranquilidad, habrá mucho de ellos, muchos sentimientos, muchas sorpresas y muchos problemas, os lo aseguro. Solo que tendrá que ser en pequeñas dosis porque las palabras son las que son y no puedo hacer lo contrario. Pero llegar, llegará, prometido.
Siento muchísimo toda la parrafada, pero creo que es algo que tenía que decir. Además, me he dado cuenta que los reviews han descendido drásticamente comparado con el principio de la historia y aunque intento que no me afecte, una es humana y no puedo evitarlo. A pesar de todo, os quiero muchísimo y amo todos y cada uno de los comentarios que me mandáis, os lo aseguro. Sois los mejores.
En fin, que no os molesto más.
¡Espero que os haya gustado y nos vemos en dos días!
