LXII.
Cuando InuYasha les obligó volver ese día a la aldea y Kaede les dio la noticia, Kagome no supo cómo sentirse. Lo primero que hizo fue mirar al medio demonio de forma inconsciente y cuando vio la mueca descompuesta en su rostro, una herida demasiado familiar y dolorosa ardió dentro de ella.
La hacía volver a un pasado que…
—No pude protegerla— murmuró la niña, con el brazo vendado debido a la herida que le hizo la bruja Urasue— Todavía soy demasiado débil y no pude proteger las cenizas de mi querida hermana.
Kagome se obligó a salir de sus pensamientos y rodeó con sus brazos el cuerpo de Kaede, atrayéndola hacia sí. Se notaba lo afectada que estaba. Sin embargo, su atención estaba puesta en InuYasha, quién de pronto se había dado la vuelta y caminaba lejos de la tumba sin pronunciar palabra alguna.
—InuYasha— musitó Kaede y había un ruego subyugado en su voz.
—¡Me niego! — espetó él, deteniéndose pero sin girarse— Jamás… jamás le perdonaré que me atravesara con esa flecha.
—Pero tú…
—¡Ella me traicionó y me mintió! — gritó y cuando se giró en su expresión tan solo había dolor e ira— ¡No pienso ayudar a esa maldita ahora!
—¡Y tú la mataste! ¡Ella está ahí por tu culpa!
InuYasha dio un paso hacia atrás, como si le hubieran disparado con una flecha directa al corazón. Kagome se irguió, sin gustarle a dónde se dirigía la conversación y se movió dispuesta a meterse.
—InuYasha…— le llamó en un murmullo.
Los ojos ambarinos del medio demonio se desviaron a ella y durante un segundo su expresión pareció suavizarse, pero entonces el dolor pareció llegar con más fuerza y sacudiendo la cabeza, rápidamente se giró, dándole la espalda.
—¡Dejadme en paz! — rugió. Y pegando salto, se marchó volando de allí.
·
Kagome aún no sabía si odiaba a Kikyo. Es decir, la mujer no le caía mal. Tenía las ideas claras, se preocupaba por su hermana y los aldeanos, era una sacerdotisa fuerte capaz de dar su vida por aquellos que amaba… y había amado como nadie -pero nunca más que ella, eso jamás ocurriría- a InuYasha. Por eso, y porque sabía que era una persona importante para su adorado Yasha, jamás pudo llegar a odiarla en el tiempo que vivieron juntas.
En realidad, la culpable de ser tan inocente e idiota como para enamorarse del medio demonio, de meterse en ese callejón sin salida, en ese problema sin remedio alguno… había sido ella y con gusto pagaría las consecuencias si eso aseguraba que InuYasha sería feliz.
Pero sí había algo que jamás podría perdonarle y era que hubiera hechizado a InuYasha aquel día hace más de un año. No sabía por qué había ocurrido, cómo fue que esa seria y aparentemente indiferente sacerdotisa traicionara a InuYasha, pero si había algo de lo que estaba segura es que…
InuYasha no se perdonaría nunca si dejaba de lado a Kikyo, aun pensando que ella hubiera sido la culpable de todo lo que había pasado.
Porque ella lo conocía, había convivido con él y sabía cómo pensaba y qué deseaba, y también sabía que, pasara lo que pasase, una parte de su InuYasha siempre le pertenecería a la antigua guardiana de la perla.
Así que allí estaba: caminando hacia dónde estaba él, con una fingida sonrisa tranquilizadora en sus brazos y recogiendo los cachitos que era su corazón mientras le decía que debían ir a salvar los restos de Kikyo. Que no podían darle la espalda, no, al menos, a la pequeña Kaede.
Él no respondió y cuando apartó los ojos de nuevo de ella, algo en el interior de la muchacha se encendió y, cogiéndolo por un mechón de su pelo, lo obligó a que lo mirase.
—¡¿Por qué extraña razón no me has mirado a la cara desde ayer por más de un segundo?! — gruñó, incapaz de poder contenerse más. Se obligaba a darle tiempo, pero había veces en los que se sentía tan cansada… y egoísta…
—No es por nada, Kagome.
—¡No me mientas! Yo te lo diré: es porque te recuerdo mucho a Kikyo, ¿verdad? ¿Por eso no me soportas? ¿Me odias?
—¡¿Qué?! — exclamó él y había conmoción e incredulidad en su mirada— ¡¿Odiarte?! ¡¿Qué mierda estás diciendo?! ¡¿Y qué cojones es eso de no te miro porque te pareces a ella?!
—¡Tú me lo dijiste! — espetó ella, las arrugas formándose en su entrecejo— ¡Cuando despertaste tú… me confundiste con ella!
«Había deseado por un año escuchar mi nombre salir de tus labios y lo primero que haces en nombrarla a ella…»
Las cejas del medio demonio se unieron en una sola mientras hacía memoria. Cuando el recuerdo pareció llegar a él, sus ojos se abrieron y masculló algo por lo bajo en el momento que su expresión se suavizada y algo parecido a la culpa se adueñaba de él.
—Kagome…
—Da igual— farfulló por lo bajo sacudiendo la cabeza— No quiero hablar de ello.
—Pequeña…— las manos de él acunaron su rostro con suavidad y firmeza, obligando a que sus miradas se encontrasen y Kagome sintió su respiración detenerse al ver sus ojos tan cerca y tan… intenso— Sabes que en ese momento yo no estaba en plenas facultades… yo nunca… yo…— balbuceó y Kagome admiró el tierno rubor que se adueñó de sus mejillas— Jamás te confundiría con Kikyo, ni con nadie. Tú eres única para mí, pequeña. Te lo juro.
El nudo que se había adueñado de su garganta le impidió hablar. Así que no pudo más que asentir mientras sentía las manos de él rodeándola, acercándola de una forma que le parecía demasiado dulce e… íntima. Su corazón bombeó hasta casi salírsele del pecho cuando InuYasha no apartó la mirada de ella y durante un milisegundo… juraría… que había mirado a sus labios…
No, imposible.
Tenía que ser un producto de su imaginación, porque como si le hubieran quemado, InuYasha se apartó de ella, dejándola bastante perdida, asustada… y mortificada.
Palabras: 997
