LXIII.

Kikyo caminó hacia ella -pasos vacilante y temblorosos- y Kagome necesitó un par de segundos para descubrir que no era un producto de su imaginación, sino que realmente estaba sucediendo.

Kikyo debía estar muerta desde hacía un año, sin embargo…

Exhaló todo el aire de sus pulmones sintiendo una horrible sensación en el pecho. Era Kikyo, su viva imagen, pero había algo… quizás sus ojos… había algo en su mirada que hacía completamente diferente a esa Kikyo con la guardiana que había conocido. Había una oscuridad y vacío en ellos que conseguía ponerle los pelos de punta.

«¿Qué está pasando?»

—La regeneración del cuerpo con las cenizas y la tierra de la tumba ha sido un éxito— exclamó Urasue y una orgullosa sonrisa se deslizó por sus labios mirando a la joven que se encontraba atada y metida en hierbas dentro de una bañera—, ahora solo tengo que recuperar el alma.

—¿Qué? — jadeó, incapaz de apartar la mirada de Kikyo.

«¿Cómo que el alma de Kikyo? ¿Y por qué me necesita? ¿Quiere quitarme mi alma? ¿Por qué yo?»

—Gracias a estas hiervas medicinales dentro de muy poco tiempo tu alma saldrá del cuerpo y de esa manera volverá el alma de Kikyo.

«¿Por qué? ¿Por qué esta mujer está diciendo que yo tengo el alma de Kikyo? ¿Qué está pasando? ¡InuYasha, ¿dónde estás?!»

·

No pronuncies mi nombre…

Oyó su voz y sintió todos sus vellos ponerse de punta. La última vez que lo había hecho había sido para nombrarlo, mientras apuntaba con su arco a su corazón y con su rostro demacrado lleno de odio e ira.

Por un pequeño instante se olvidó de Kaede y Shippo que lo seguían, se olvidó de la presencia de esa maldita bruja que había secuestrado a su pequeña, incluso se olvidó de eso que parecía relucir a un lado del camino escarpado en el que se encontraban y que una parte de él sabía que era dónde se encontraba Kagome. Se olvidó de todo y de todos y solo pudo ver a la figura que se encontraba reclinada sobre la pared rocosa.

Una figura que se le hacía profunda y dolorosamente familiar.

—Kikyo.

De pronto, esa luz llamó con fuerzas y el cuerpo de Kagome se arqueó antes de que una bola fuera expulsada de su pecho y volara hacia dónde estaba el cuerpo de tierra, barro y cenizas.

Kikyo había renacido.

·

Kikyo corría, alejándose de su querida hermana, de InuYasha y de Kagome, quién había podido conseguir parte de su alma, dejándola a ella, de nuevo, como una cáscara vacía, un cuerpo hecho solo de barro y cenizas. Sin embargo, había algo que todavía perduraba en su interior y sentía que alimentaba cada parte de su cuerpo, dotándola de energía y determinación. Esa ira y esa sed de venganza hacia ese medio demonio que se aprovechó de ella cuando más vulnerable había sido, cuando quiso dar todo de ella y solo obtuvo de vuelta dolor y sangre.

No iba a morir.

No otra vez.

A trompicones siguió huyendo, sabiendo que si se quedaba cerca de esa niña, terminaría por absorber el alma que le quedaba.

Pero su camino fue truncado por un terraplén y se vio cayendo al vacío, impotente y atónita, hasta que unas manos la sostuvieron con fuerzas.

—InuYasha…— susurró cuando alzó la mirada y se encontró con esos dorados de él, advirtiendo la mueca de dolor en sus labios por el esfuerzo que estaba haciendo debido a las heridas y golpes que había conseguido hacerle ella por su ferviente deseo por destruirlo, así como él lo había hecho con ella tiempo atrás.

—Kikyo, esto no puede quedar así. Lo que te queda de alma debe volver a Kagome— exhaló con dificultad.

—¿Y qué quieres decir con eso? ¿Que debo morir?— replicó ella y mientras lo veía, recordaba todos los momentos habían vivido juntos, como también la mueca que tenía en sus labios en el momento que la hería y le arrebataba la perla de sus manos; dos caras en un mismo rostro, el rostro del único hombre al que había amado— Si vuelvo al cuerpo de esa muchacha, dejaré de existir, moriré, desapareceré… para siempre. InuYasha, eso es lo que quieres, ¿no? — le golpeó verbalmente y le satisfizo ver la confusión y el dolor en su mirada— ¿Quieres que muera? — usando sus poderes de sacerdotisa, hizo algo que jamás pensó que le haría a InuYasha: le lanzó sus poderes purificadores, intentando que la soltara— ¡Te lo advertí, el momento crucial de mi muerte será también el tuyo!

De pronto, cayeron ambos, pero InuYasha pudo agarrarse a una de las ramas que sobresalían y ninguno se hundió en el vacío. Qué ingenuo había sido. Una de sus mayores pesadillas volvía a hacerse realidad cuando, una vez más, veía a la mujer que amaba cayéndose por un terraplenen.

Y él era incapaz de salvarla.

—¡KIKYOOO!

·

«¿Por qué me traicionaste, InuYasha?», recordó la ira en sus ojos mientras le escupía esas palabras. «¡¿Por qué?!»

—Yo no te traicioné— susurró a la nada, mirando ese vacío dónde ella había caído— Tú me atacaste y me dijiste que Kagome estaba muerta. Tú me llamaste medio demonio y te burlaste diciéndome que estaba solo. Tú. Solo tú.

«¿Por qué me traicionaste, InuYasha?»

Había tanto dolor y tanta ira, y parecían tan verdadera sus palabras… que por solo segundo dudó y se planteó… que él….

—¿Qué pasó en realidad? ¿Qué pasó?

Palabras: 905


Capítulo 1/2 del día porque sí, porque puedo, porque apenas pasa nada entre ellos, lo sé, aunque es necesario para la trama, y porque debéis estar ya harta de mí y quréis el salseo que tendremos en el siguiente xd