LXIV.

—¿Cómo estás, Kagome?

La mencionada jadeó cuando pudo beber la fresca agua que corría por el riachuelo. Después, echó un vistazo a dónde estaba el pequeño Shippo observándola y le sonrió para tranquilizar las numerosas arrugas que habían aparecido en su entrecejo.

—Ya estoy mejor, Shippo, no te preocupes. Me siento bien.

—¿De verdad? — insistió sin creérselo todavía.

Kagome soltó una pequeña risa enternecida y, cogiéndolo en brazos, se incorporó.

—Estoy fuerte como un roble, ya lo ves.

—Me asusté mucho cuando no despertarse y sí lo hizo esa mujer— murmuró él, rodeándole el cuello con sus bracitos— ¿Quién era y por qué pudo hacerlo gracias a tu alma? ¿Es un familiar tuyo?

Kagome también se hacía la misma pregunta desde que había despertado y una conmocionada Kaede y Shippo le habían dicho lo que había ocurrido. Jamás pensó que… gracias a ella, Kikyo podría renacer de entre los muertos. Que parte de su alma estaría dentro de ella. La sacerdotisa, aunque sí es verdad que había un cierto parecido físico entre ellas, no le tocaba nada familia… ni había ningún lazo sentimental. No eran amigas ni nada, simplemente se relacionaban porque ambas eran mujeres importantes para InuYasha y para Kaede… pero para llegar al punto de…

Cada día que pasaba, muchas más incógnitas aparecían sobre lo que había pasado ese día; sobre la traición de ambos. Sobre las intenciones de Kikyo, el ataque de InuYasha… y su inconsciencia.

Porque hacía poco había recordado que ella intentó llegar a InuYasha cuando se enteró de todo y no pudo hacerlo debido a que una presencia maligna la asaltó, haciéndola perder la conciencia. Había despertado un par de días más tarde, según le había dicho Kaede… sin saber qué o quién había sido el causante.

Y desde ese momento… Había algo raro con ese suceso. Aún no sabía qué, pero había algo en eso que no le gustaba ni un pelo y que sabía que de alguna manera y otra estaba relacionada con todas estas incógnitas: ¿por qué ella era capaz de sentir los demonios con mayor…agudeza? ¿Por qué el alma de Kikyo estaba en su cuerpo? ¿Por qué era capaz de ver los fragmentos de la perla de Shikon? ¿Por qué tenía poderes de purificación? Más y más preguntas que se sumaban a la lista.

Shippo suspiró cuando vio como la chica se metía una vez más en sus pensamientos que no parecía querer compartir con nadie y su mirada se desvió hacia dónde estaba InuYasha, con los brazos cruzados y mirando a algún punto en el infinito, también a mil kilómetros de distancia.

Desde que esa tal Kikyo había despertado… hasta él, un pequeño demonio zorro cuyo mayor entretenimiento era molestar a ese estúpido medio demonio, se había dado cuenta que estaba más serio y recluido de lo normal, que la distancia entre ambos parecía ser mayor conforme los días pasaban. Y que todo tenía que ver con esa "recién llegada".

—¡InuYasha, reacciona, tonto! — saltó sobre él para darle un golpe en la cabeza.

—¡Maldito mocoso, ¿qué quieres?! — gruñó cogiéndolo por su cola.

—¡Que te centres en la búsqueda de los fragmentos o te vas a volver más bobo de lo que eres! — se carcajeó consiguiendo soltarse y echar a correr.

—¡¿Qué?! ¡Te vas a enterar!

Kagome suspiró, aunque no pudo evitar sonreír ante la familiar escena.

No cambiarían.

·

—¡Ni se te ocurra mirar! — exclamó Kagome mientras sentía la calidez del agua rodeándola. Ah, qué bien se estaba. Aunque se estaría mucho mejor si…

InuYasha abrió los ojos, sorprendido por escucharla. Él nunca habría pensado hacer eso, no a su pequeña, pero…

«Ni que fuera la primera vez que te vería desnuda bañándote», rechistó en su cabeza.

Sin embargo, esas veces Kagome tan solo era una cría y ahora… hasta él- no, en realidad sobre todo él- se había dado cuenta de la exuberante y preciosa figura que tenía la muchacha. Atrás se había quedado la redondez de la niñez para ir dejando paso a las curvas estilizadas que la vida deambulando de un lado a otro y enfrentándose a demonios le había hecho tener.

Maldita sea, si él no se había dado cuenta.

Y ahora… a pocos metros de él… se encontraba en el agua… desnuda…

¡Joder!

—¡¿Por qué querría hacerlo, eh?! — farfulló con las mejillas al rojo vivo, intentando con todas sus fuerzas alejar esa imagen de su cabeza.

—¡Pues yo voy a darme un baño! — exclamó Shippo mientras se quitaba la ropa— InuYasha, ven tú también.

—¡¿Qué?!

Sin ropa ya, el pequeño demonio se giró hacia él y le sonrió, enseñando sus colmillitos.

—¿Por qué no quieres bañarte tú también con Kagome? ¡Si lo hacemos todos juntos será más divertido! — añadió conforme el semblante de InuYasha se iba descomponiendo en una mueca de sorpresa— Cuando mis padres vivían, siempre nos bañábamos juntos. Me gustaba mucho.

—Tú…— abrió la boca la boca un par de veces mientras que el rubor de sus mejillas se hacía más fuerte— tú… eres un niño, no podrías entenderlo.

Shippo entrecerró los ojos en su dirección. Después, sonrió maliciosamente.

—Dime la verdad: ¿a ti te gusta Kagome o no?

La respiración de InuYasha se detuvo por lo directa que había sido la pregunta. ¿A él gustarle Kagome? La amaba como una parte de él, como alguien que lo complementaba y había estado a su lado siempre. Era un alma en dos cuerpos distintos, dos seres que no podrían vivir sin el otro. Pero era un sentimiento tan asumido que jamás que pensó… nunca llegó a imaginar lo que podría significar el verbo "gustar" -como mujer, como pareja, como… amor- y "Kagome" -su pequeña Kagome- en una misma frase.

Sintió su corazón inexplicablemente aumentar de velocidad y el horrible cosquilleo en su estómago se incrementó.

«¿A mí me gusta Kagome?»

—¡Maldita sea, cállate, mocoso, y no digas tonteras! — decidió salir por la tangente, dándole un golpe en la cabeza.

«Joder, ¿a mí realmente me gusta Kagome?»

Palabras: 992


Jujuju, más vale tarde que nunca, ¿no?

Pd: ¡Esta semana hay sorpresa!