LXV.

—Vamos, ¿sigues enfadado? — replicó Kagome con un deje de diversión. Era eso o morirse de la vergüenza, y el descubrir que InuYasha era incapaz de mirarla a los ojos después de lo ocurrido anoche la hacía sentir más emocionada y esperanzada de lo que pensó— Y eso que al final conseguiste verme desnuda, ¿o me equivoco?

—¡No te vi! — gritó InuYasha profundamente ruborizado— ¡Fuiste tú la loca que te pusiste a chillar!

Kagome apretó los labios para esconder la sonrisa que quería formarse en sus labios. Lo veía tan… nervioso que parecía incluso adorable.

Y tan… tan… irreal.

Llevaba años soñando, anhelando un momento como este y el solo pensar que…

Kagome fue sacada repentinamente de sus pensamientos por un fuerte ruido que venía de la parte de arriba de la ladera por la que iban caminando. Los tres miraron hacia arriba y cuál fue su sorpresa cuando vieron algo parecido a una roca cayendo a dónde estaban ellos. La joven ahogó un grito cuando InuYasha fue sacado del camino y unas manos la apresaron por detrás.

—No debes asustarte. Soy un hombre al servicio de Buda, solo intento…— sus manos la sujetaron con más fuerzas, y echándosela al hombro, empezó a correr para alejarse de allí lo más rápido posible— hacerme con tus fragmentos de la esfera. Tú eres un añadido, bastante bonito, por cierto.

—¿Te crees que soy un premio? — espetó y empezó a retorcerse.

A lo lejos, se oía el ruido de la batalla de InuYasha con esa gran bola y, de pronto, todo pasó demasiado deprisa. El desconocido se detuvo y abriendo su mano derecha, un fuerte viento pareció emerger de ella, succionando cualquier cosa que se encontrase en su camino.

—¡InuYasha! — gritó Kagome y sacudiéndose de nuevo, consiguió golpearle en la barriga con la suficiente fuerza como para que cerrara la mano y se encogiera sobre sí mismo, dejándole a ella el camino libre para escapar.

Corrió lejos de él, sin saber que ese hombre había conseguido lo que buscaba.

·

—¡Kagome, ¿estás bien?! — exclamó InuYasha, acercándose hacia donde estaba ella— ¿Es que estás loca o qué te pasa? ¿Qué pretendías hacer?

La joven, arrodillada junto al aparente cuerpo desmayado del monje, suspiró observando las cuentas que descansaban alrededor de la mano que poseía ese enorme poder.

—Si Miroku hubiera querido usar el poder de su mano derecha, podría habernos matado desde el principio… Seguro que se trata de una buena persona.

«Parece que lleva una carga muy pesada por encima de sus hombros… pobrecito…»

De pronto, sintió algo tocándole el trasero y sus ojos se abrieron como platos.

—¡¿Pero qué…?!— gritó, echándose hacia atrás para alejarse lo máximo posible. Sintió las manos de InuYasha rodeándola y se aferró a él, todavía con el susto en el cuerpo.

—¿Qué pasa, Kagome?

—¡Me ha tocado el culo! — gruñó, el sobresalto dando paso a una ira que la recorrió de arriba abajo.

—¡Maldito pervertido! ¡Te voy a mat-

—¡Esperad, puedo explicarlo todo! — gritó él, llevando ambas manos al frente. Y cuando sintió el cuerpo de InuYasha tensarse, prácticamente ignorando sus palabras, Kagome inspiró con fuerzas y lanzó una mirada de soslayo al medio demonio antes de coger la ropa escarlata, aunque esta vez para detenerlo.

—Habla, y espero que sea importante lo que tengas que decir— espetó lanzándole una mirada furiosa.

—Pero él…— Miroku lo miró por el rabillo del ojo dubitativo, parecía estar degollándolo con su mirada, solo un poco contenido. "Eres un hombre muerto", decían sus ojos de color ónice.

—No te hará nada, ¿vale, InuYasha?

—¡Kagome, ese maldito…!

—No volverá a hacerlo, te lo aseguro— afirmó con rotundidad y de su cintura sacó la pequeña daga suya.

El hombre alternó la mirada entre el medio demonio y la joven y sintió un sudor recorriéndole la espalda.

Parecían un dúo bastante peligroso y aterrador.

·

Fue Miroku quién pronunció su nombre y, por primera vez, Kagome e InuYasha conocieron su existencia, sin saber cuán arraigadas estarían a partir de ahí sus vidas.

Naraku.

Un malvado demonio, capaz de transformarse en cualquier cosa, que le maldijo, abriéndole un agujero en su mano que con cada día que pasaba se iba haciendo más grande y poderoso y amenazaba con devorarlo por completo en algún momento de su vida.

Y les habló de su destino por el mundo, su deseo de destruirlo para impedir que ese demonio siga libre y haciendo el mal.

Y también les contó que Naraku quería apoderarse de los fragmentos de la esfera, al igual que lo intentó una vez hace más de un año matando a la sacerdotisa que la custodiaba.

Kagome fue capaz de advertir el momento que el rostro de InuYasha mutó en una mueca de desagrado y furia. Ella también había llegado a la misma conclusión, a la única verdad que había detrás de las palabras del monje: Naraku tuvo que ver con ese día; él fue el culpable de todo lo que pasó.

«Los mataré. Mataré a todos y cada uno de los que nos hicieron esto, te lo prometo» le había dicho cuando recuperó la memoria. Y después, con las palabras de Kikyo… las supuestas traiciones

Las cartas, lentamente, iban mostrándose sobre la mesa.

—Podríamos buscarle juntos.

Shippo, InuYasha y Miroku la observaron sorprendidos por su idea.

—Os lo agradezco, pero si os quedáis junto a mí estaréis en continuo peligro— murmuró el monje apartando la mirada.

—Eso ya lo sabemos, pero si no acabamos con Naraku, tú morirás. Juntos podremos sernos de ayuda mutua.

—Kagome… veo que te preocupas por lo que pueda pasarme— la cogió de las manos, lanzándole una brillante sonrisa— Decidido, he de pedírtelo: quiero que seas la madre de mis hijos.

Días después, Kagome todavía se preguntaba cómo pudo sobrevivir Miroku a la furia albina y escarlata que se cernió sobre su cabeza.

Palabras: 968


¡En el próximo capítulo estará la sorpresa! ¿Qué pensáis que será?