LXVI.
—Su hermana… su hermana… ¡ha vuelto a decir su hermana! — masculló Kagome con el agua hasta los hombros en el lago en el que habían parado a descansar. No dejaba de darle vueltas a sus palabras, a lo sucedido y cada vez que lo hacía se iba sintiendo más y más furiosa con el medio demonio, y consigo misma— ¿Cuándo aprenderé, maldita sea? ¿Cuándo dejaré de ser tan estúpida?
« —Perdona, InuYasha, creía que erais compañeros de viaje— había dicho Miroku, mirando con los ojos como plato a InuYasha cuando se interpuso entre ellos después de la inesperada proposición de matrimonio. La mano la tenía empuñando a su espada y Kagome sabía que estaba a un suspiro de sacarla para arrancarle la cabeza— No tenía ni idea de que amaras a Kagome. Te doy… mis más sinceras disculpas.
Todo había parecido demasiado bonito. Kagome casi juraría que él… sí, por primera vez iba a decirlo sin temer las consecuencias: InuYasha estaba celoso. ¡Sí, se le veía! Ella podía ser despistada, pero no tonta. El medio demonio tenía la vena de la sien muy marcada por la furia. Lo había estado antes cuando su mano se propasó y lo estaba ahora después de sus palabras. Pero entonces, al Miroku decir eso último, su rostro se descompuso en una mueca, y sacudió la cabeza enérgicamente.
Cuando abrió la boca, Kagome deseó matarle por primera vez en su vida:
—No digas tonterías… solo es mi hermana. ¡Sí, eso! ¡Y no dejaré que propases con ella, maldito pervertido!»
¡Aaaaarrgg, ¿cuándo dejaría de armarse estúpidas esperanzas?!
¡InuYasha nunca la querría! ¡Esos comportamientos que ella veía, que podía hacerlos pasar por… celos, furia y… amor no era más que amor fraternal! ¡Tenía que dejar de levantarse castillos en el cielo y vivir más en la tierra porque cada vez la caída era más dolorosa!
Finalmente había tocado fondo: ya no más. Estaba harta de sentirse tan mal por su comportamiento, aunque supiera que no era su culpa.
Se acabó el ver su actitud protectora frente a otros hombres, especialmente con Miroku, como si estuviera celoso de sus atenciones. Sí, podría estarlo, pero porque siempre habían sido ellos -bueno, hubo un tiempo que era ellos y Kikyo-; ahora, InuYasha solo se mostraba así porque la quería y se preocupaba por ella.
No había más.
No era nada más profundo.
InuYasha la quería, sí, pero como su hermana. ¡Su hermana!
Y tendría que meterse esa idea en la jodida cabeza.
·
Caminaban por el bosque y Kagome no podía dejar de mirarlo preocupado por lo difícil que le parecía andar. Sabía que la herida que le había ocasionado en el pecho Sesshomaru cuando había conseguido robarle su espada con la ayuda de Naraku debía doler como el infierno pero, como siempre, no le importaba su propio bienestar.
«Tenemos que ir a la cabaña para curarte esa herida, InuYasha», había insistido Kagome al llegar a la aldea, junto con Shippo y Miroku.
«Antes… quiero hablar contigo», fue la respuesta de él y Kagome tuvo que seguirlo, en parte intrigada por aquello que tenía que decirle, en parte preocupada por que pudiera desfallecer de pronto.
Llegaron a dónde se encontraba el gran Goshinboku e InuYasha se dejó caer en sus raíces con una meca de dolor.
—Kagome, ¿estás bien? ¿Te has hecho algún daño? — murmuró en voz baja.
Ella sacudió la cabeza.
—Solo un pequeño chichón. Lo siento, InuYasha— respondió sintiéndose culpable por lo ocurrido—, no debí meterme entre tú y Sesshomaru. Si te hubiera hecho caso, a lo mejor, tú no habrías salido herido…
—Te equivocas— no la miraba y eso la hacía sentir más confundida y extraña, porque su mente parecía encontrarse a mucha distancia de allí. ¿Qué le pasaba? — Tu flecha me salvó la vida. Gracias.
—¿Qué ocurre, InuYasha? — inquirió, preocupada, acuclillándose delante de él.
—Supongo que sabes que el demonio que provocó la pelea entre mi hermano y yo fue el que me puso una trampa— siguió diciendo, como si llevara todo el camino pensando decir eso y ahora simplemente no pudiera parar— Eso significa que ahora… los peligros serán mucho más grande.
—Supongo que sí.
—¡¿Cómo que supones?! — la miró conmocionado por la tranquilidad con la que lo estaba mirando— ¡¿No tienes miedo o qué?! ¡Esta vez hemos salido libre por los pelos!
—Naraku es un monstruo malvado. Maldijo a Miroku y nos hizo daño; debemos recuperar los fragmentos de la perla y acabar con él.
—¡¿Pero no te das cuenta de a lo que nos enfrentamos?! — su ceño se iba frunciendo cada vez más por la testarudez de la muchacha— ¡Casi morimos antes! ¡No pareces ver el peligro que corres!
Kagome, sintiendo el cuerpo cada vez más tenso, lo fulminó con la mirada.
—¿Y qué pretendes que haga? ¡Sé que no es un camino fácil, pero no me importa! ¿Qué estás sugiriendo? ¿Que nos rindamos?
InuYasha apartó los ojos y un fogonazo atravesó la mente de Kagome.
—No— susurró, sacudiendo la cabeza con incredulidad— ¡Ni se te ocurra pedirme lo que estás pensando!
—¡No seas necia, Kagome, y escúchame!
—¡Cállate!
—Pero…
—¡Cállate!— le espetó con la furia recorriéndole su interior mientras se aferraba a la tela de su traje para acercarlo a ella. ¡¿Cómo se atrevía después de todo lo que habían pasado a alejarla?! ¡¿Qué maldita escusa era esa de su protección?! — ¡No me digas más tonterías, porque estoy cansada!
—¡TU PROTECCIÓN NO ES NINGUNA TONTERÍA!
No lo pensó.
Necesitaba dejar de escucharlo gritar, su voz bañada en frustración e ira, que no hacía más que avivar la llama que había aparecido en su pecho y que amenazaba con calcinarla por dentro de si no se tranquilizaba. Necesitaba apagar esa voz en su cabeza que le decía lo realmente estúpido que era su InuYasha, lo patética que era ella siempre a su espalda y… y…
En realidad, no sabía por qué lo hizo, solo que lo necesitaba.
Así que, cuando Kagome quiso darse cuenta, sus labios estaban besando los de InuYasha.
Palabras: 999
¿Quién no hubiera querido que pasara esto en el anime? je je je
