LXVII.
Durante un segundo, el mundo se llenó de luz y color.
Millones de luces y estrellas cruzaron la mente de Kagome mientras permanecía allí, paralizada, dejándose llevar por la sensación de sus labios sobre los de él. Notando la calidez del medio demonio demasiado cerca de ella. La suavidad de su boca. El abrasador aliento masculino.
Porque jamás pensó que llegaría a pasar algo como esto.
En realidad, sí. Lo confesaba: muchas veces había fantaseado con que InuYasha un día llegaría y la callaría con un beso, como alguna vez le había contado su querida amiga Sango que había ocurrido con los jóvenes en la aldea; que él musitaría sin aliento lo mucho que la quería y la necesitaba y se lo demostraría con un buen beso que la dejaría hiperventilando -o lo más parecido a esa imagen que una mente inocente pudiera llegar a imaginar. Pero que eso rondara en sus más profundos anhelos no significaba que no supiera que en la realidad nunca pasaría.
Por eso, pensó que estaba soñando. Que en realidad no había pasado nada de eso -el ataque de Sesshomaru, su pelea, el… impulso de ella- y que, cuando abriera los ojos, simplemente se encontraría durmiendo bajo un manto de estrellas, con el cuerpo de Shippo acurrucado junto al suyo y con Miroku y InuYasha haciendo guardia en el campamento.
Y fue por eso -solo por eso- que se dejó llevar. Total, ¿quién lo recordaría más que ella, en sus dolorosas ensoñaciones, presa de un placer culposo?
Así que hizo que sus labios ejercieran más presión -solo sentirlo un poco más, más cerca- y todo el aire escapó de sus pulmones cuando notó las fuertes y posesivas manos de él en su cintura. Deliciosamente reales y tangibles. Sus manos la apretaron con fuerza y Kagome apreció sentir cada parte de su cuerpo contra el de él; fuerte, letal y… suyo. Por ahora. Para siempre. En sus recuerdos.
¿Podría alguien estallar en llamas solo por un beso?
«Sí. Malditamente, sí», murmuró en su cabeza al notar los labios de él correspondiendo el deseo de ella como siempre se había imaginado, haciéndola sentir como arcilla bajo su boca y sus manos. Sus labios se movían, juntos, de una forma tan fácil y placentera que la muchacha sentía cada parte de su cuerpo estallar en mil pedazos para después recomponerse una vez más, más fuerte, más vigoroso, más vivo.
Pero el cuerpo necesitaba oxígeno, así que antes de lo que creía posible, tuvo que separarse con la respiración errática, las mejillas al rojo vivo y el corazón a punto de salírsele del pecho. La cabeza le daba vuelta de una manera que jamás pudo imaginar.
—Kag..
No. No quería escucharlo.
No quería volver al mundo real.
Levantó sus manos y, entremetiendo sus dedos en la cabellera albina de él, lo obligó a que se inclinara para sus labios volvieran a tener contacto. No quería pensar ni ver, solo sentir. Y su corazón aleteó con más brinco cuando sintió como él correspondía cada una de sus caricias, ciñéndola más contra él, murmurando algo que no podía entender sobre sus labios.
Entonces, él gimió. Un sonido gutural, bajo y peligrosos, que envió un millón de sensaciones a la parte baja de su cuerpo, y algo dentro de ella se activó.
Lo siguiente que supo es que su cuerpo se había sobresaltado y sus dientes habían tomado lugar en el juego, de una forma bastante dolorosa, cuando terminó mordiéndole su labio inferior.
Durante un pequeño instante, degustó el sabor de la sangre en su boca.
—¡¿Se puede saber qué te pasa?! ¡¿Por qué has hecho eso?!
Kagome trastabilló hacia atrás, abrió los ojos y su respiración se detuvo cuando se encontró con un InuYasha jadeante y ruborizado, y unos ojos del mismo tono que el oro que la estaban mirando… con ardor, sorpresa y conmoción. De su labio inferior corría un hilillo de sangre, aunque a él no parecía importarle.
Se le veía oscuro y temible. Desconcertado y ansioso.
Un hombre en estado puro.
Y ella no supo que decir. Porque nunca había sido su imaginación. Porque, maldita sea, todo lo que había pasado había sido real, maravillosa y profundamente real, y ella había… había…
«He besado a InuYasha. Y él… él me ha…»
Una vez más, no lo pensó. Antes de que él pudiera abrir la boca una vez más y le escupiera su furia -sí, seguro que se enfadaría mucho-, ella tenía que huir de allí. Correr lejos, muy lejos, y esconderse en algún lugar dónde él no fuera capaz de encontrarla por los próximos mil años. O dos mil, ya puestos.
Dio un paso hacia atrás. Y otro. Y otro.
Entonces, se dio la vuelta y echó a correr, pero un agarre en su brazo la detuvo, unos dedos dolorosa e inconfundiblemente familiares.
—¡Espera, ¿por qu-…?!
—¡Suéltame! — se retorció para zafarse, sabiendo que las lágrimas estaban acumulándose en sus ojos—¡Deja que me vaya! ¡Por favor, déjame ir!
Los segundos pasaron agónicamente largos, hasta que finalmente lo escuchó expirar con temblor y sus dedos se destensaron. Cuando Kagome se vio libre, echó a correr sin mirar atrás, las lágrimas deslizándose por sus mejillas a borbotones y con el corazón a punto de escarpársele del pecho. Si lo hubiera hecho, si se hubiera permitido un segundo de vacilación y hubiera echado la vista atrás, habría sido consciente de la figura paralizada del medio demonio que le había robado el corazón hacía mucho tiempo.
E InuYasha la dejó ir: herido, angustiado y con un millón de preguntas.
Consciente por primera vez en su vida, que su pequeña huía asustada de él.
Palabras: 941
