LXVIII.
—¿Y Kagome?
InuYasha se tambaleó, pasando por su lado, advirtiendo la mirada llena de sorpresa de Miroku y Kaede cuando vieron que había llegado solo, sin ningún rastro de la muchacha.
—¿InuYasha? — él no respondía y el ceño del pequeño demonio se iba crispado conforme los segundos pasaban— ¿Me estás escuchando, tonto? ¡Tooontooo!
—Shippo— musitó Miroku, también mirándolo inquisitivamente.
InuYasha llegó hasta la pared de la cabaña y se dejó caer con dificultad sobre ella. Sentía su herida del pecho latiéndole dolorosamente, aunque no estaba segura si se trataba del agujero o de su corazón realmente, el cual palpitaba furioso, como si quisiera escaparse de aquel lugar.
—Volverá— fue lo único que dijo, con el semblante adusto, pero con la mente a muchos kilómetros de allí— Ahora debemos concentrarnos en Naraku.
—¿Qué le has hecho a la señorita Kagome, InuYasha?
El medio demonio parpadeó, sus ojos se oscurecieron casi imperceptiblemente, pero no mostró otra respuesta física a sus palabras más que una pequeña mueca en sus labios:
—Ella vendrá pronto. Ahora hablemos de una jodida vez— sus ojos se deslizaron hacia donde la joven Kaede lo observaba en silencio a unos pequeños pasos, sin atreverse a acercarse— Quiero que me cuentes todo lo que sepas sobre lo que pasó ese día— se calló y su voz se agravó un poco más al decir sus siguientes palabras:— Por favor.
Kaede jamás lo había visto tan vulnerable como en ese momento y su corazón dio un brinquito, sobresaltada. Su atención se desvió hacia Miroku y Shippo, quienes también la estaban mirando con interés, y apretó sus labios en una fina línea. Él… había sido la persona que había matado a su hermana, quién se la había arrebatado… o, al menos, eso era lo que siempre había creído. Pero y si… ¿y si Kagome tenía razón? ¿Y si todo esto era algo mucho más grande, orquestado por alguien externo, por alguien que había deseado la destrucción de su hermana?
Y si…
Miró de nuevo a InuYasha y, por primera vez, el rencor y el odio no estaba en sus pupilas. Este pareció darse cuenta y su respuesta fue tentativa, como si no supera que esperarse a ese cambio, como si no se lo creyese del todo.
—Será mejor que hablemos de todo esto, pero dentro, aquí estamos expuestos— escuchó a Miroku decir a nadie en particular—. Reflexionemos sobre todos los nuevos datos que hemos obtenido y veamos si puedes esclarecer un poco más las cosas, señorita Kaede.
Ella en un principio no dijo nada. Después, cuadró los hombros y su mirada pasó a ser resolutiva:
—Lo haré. Pero antes tú me tendrás que dejar ver esa herida. No tiene muy buena pinta.
Había sonado tan… demandante, sincera y preocupada, tan… Kagome, que el corazón de InuYasha pegó un saltó y admiró a la pequeña niña y cómo parecía haber crecido a pasos agigantados a pesar de su corta edad. Esbozando una pequeña mueca, musitó un «keh» de aceptación que hizo sonreír a la niña aliviada por haber conseguido sus deseos.
Entraron en la cabaña y mientras InuYasha se levantaba, vio como Shippo no dejaba de echar rápidos vistazos a su alrededor, al bosque que había más allá y por donde él había llegado. Y supo lo que estaba pensado, porque a él le pasaba lo mismo. El dolor de su pecho que cada vez se iba haciendo más fuerte era imposible de ignorar, y estaba seguro de que no tenía nada que ver con la herida latente.
—Vamos dentro, enano— murmuró, levantando la estera.
Shippo lo miró, su rostro decaído, y terminó asintiendo. Una vez estando él solo, su mirada se perdió en la lejanía y recordó unos ojos achocolatados rogándole que la soltara, recordó la calidez de sus labios y su dulce aroma envolviéndole.
«¿Qué estamos haciendo? ¿Cómo hemos llegado a esto?», se preguntó, sintiendo sus piernas y manos, su cuerpo entero estremecerse por el imperante deseo de mandarlo todo a la mierda e ir tras ella para rogarle que se quedara a su lado, para apartar cualquier onza de dolor de su rostro, para volver a sentir la ambrosía de sus labios. Pero no podía, porque no podía ignorar el dolor y la súplica cuando le pidió que la soltara.
Porque, por más que sintiera como si le hubieran amputado una parte de sí mismo, jamás sería capaz de no hacer cualquier cosa que ella que le pidiera. Aunque eso supusiese su destrucción.
«Te dejo ir… pero sabiendo que volverás. Porque si no lo haces, yo mismo iré a buscarte. Y en ese momento, nunca más te dejaré alejarte de mi lado».
Se acabaron los juegos, las ideas y venidas, se acabó todo. Su parte más profunda y animal había salido de caza, había llegado a probar la dulce y adictiva ambrosía de su hembra y no pensaba dejarla marchar jamás, por muchos obstáculos y problemas que se pusieran por delante.
Finalmente, había abierto los ojos y se había dado cuenta de la verdad. De lo estúpido que había sido.
Tendrían que hablar de millones de cosas, había todavía un larguísimo camino por delante, pero si de algo estaba seguro InuYasha es que su percepción del mundo había cambiado por completo desde el momento en que probó el adictivo néctar de sus labios.
«Kagome ha nacido para ser mía, y yo de ella. No hay otra opción posible a esa».
Con ese último pensamiento, entró en la cabaña.
Minutos después, Kaede, mientras se encargaba de la herida de InuYasha con gran maestría, pronunciaría otro nombre que permanecería parar siempre en sus cabezas:
—Ese hombre se llamaba Onigumo.
936.
¡Wow! ¡No sabéis lo emocionada que estoy por todos los reviews que tuvo el capítulo anterior! Aunque supongo es normal, después de todo, han tenido que pasar 67 capítulos para llegar a este punto, que eso se dice rápido, ¿eh? En fin, que muchísimas gracias por todo vuestro apoyo y cariño, de verdad.
Eiko Shiro, pensaba hacer una doble publicación por la buena recepción que ha tenido pero cuando vi los reviwews que había me quedé vigilando esperando que pudiéramos traspasar la centena una vez más, y como ha sido así... ¡hoy publicación doble! Jejeje
¡Nos vemos más tarde, chicos!
