LXIX.
Cuando el malvado demonio lobo Royakan les atacó, se encontraban visitando la cueva dónde Kikyo había estado cuidado de aquel soldado moribundo. InuYasha apenas podía moverse por las heridas, pero no pensaba dejar que ese maldito demonio le venciera.
Este gruñía y peleaba, teniendo lobos comunes como apoyo, y a los chicos no les costó descubrir que poseía un fragmento de la esfera pues esa fuerza y agilidad era sobrenatural hasta para un demonio como él. Además, la presencia de las avispas de Naraku mermaba mucho las posibilidades de ataque pues Miroku no podría usar su vórtice y les esclarecía de dónde había sacado el fragmento.
No se necesitaba ser un genio para saber lo que se proponía con su plan.
—Necesitamos a Kagome para saber cuál es el punto exacto— masculló Miroku empuñando su báculo— Así solo daremos palos ciegos.
El rostro de InuYasha se crispó, pero no le dio tiempo a decir nada porque en ese momento una de las zarpas se dirigía a dónde estaban ellos y tuvo la suficiente rapidez como para empujar al monje a un lado y coger a Shippo y Kaede para alejarse de allí. El surco que dejó en el suelo hizo temblar la tierra.
—Maldita sea— InuYasha dejó a los niños detrás de él, y aunque unos pequeños puntos negros habían aparecido en su vista, sacó la espada de su funda— ¡Ya me estoy hartando de ti!
—¡No, InuYasha, se te ha abierto la herida! — exclamó Kaede asustada.
—¡Keh!
Corrió hacia él con todas sus fuerzas. Pero estas fallaron en el último momento y sin tener tiempo a reaccionar, esta vez el zarpazo se lo llevó de pleno, mandándole por los aires a varios metros de distancia.
—¡InuYasha!
—Te… vas a enter…— jadeó InuYasha, incorporándose, mientras escuchaba las carcajadas de Royakan.
—Prepárate a morir, sucio medio demonio.
De pronto, las orejas de InuYasha se tensaron y con ello todo su cuerpo. Porque ese aroma que había advertido, pertenecía a…
Rápidamente se incorporó y sus ojos se desviaron hacia el bosque y la figura que estaba emergiendo de entre los árboles en ese momento. Mirada de acero puro, postura confiada y un arco tensado entre sus manos.
Kagome.
Su Kagome había vuelto.
—Yo que tú no lo haría— exclamó la muchacha y su voz sonó extrañamente calmada— No si no quieres que esto sea más doloroso para ti.
Miraba a su oponente y no había ni una pizca de miedo ni duda en ella. Estaba allí, delante de él, e InuYasha nunca la había visto más hermosa, peligrosa y… mujer que nunca. Sintió su boca secarse y tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no quedarse admirándola con la boca abierta como un tonto, aunque ahora mismo lo único que desease era hacer precisamente eso.
—¿Estáis bien, chicos? — preguntó al aire, sin mirar a nadie en particular, todavía vigilando los movimientos del demonio— ¿Estáis heridos?
—¡Kagome! — Shippo corrió hacia ella con Kaede detrás, y ambos sonrieron cuando estuvieron a su espalda. InuYasha advirtió como los hombros de la chica se aligeraban, aunque seguía concentrada en su oponente.
—¿Miroku? ¿InuYasha?
—Todo bien, señorita Kagome— respondió el monje con una mirada de orgullo.
—¡Keh! — exclamó él, poniéndose en pie. Un siseo escapó de sus labios y se sintió patético. Patético y embelesado, pero sí sabía una cosa: no dejaría que advirtieran lo segundo.
Una pequeña sonrisa aliviada tiró de los labios de la chica que murió en el momento que Royakan rugió, enfurecido.
—Llevo todo el día con dolor de cabeza— murmuró Kagome, haciendo una mueca de molestia — No lo hagas tú peor.
Entonces disparó, dándole en la frente, donde relucía el fragmento de la esfera. La segunda saeta fue a parar entre medio de los ojos.
Royakan no pudo decir mucho más.
Durante un momento nadie dijo nada. Después, Shippo y Kaede explotaron en gritos de alegría y corrieron a abrazarlas. Miroku observaba a Kagome con sorpresa, como si jamás hubiera esperado un comportamiento así en la chica, e InuYasha… ni siquiera pudo recoger su mandíbula que estaba rozando el suelo.
«¿Quién es esa y dónde está mi Kagome?»
—¿Dónde has estado?
Por un instante, la máscara de serenidad y confianza Kagome se resquebrajó, pero cuando parpadeó el dolor había desaparecido de sus ojos. Entonces, sonrió suavemente:
—Solo quería dar una vuelta para despejarme. Lamento si os he preocupado, chicos.
No lo miraba e InuYasha sabía que lo hacía queriendo. Y quería gritarle, ordenarle que lo mirara a los ojos y le dijera qué pasaba por su cabeza realmente. Pero estaban los demás delante e InuYasha sabía que una vez diera riendas sueltas a sus deseos, no pararía. No podría.
—¿Estás bien? — le preguntó Kaede con su ceño poblado de arrugas.
Pero Kagome no tuvo tiempo a responder, porque su rostro de pronto de agravó y miró a un punto perdido en la distancia. Esa presencia…
—Hay alguien más— murmuró, señalando una dirección— Y tiene fragmentos de la esfera. Muchos.
Era Naraku y se mostraba tranquilo cuando le rodearon, cuando InuYasha le exigió respuestas de lo ocurrido. Una perversa sonrisa se deslizó en sus labios y lo soltó todo: la historia de Onigumo y cómo llegó a ser Naraku, su pacto con los demonios; cómo se sintió traicionado por el enamoramiento de Kikyo; cómo los engañó haciéndose pasar por el otro, causando que su confianza se traicionara…
—El primer paso fue muy sencillo. Caísteis como moscas. Pero sabía que algo faltaba, sabía que tenía que encargarme de una persona para que mi plan funcionase correctamente. Y esa persona eras tú, Kagome…— su mirada se deslizó hacia la mencionada, quién sintió un escalofrío ascender por su espalda. Reconocía esa oscuridad, ya la había sentido antes— Aunque las cosas no salieron como pensé que sería.
—Tú me atacaste. Tú viniste a mí cuando iba en busca de InuYasha para detenerlo— susurró, recordando ese momento— ¿Qué me hiciste?
Nunca obtuvo respuesta a su pregunta, pues Naraku consiguió escapar frente sus narices.
Palabras: 999.
Se viene reencuentro y que hablen cara a cara... ¿Estáis preparados para ello y para todo lo que está por venir?
Pista: ¡en tres capítulos se conocerá por fin la verdad de lo que pasó con Kagome! ¿Cuáles son vuestras teorías?
