LXX.

—Kagome.

La chica se detuvo a mitad de camino, aunque no se giró.

—¿Podemos hablar? — inquirió y su respiración se detuvo, aguardando la respuesta de la muchacha que parecía rehuir de él desde que apareció entre los árboles. Y la distancia, ese abismo insondable, parecía haberse multiplicado con la presencia de Naraku y su confesión.

Una en la que él no deseaba pensar estos momentos, pues tenía algo más importante en lo que centrarse.

«Fue un error. Lo que pasó fue un error. La he perdido. Yo…»

—Tienes que curarte la herida, se ha abierto— musitó ella y la frialdad en su voz consiguió ponerle los vellos de punta. Se recordó su promesa y eso le dio la suficiente fuerza de voluntad como para no escapar como un cobarde. No. Se acabó. Ya lo había hecho durante demasiado tiempo; se terminó el hacer el gilipollas.

—Estoy bien. Hablemos, Kagome…— tragó saliva, dando un paso hacia ella—. Por favor, mírame.

La vio tensarse y durante un instante creyó que verdaderamente pasaría de él. Estaba preparado para ir hacia ella cuando escuchó como suspiraba –¿un lamento? ¿tristeza? ¿búsqueda de coraje?-; entonces, se giró y sus orbes achocolatados se encontraron con las de él.

Algo se accionó en la cabeza de InuYasha y cuando se quiso dar cuenta se encontraba con Kagome en sus brazos, rodeándola como si cadenas de hierros se tratasen, temiendo el momento en el que ella desease que la soltase.

La escuchó jadear, sus pulmones paralizándose, y sintió todos sus vellos ponerse de punta. Ella no se había esperado eso, y muchísimo menos…

«Oh, dios mío», musitó en su cabeza, puesto era incapaz de pronunciar palabra alguna con su boca. Porque esta en estos momentos se encontraba… en un lugar… mucho más… interesante… haciendo algo que había anhelado y que jamás pensó que volvería a pasar.

InuYasha la estaba besando.

Él empezó. Él la buscó. Y él parecía estar necesitándola como nunca cuando sus labios se movían al mismo son, en una danza tan vieja y atrayente, tan nueva de sensaciones y tan familiar.

Su cabeza empezó a dar vueltas e, incapaz de alejarse un solo centímetro de él, se dejó llevar. Cuando, horas atrás, ella había sido tan estúpida como para besarlo, temió las represalias y que él le odiara por su impulsividad, así que huyó hasta un lugar dónde él no pudiera llegar para tener un momento a solas y maldecir su arrebato. Había aceptado tan solo días antes que nada pasase entre ellos, que debería pasar páginas y ahora… ella…

Pero es que… simplemente no pudo…

Estuvo horas maldiciéndose y obligándose a recordar que no pasaría nada, que jamás pasaría algo entre ellos. Y llegó a la conclusión de que lo único que podía hacer era disculparse y decir que el cansancio, el miedo de perderlo y la ira, le habían jugado una mala pasada. Se había mentalizado de que ese beso no había significado nada.

Y entonces sintió los fragmentos de la perla.

Y, sin pensárselo dos veces, corrió hacia ellos porque sentía que algo malo pasaba.

Y allí estaba él, tan hermoso y decidido, herido por salvarla, enfrentándose a Royakan, y ella se sintió morir un poco más por dentro, mientras intentaba ignorar su presencia.

Y entonces llegó Naraku, con sus verdades y secretos, y solo pudo pensar en Kikyo, Onigumo e InuYasha, aún después de que él pudiese escapar. En su presencia en todo ese macabro juego. En lo confundida que se sentía. En lo mucho que le hubiera gustado perderse en su medio demonio, en sus brazos y labios, en todo él. Pero era imposible.

Jamás volvería a pasar.

Entonces, pasó. Contra todo pronóstico, InuYasha llegó a ella y sin decir nada… la besó.

Y Kagome creyó que estaba a punto de desmayarse a pesar de que jamás había estado tan viva como en ese momento.

—Kagome…—susurró él sobre sus labios cuando tuvieron que separarse. Sus manos en la cintura la retenían sin saber que ella jamás querría irse de allí, de su lugar favorito en el mundo— Yo…

—No hables— susurró, porque, a pesar de todo, tenía miedo de lo que podía decir. Eran muchos años anhelando y deseando algo que sabía que estaba prohibido como para eliminar esa sensación de que todo era un sueño de su cuerpo, de que solo era un delirio de su imaginación— Después, solo… por favor…

Él la miró por lo que pareció una eternidad. Una de sus manos ascendió para delinear su quijada y, teniendo cuidado de sus garras, acarició su mentón y labios. El oro de sus ojos se convirtió en ónice cuando se inclinó sobre ella; más, necesitaba estar más cerca. Siempre necesitaría más de ella.

—Te tengo— susurró— Y no pienso dejarte escapar. Ya no más— jadeó.

Y selló sus palabras con otro beso.

Aunque Kagome nunca se había sentido más conectada a InuYasha que en ese momento, hubo un murmullo que por mucho que lo intentara no podía hacer callar en su cabeza.

«Kikyo renunció a la vida… para seguir a InuYasha hasta la muerte. Y sé que eso él jamás podrá olvidarlo.»

Se obligó esconderlo en lo más profundo de su mente. Ahora, solo quería dejarse llevar.

Palabras: 869


Uf, ¿soy la única que siente calor?

Pd: He publicado un one-shot de esta pareja, ¿os animáis a leerlo? *carita adorable*