LXXI.
Cuando el nombre de Kikyo fue escuchado nuevamente salir de los labios de ese monje, algo dentro del medio demonio se revolvió. Después de que cayera por el terraplén pensó que había muerto, que todo había terminado, pero el saber que seguía viva…
No pudo evitar mirar a Kagome de reojo y su semblante sorprendido habló por sí solo.
Dudó y cuando Kagome, seguramente advirtiendo su mirada, también lo miró, vio un sentimiento que no supo entender florecer en los ojos de ella. Entonces, ella sonrió -esa dulce sonrisa que siempre era para él- y le susurró: «hazlo». Porque ella sabía de primera mano cómo se sentía él, la culpabilidad que parecía arrastrarle las entrañas, el deseo de remediar y corresponder estoicamente al sacrificio de Kikyo, aunque él no hubiera pedido dicho acto.
«Volveré», susurró él respuesta con un nudo en la garganta, deseando acercarse a ella para borrar cualquier rastro de duda con besos. Ella le guiñó el ojo e InuYasha sintió su corazón en la boca.
Con las voces de Miroku y Shippo de fondo, Kagome lo observó con la melancolía reflejada en su rostro saltar lejos, en busca de la mujer que había amado una vez, y se recordó, una y otra vez, que todo había cambiado.
·
«— Realmente… no sé qué decir— susurró Kagome y, en el silencio de la noche, casi parecía haberlo chillado. Sintió los brazos de él apretándose con más fuerza a su alrededor y un suspiro escapó de sus labios al acurrarse aún más.
—No digas nada— susurró él por encima de su cabello.
El viento se elevó, removiendo las hojas del gran árbol en el que se encontraban y que parecía estar escondiéndolos del mundo exterior, y Kagome se perdió por un momento en el apacible y familiar sonido. Millones de pensamientos rondaban su cabeza, pero ella solo cerró los ojos y soltó:
—¿Recuerdas la primera vez?
InuYasha pegó un brinquito sorprendido que hizo sonreír a Kagome; no se esperaba su pregunta.
—¿De qué?
—De esto— abrió los ojos e inclinó la cabeza para que estos se encontrasen. Sus orbes brillaban como las más hermosas de las luces— La primera vez que dormimos juntos encima de un árbol.
InuYasha necesitó un momento para conseguir el recuerdo. Entonces, bufó, poniendo los ojos en blanco, aunque una pequeña sonrisa floreció en sus labios.
—Tu culpa fue.
—¡Eh! — frunció el ceño de forma adorable— Lo hice por ti, ¿recuerdas?
Él arqueó una ceja.
—Nadie te pidió que lo hiciera.
Kagome soltó todo el aire en una silenciosa risa y miró hacia delante, volviéndose a recostar en el pecho de él.
—Nunca me pediste que lo hiciera, en ninguna de las veces, y sin embargo, lo hice. Igual que tú conmigo, idiota. ¿O te crees que no me daba cuenta?
Sintió los brazos de él tensándose a su alrededor y Kagome volvió a reír por lo bajo.
—Yo creo— siguió diciendo la joven ahora en un tono más serio— que mamá sabía perfectamente que tú irías conmigo esa noche.
¿Que si lo sabía? Desde el segundo exacto en el que Kagome salió por la puerta echa una fiera después de la pelea, Izayoi la había mirado como diciendo 'es tu turno'. Por supuesto que lo sabía.
—InuYasha…
—¿Mhm? — preguntó alerta al notar como su corazón de pronto empezar a bombear a mayor velocidad— ¿Qué… qué habría dicho mamá si… supiera…. bueno…?— no necesitó terminar para saber a lo que se refería.
El medio demonio sintió la sangre acumularse en las mejillas, como cada vez que mencionaban explícitamente… eso que pasaba entre ellos, e inclinó la cabeza inconscientemente para poder cobijarse en su cabello, aspirando ese aroma que solo le daba paz y tranquilidad.
—Ella debió saberlo— dijo momentos después, atrayendo la atención de él— Yo… cuando… caí por segunda vez y recobré la memoria… soñé con ella. Me dijo que volviera a ti porque estábamos hechos el uno para el otro. Y… mamá siempre tenía razón, ¿verdad? — murmuró con dolor y un tinte de aflicción. InuYasha, incapaz de poder verla así, alzó una de sus manos para acunar el rostro de ella, y con mucho cuidado, la hizo ladear el semblante hasta que la naricilla de ella tocó su mentón.
—Ella es la mujer más lista que he conocido. Además de ti, por supuesto.
Sus labios descendieron hasta donde estaba la nariz de ella y viajó aún más abajo, a dónde parecían estar llamándolo sus tentadores labios. Sació la sed que lo estaba consumiendo.
—¿Qué estamos haciendo? — jadeó ella cuando tuvieron que separarse.
No lo sabía, pero en ese momento, no podía importarle menos.
Más adelante hablarían, había tiempo de sobra».
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—InuYasha ya ha llegado— su voz sonó clara y serena, con la frialdad característica de ella mientras la miraba con esos ojos oscuros y casi vacíos— No ha venido a salvarte. Solo lo ha hecho para verme, y no quiero que nos molestes— hizo referencia a las serpientes voladoras que parecían estar apresándola al árbol.
—¿Aún quieres matar a InuYasha? — exclamó Kagome con el terror en las entrañas— ¡Fue todo un engaño! ¡Él no te hirió de muerte!
Pero fue imposible hacerla cambiar de opinión, sobre todo cuando habló de conseguir el espíritu de InuYasha. Kagome le soltó que él todavía la quería, por mucho que le dolió decir esas palabras, pero Kikyo parecía decidida y tan llena de venganza que Kagome veía su mundo desmoronándose frente a ella.
Y todo fue peor cuando llegó InuYasha y supo que era incapaz de verla.
Palabras: 918
Y llegó el momento...
