LXXII.

Frente a sus ojos veía el reencuentro de Kikyo e InuYasha y Kagome sintió como su corazón se destruía en mil pedazos. Porque siempre había sabido que pasara lo que pasase, una parte del medio demonio sería de esa mujer, pero el tener que presenciarlo de forma tan directa, sin poder hacer o decir nada…

—No me importa nada si has cambiado o no— espetaba él, sin una pizca de duda en su mirada—Nunca te odiaré o desearé tu muerte.

—Sé que eres sincero… y, sin embargo, ahora mismo podría matarte con mis manos.

Y se besaron. O Kikyo lo besó y él no se apartó. No sabía; la cuestión es que los mismos labios que la habían adorado antes se encontraban ahora en contacto con los de esa mujer e InuYasha no se movía. Parecía sorprendido. O deseoso. O… esperanzado.

Kikyo e InuYasha estaban besándose y ella solo podía mirar y llorar, porque él no podía ni verla ni oírla.

Porque era Kikyo en lo único que podía pensar.

—Cuando te conocí, dejé de ser una sacerdotisa y me convertí en una mujer. Cuando vivía… no hacía más que desearte.— susurró con fervor, aferrándose a él como si no hubiera un mañana. Y, de nuevo, él no se apartaba, sino todo lo contrario, él también le correspondía— Cómo te quiero... ¿Eres sincero?

Kagome no supo que esperar en ese momento, pero para lo que sí no estaba absolutamente nada preparada era para escuchar el susurro casi perdido del medio demonio:

—Sí, nada me importa más… que estar a tu lado. Siempre.

El mundo pareció desaparecer a sus pies. Y no fue solo por lo que esas palabras le hicieron sentir, destruyéndola por dentro, sino… porque un agujero apareció bajo los pies donde se encontraba la pareja abrazándose y un fuerte viento emergió de él junto con una tenebrosa oscuridad.

Kagome sintió como si algo tirase de ella mientras observaba, impotente, a Kikyo aferrándose a un InuYasha demasiado quieto.

—InuYasha… no volveré a perderte. Ven conmigo al reino de los muertos.

Cientos de puntos de luz eran absorbidos por este viento y la joven estuvo a punto de chillar cuando ese tirón que sentía se iba haciendo cada vez más fuerte; parecía estar arrastrándola, queriéndole arrancar una parte de ella.

«¿Qué me está pasando?»

Pero ahora no podía centrarse en eso, había algo mucho más importante.

—¡InuYasha, ¿qué haces?! ¡Tienes que huir! — chilló aunque sabía que no serviría de nada— ¡Kikyo, tú puedes escucharme! ¡Eres una cobarde! ¡Aunque quiera estar contigo, no significa que quiera perder la vida! ¡Lo que más desea es derrotar al vuestro enemigo, el que os tendió la trampa para así vengar tu muerte!

—Aunque me vengara, no podría renacer. En este mundo no hay lugar para mí— replicó ella con una frialdad que la hacía sangrar. Las piernas de Kagome parecían no sostenerla y su cuerpo temblaba; el viento cada vez era más fuerte, la arrastraba incansablemente—Escúchame, InuYasha, ven conmigo. Nuestro destino es estar siempre juntos— el agujero los engullía más y el pánico ascendía por la garganta de Kagome. ¡No! ¡No podía dejar que sucediera!

Su visión se nubló por un instante y puntos de luz la dejaron momentáneamente ciega. No había aire a su alrededor y cada bocanada le suponía un gran esfuerzo, pero no podía rendirse, InuYasha la necesitaba. Sin embargo, algo seguían tirando de ella. La agarraba con más fuerza.

—¡Te engañas! ¡Si él fuera consciente de todo, seguro que no querría ir contigo!

¿Qué decía? ¿Dónde estaba InuYasha? Su cabeza le daba vueltas, no sabía dónde estaba ella ni dónde estaba él. El viento la absorbía con más intensidad y ella sentía como su interior se desgarraba por dentro. ¿Qué le pasaba? No, no, tenía que ser fuerte.

—Libera a InuYasha… ¡No le toques!

Una luz le nubló la vista pero Kagome no supo a que se debía. Había ruidos y voces, pero apenas era capaz de enfocar las pupilas. Sentía el cuerpo pesado y la angustia se apoderaba de su estómago. El dolor que la desgarraba por dentro se hacía más tirante y sabía que, de alguna manera, no podría sobrevivir mucho más tiempo a la presión.

Algo, no sabía el qué ni por qué, estaba aplastándola, tirando de ella y su conciencia lentamente se iba yendo a la deriva.

No, no podía abandonar a InuYasha de esa manera… necesitaba… un… un último intento…

—¡InuYasha, escúchame, por favor! ¡INUYASHA!

Creyó perderse por un momento, la oscuridad rodeándola, pero entonces, unos brazos se apretaron a su alrededor y un intenso y familiar calor la rodeó con ferocidad.

—¡KAGOME!

—Esa muchacha siempre será más importante que yo…— susurró Kikyo, observando la escena desde la distancia.

—¡¿Qué me has hecho?! ¡¿Qué le has hecho a Kagome?! ¡¿Qué le pasa?!— apenas escuchó sus palabras mientras sacudía frenético a una Kagome que parecía haber perdido la conciencia en sus brazos. ¿En qué momento había llegado? ¿Qué le había ocurrido? ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no despertaba?

—Los demonios del inframundo la reclaman porque saben que se ha escapado de sus garras— respondió la mujer, atrayendo la atención del medio demonio—. Nadie muere y vuelve a la vida sin pagar un precio— añadió con una profunda amargura en sus palabras — Nadie salvo ella.

—¿Qué? — musitó con incredulidad y consternación.

¿Que su Kagome había hecho qué?

—Ellos me lo están diciendo— murmuró Kikyo, las serpientes devoradoras de almas enrollándose en su cuerpo— Me susurran al oído y me piden que te dé un mensaje: esa chica les pertenece, están enfadados con ella, y harán lo que sea por conseguirla de vuelta.

Palabras: 937


Yo lentamente me retiro...